DENUNCIA SOBRE DECISIÓN DEL MINISTERIO DE EDUCACIÓN DEL GOBIERNO DE LA CIUDAD DE BUENOS AIRES QUE DEJA A LAS ESCUELAS SIN RECURSOS PEDAGÓGICOS PARA ENSEÑAR CONTENIDOS SOBRE EL BICENTENARIO
El Ministerio de Educación del Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires decidió arbitrariamente suspender la impresión de documentos curriculares sobre el Bicentenario de la Revolución de Mayo producidos por la Dirección de Currícula y Enseñanza, los que habían sido aprobados por el mismo Ministerio en diciembre de 2009 y anunciados en la publicación oficial del MEGC (Revista Plural Nº38 Noviembre – Diciembre de 2009). La elaboración de los citados materiales insumió 18 meses de trabajo de equipos de la Dirección de Currícula y Enseñanza, con la colaboración de instituciones y personalidades de reconocida trayectoria en el ámbito privado y público, y se encuentran diseñados, editados, registrados y preparados para realizar su impresión.
Esta decisión implica:
· La pérdida de los recursos públicos ya invertidos en la elaboración de los materiales (incluidos los derechos cedidos a título gratuito por muchas de las personas e instituciones arriba mencionadas para publicar fotos, actas, cartas, etc.).
· Operar en dirección al vaciamiento de contenidos y recursos para la enseñanza en la escuela pública lesionando el derecho a la educación.
· Vaciar a la Dirección de Currícula y Enseñanza de las actividades que le corresponden en la estructura ministerial.
· Desvalorizar la tarea y producción de los trabajadores de la educación.
La ausencia de explicaciones y argumentos, o de información sobre eventuales alternativas que vinieren a suplantar los materiales elaborados, solamente abonan la sospecha de encontrarnos ante un acto de censura ideológica de parte de las autoridades, inaceptable en la perspectiva de la construcción de un Estado democrático.
La producción de documentos curriculares para las escuelas públicas es una de las tareas específicas de la Dirección de Currícula y Enseñanza, lo cual permite que docentes y alumnos puedan contar con materiales gratuitos, innovadores, de calidad académica y editorial, como parte integrante del derecho a la educación previsto en la Constitución de la Ciudad de Buenos Aires.
Dentro de estas tareas que le son específicas, la Dirección de Currícula y Enseñanza produjo una serie de materiales con motivo del Bicentenario de la Revolución de Mayo, con el propósito de acompañar las celebraciones desde la enseñanza de contenidos específicos y con un abordaje que incluye los caminos truncos, los proyectos derrotados y las voces silenciadas, los cuales, aún así, incidieron en el rumbo de nuestra historia. Los ejes seleccionados, que retoman las líneas conceptuales presentes en los diseños curriculares y contenidos de los niveles inicial, primario y medio, fueron: la construcción y transformación del Estado nacional, las distintas formas de asociacionismo, el papel de la prensa, las celebraciones del 25 de Mayo, y la intervención de diversos grupos sociales en este proceso. Se buscó acompañar a los docentes en la tarea de enriquecer representaciones acerca de los diferentes tipos de Estado que se fueron construyendo desde Mayo de 1810, de las relaciones de poder que fueron dando lugar a los cambios históricos y de la intervención en este proceso del conjunto de la sociedad.
Para la producción de estos documentos se contó con la colaboración de instituciones y personalidades de reconocida trayectoria en el ámbito privado y público: Museo Histórico Nacional, Museo Nacional de Bellas Artes, Centro de Estudios Legales y Sociales, Museo del Cabildo y la Revolución , Facultad de Filosofía y Letras UBA, Complejo Museográfico Enrique Udaondo de Luján, Archivo General de la Nación , Dirección General de Patrimonio GCABA, Academia Nacional de la Historia , Asociación Madres de Plaza de Mayo, especialistas en diversas disciplinas, fotógrafos, etc. Por otra parte, se elaboraron en su momento estrategias de trabajo con distintas áreas del Ministerio de Educación (CePA, Revista Plural, Coordinación de Actividades Extraprogramáticas, Colonias de Verano), que se vienen ejecutando, basadas en los ejes conceptuales que organizan los materiales.
Repentinamente, en febrero de 2010, dos meses después de haber sido aprobados y anunciados en la publicación oficial del MEGC (Revista Plural Nº38 Noviembre – Diciembre de 2009) y con el trámite de ISBN completo, las autoridades decidieron que no serán publicados, ni siquiera en formatos que requieren muy bajo presupuesto (por ejemplo, en página web). Dicha decisión se comunicó a los equipos de trabajo sin presentar argumento ni fundamento alguno, excepto que el Ministerio de Educación había hecho un “cambio de estrategia” respecto del Bicentenario optando por “charlas” en la próxima Feria del Libro y una muestra itinerante por las escuelas, estrategia de la cual no se pudo conocer sus características.
Cabe señalar que los documentos producidos no son incompatibles con otras estrategias que proponga el Ministerio de Educación, y sí parecen ser la única estrategia para acompañar con recursos de acceso permanente el trabajo en aula de la totalidad de los docentes de los jardines de infantes, de las escuelas primarias y secundarias, para un tema cuya relevancia fue subrayada por la gestión.
La decisión de no publicarlos tiene varias consecuencias:
1) En primer lugar, opera en dirección al vaciamiento de contenidos y recursos para la enseñanza en la escuela pública. La “otra estrategia” que el Ministerio de Educación mencionó no puede incluir a la totalidad de escuelas y docentes de los tres niveles educativos aludidos y no resulta un recurso de acceso permanente como los documentos.
2) En segundo lugar, implica la pérdida de los recursos públicos ya invertidos en la elaboración de los materiales (incluidos los derechos cedidos a título gratuito por muchas de las personas e instituciones arriba mencionadas para publicar fotos, actas, cartas, etc.).
3) En tercer lugar, tiende a vaciar a la Dirección de Currícula y Enseñanza de las actividades que le corresponden en la estructura ministerial, a la vez que desvaloriza la tarea y producción de los trabajadores de la educación.
De todo lo señalado, resalta la arbitrariedad de la decisión tomada por las autoridades, arbitrariedad reñida con las buenas prácticas de gestión en el ámbito público estatal. La ausencia de explicaciones y argumentos, o de información sobre eventuales alternativas que vinieren a suplantar los materiales elaborados, solamente abonan la sospecha de encontrarnos ante un acto de censura ideológica de parte de las autoridades, inaceptable en la perspectiva de la construcción de un Estado democrático.
Éste no debe considerarse un hecho puntual y aislado, sino uno más en el marco del ataque a lo público materializado en el vaciamiento de las políticas públicas de educación, salud, cultura, vivienda, etc. Convocamos a repudiar esta decisión y a estar atentos frente a otras semejantes.
Para expresar la adhesión a esta denuncia, puede dirigirse un mail a materiales.bicentenario@gmail.com incluyendo en el asunto: nombre y apellido – adhiero a la denuncia.
Para ampliación de la información, pueden comunicarse con:
Cristina Gómez Giusto – cel: 15 5157 9455 cristinagomezgiusto@yahoo.com
Mariana Lewkowicz – cel: 15 6944 9484 mariana.lewkowicz@gmail.com
Adriana Villa – cel: 15 5756 0857 villa_solano@ciudad.com.ar
Roberto Araujo – cel: 15 6678 6168 rgaraujo0202@yahoo.com.ar
Trabajadores de la Dirección de Currícula y Enseñanza
del Ministerio de Educación del GCABA
lunes, 22 de marzo de 2010
Bertolt Brecht: Preguntas de un obrero ante un libro

Tebas, la de las siete puertas, ¿quién la construyó?
En los libros figuran los nombres de los reyes.
¿Arrastraron los reyes los grandes bloques de piedra?
Y Babilonia, destruida tantas veces,
¿quién la volvió a construir otras tantas? ¿En qué casas
de la dorada Lima vivían los obreros que la construyeron?
La noche en que fue terminada la Muralla China,
¿a dónde fueron los albañiles? Roma la grande
está llena de arcos del triunfo. ¿Quién los erigió?
¿Sobre quiénes triunfaron los Césares? Bizancio, tan cantada,
¿tenía sólo palacios para sus habitantes? Hasta en la fabulosa
Atlántida
la noche en que el mar se la tragaba, los habitantes clamaban
pidiendo ayuda a sus esclavos.
El joven Alejandro conquistó la India.
¿Él solo?
César venció a los galos.
¿No llevaba consigo ni siquiera un cocinero?
Felipe II lloró al hundirse
su flota. ¿No lloró nadie mas?
Federico II venció la Guerra de los Siete Años.
¿Quién la venció, además?
Una victoria en cada página.
¿Quién cocinaba los banquetes de la victoria?
Un gran hombre cada diez años.
¿Quién pagaba los gastos?
Una pregunta para cada historia
Bertolt Brecht
(Enviado por Rubén Vedovaldi)
En los libros figuran los nombres de los reyes.
¿Arrastraron los reyes los grandes bloques de piedra?
Y Babilonia, destruida tantas veces,
¿quién la volvió a construir otras tantas? ¿En qué casas
de la dorada Lima vivían los obreros que la construyeron?
La noche en que fue terminada la Muralla China,
¿a dónde fueron los albañiles? Roma la grande
está llena de arcos del triunfo. ¿Quién los erigió?
¿Sobre quiénes triunfaron los Césares? Bizancio, tan cantada,
¿tenía sólo palacios para sus habitantes? Hasta en la fabulosa
Atlántida
la noche en que el mar se la tragaba, los habitantes clamaban
pidiendo ayuda a sus esclavos.
El joven Alejandro conquistó la India.
¿Él solo?
César venció a los galos.
¿No llevaba consigo ni siquiera un cocinero?
Felipe II lloró al hundirse
su flota. ¿No lloró nadie mas?
Federico II venció la Guerra de los Siete Años.
¿Quién la venció, además?
Una victoria en cada página.
¿Quién cocinaba los banquetes de la victoria?
Un gran hombre cada diez años.
¿Quién pagaba los gastos?
Una pregunta para cada historia
Bertolt Brecht
(Enviado por Rubén Vedovaldi)
Rolando Revagliatti: Veinticuatro horas

Imagen: Rolando Revagliatti: nocheguena 2009
El varón argentino del presente relato se llama Amancio. Intentaré estructurar un friso (acaso lo será para algunos lectores) crudo y fidedigno. Quien esto escribe, también varón y argentino, se apropiará del transcurrir de una jornada de su amigo del alma. El que lo es desde que cursáramos el colegio secundario en un barrio al que no pertenecíamos: Mataderos. Tenemos la misma edad y parecida conformación física. Yo acabo de casarme por segunda vez. Convivo con mi esposa desde hace cinco años. El convivió con chicas durante lapsos cortos. Tiene un hijo al que no conoce. Nieto de armenios bailarines, integraba un ballet folclórico armenio. Baila el tango y cualquier ritmo de moda. Frecuentábamos boliches, clubes y centros regionales con la intención de hacernos rápidos levantes. Yo no alcanzaba siempre ese objetivo. Él nunca "se quedaba en la palmera". Y no era selectivo. Alternó con una multitud de minas circunstanciales con las que le era imposible compartir algo más que una cama o paredones propicios para el atraque, umbrales, puentes ferroviarios intransitados, parques. Tiene cuatro hermanas mayores; y yo, dos. Ellas le han ido favoreciendo el acceso a sus amigas. Y con una de mis hermanas se escapó en carpa a Mar de Ajó durante un tórrido fin de semana. No hay escenario en donde no esté a la pesca. "Tirarse, tirarse y achicar el pánico a rebotar. Lo que no se da hoy, puede darse mañana. No intereso a todas, pero eventualmente intereso a todas", sigo oyéndolo proclamar muy con los pies sobre la tierra. Y así, no hay grupo, conjunto, clase, congregación, ágape, banda, vernissage, amontonamiento, donde con las damas no se muestre representando el papel de manso o atrevido o cínico o revolucionario o habilidoso o tornadizo. Lee revistas, novelas policiales o de género fantástico, cancioneros. Canta en reuniones, y compone y estudia vocalización y armonía. De las letras de las que soy autor, difunde las que él musicalizó, las humorísticas: "El Muy Aludo" (zamba), "Los Racinguistas de San Lorenzo" (chamamé). "La Lobizona" (milonga campera), "El Burro de Polipropileno" (valsecito). Es buen chisporroteador y cuentacuentos. Habita un monono departamento, en Uriburu y Paraguay, decorado por él. Es propietario, a medias, de un instituto de danzas y expresión corporal, por Saavedra, en cuyo vestíbulo, en cuadritos de varilla sepia, brotan refranes y sentencias: "El hombre haga ciento; a la mujer no la toque el viento", "El que quiera gozar, goce, que del mañana no hay certeza", "Ama sois mientras que el niño mama; después ni ama, ni nada".
El miércoles trece a las dos y media de la madrugada lo tenemos a Amancio montado por Verónica, estudiante en receso universitario, a la que se fue ganando en un anfiteatro, desde las veintidós del martes doce. Alarma a las siete el despertador de Amancio dispuesto por Verónica. Reiterada la experiencia de las dos y media, Verónica se duchó mientras Amancio yacía derrumbado. Luego ella se vistió, le anotó sus números de teléfono (y sus medidas) en un pañuelo de papel, y se fue a su empleo (oficinas de la Pepsi-Cola).
Amancio se sobresaltó a las once, al sonar el timbre oprimido por la encargada del edificio. Reclamaba su firma para una notificación de que el viernes quince se realizará una reunión de copropietarios. Y él se despabila: flexiones al lado de la ventana abierta. Desayuna mate cocido con Tosti-Beck y queso San Regim fresco. Habla por teléfono con su socio; con la productora de un programa de televisión, a la que el viernes, a medianoche, pasará a buscar por el canal; con un primo residente en la provincia de Chubut, en viaje de negocios por Buenos Aires; con un instructor del instituto. Arregla la cama mientras tararea "reloj, no marques las horas", lustra sus zapatos grises y ejecuta otros menesteres. Se da un remojón y perfuma. Ingiere dos porciones de tarta de zapallitos y agua mineral. Cepilla sus dientes y cuando oye la chicharra del portero eléctrico aprieta el botón que habilita la cerradura y se cubre con una toalla que se ajusta a la cintura. Sonriendo recibe a Edurne que sale del ascensor y le devuelve la sonrisa. Entra al departamento, él cierra la puerta, se estrechan. La toalla se desliza hasta el suelo y Edurne (baja, melosa, piel adolescentona) se ruboriza. Amancio la conduce al comedor, le quita la cartera blanca y una bolsa de plástico que deposita sobre la mesa. Sube al sofá y se instala con piernas abiertas y en equilibrio de frente a Edurne. Obtenida la eyaculación, desciende del sofá, congratulado, la desabotona, libera de cierres, broches y "falsas ataduras", le muerde la nuca y entusiasmándose con los pechos, desde atrás, maniobra hacia el dormitorio, donde ella concluye de desvestirse. No logra Amancio con sus variadas y esmeradísimas caricias que Edurne se abandone a un verdadero clímax (por ningún procedimiento lo habría ella, con nadie, experimentado). La induce a arrodillarse, se introduce en su sexo y, ya lubricado, la sodomiza. Después, comparten un puro, mientras Edurne le comenta que llegó directamente del sanatorio donde su nuera acababa de dar a luz. Se bañan, juntos, de inmersión, en despampanante bañera. Y se recobra, Amancio, de una lipotimia, cuando Edurne se va.
Se viste, se acicala, atiende el llamado telefónico de alguien que le solicita en alquiler un salón del instituto para efectuar allí una muestra coral. Guarda en un ataché carpetas y talonarios que llevará al instituto. Llega caminando al registro civil en el que será uno de los testigos de mi casamiento. Se excusa por no poder quedarse al sencillo lunch posterior a la ceremonia. "Siendo el trece de enero de mil novecientos ochenta y ocho y en compañía de los testigos Rosalía Ethel Albornóz y Amancio Toufenedjián, van ustedes a unirse en matrimonio y conformar de esa manera la legítima familia, base y sustento de la sociedad y del Estado. Bien. No sé si ustedes ya, ustedes, viven juntos. Lo deduzco, más o menos, por la documentación...” Una agraciada compañera de trabajo de la mujer con la que me están casando, toma fotografías. Sigue el juez: “...prescindir de la lectura de los artículos de la Ley de Matrimonios, porque entiendo que ustedes ya lo han practicado y conocen. Y los voy a invitar a que se acerquen al estrado junto con sus testigos para recibir el consentimiento. Contrayentes, les entrego en ambas manos esta libreta de matrimonio. Mucha suerte". Besos, abrazos y más fotografías. Amancio, en un aparte, señalándome que de verdad está muy urgido de tiempo, y que quién es esa mina (la agraciada), que habría que planear algo para charlar con ella, y que interceda para obtener él esa chance, y que sigamos Martha, mi esposa, y yo, siendo un ejemplo a imitar, y que para cuándo el primogénito, se despide, asciende a un colectivo y otea a las pasajeras, ninguna de las cuales engancha con las miraditas, por lo que llega a destino, sin novedad. Soluciona engorros en el instituto y conversa con una flaquita que no tenía computada, nueva alumna de gimnasia rítmica. Amancio la acompaña a su casa, en Boulogne. Ella guía con vivacidad el Renault 18 de su padre. Con vivacidad le trasmite que no posee registro de conductora pero sí elementos (salvoconductos) probatorios de que su padre es un general de la nación. Anochece. Estaciona el auto a algunas veredas de su casa. Calle arbolada. Al descender del Renault, Amancio con disimulo acomoda su trajinado instrumental fuera del slip. Con lo cual (y contra la carrocería del rodado) después de besar con cautela a la flaquita, y posteriormente con vehemencia, incrustándose en ella la promueve para causas aún más conmovedoras. Ella se justifica (aunque Amancio no ha verbalizado ninguna proposición), explicitando motivos por los que no podría ahora prolongar su permanencia con él. Se citan para el domingo en la confitería Caddie.
Después de un par de trayectos en colectivos, en uno de los que procura en vano simpatizar con otra joven discurseándole que él es uruguayo, que, "supongamos que soy uruguayo, supongamos por lo tanto que requiero de una cicerone, supongamos que vos te ofrecés para hacerme conocer esta gran metrópoli", piensa: "Rígida la joven. Yo tan ocurrente, tan suelto, y ésta, impávida, obtusa. Hoy no pasa nada en los colectivos". Llega Amancio al edificio del diario La Razón y ubica a Eva, con quien no ha estado en dos meses. La extraña, ella no lo había vuelto a llamar. Tenía ganas de ir al cine con ella, de cenar, y de todo lo demás. Tal vez Eva estuviese disponible. Lo recibe en su escritorio, y contentísima da por terminada su labor. Va a un baño del piso y se propina una biaba de maquillaje. En taxi se trasladan al restaurante Río Rhin, en Almagro, a la vuelta de la casa de Eva. Comparten el vistoso pollo "a la carroza real", un panqueque de banana, y ella toma un café. El cine quedará para otro día. Ya en el departamento de Eva, estilo jiposo, Amancio canta temas suyos (y míos) mientras Eva lo graba. Con Amancio cantando desde el casette, ambos juguetean a desvestir al otro. Eva ya en bombacha, pide break para conectar el contestador telefónico y colocarse el diafragma. Concedido el juicioso y responsable break, se demoran en la combinatoria de un categórico sesenta y nueve, hasta que Eva interrumpe, saturada. Amancio, entonces, la penetra con lentitud. Eva grita y araña clásicamente la espalda de Amancio. Ya jueves catorce y una y cuarenta y cinco, a Amancio le aguarda dormir enroscado con su querida Eva hasta el amanecer. Y entonces regresar será el imperativo, salir de allí, caminar, cielo y porteros que lavan las veredas, y dormir otro rato en su propia cama, y la vida sigue, y él sigue, mi amigo, argentino y varón, compulsivo y equidistante.
Rolando Revagliatti
Versión inédita de diciembre 2009
http://rolandorevagliatti.blogspot.com/
El miércoles trece a las dos y media de la madrugada lo tenemos a Amancio montado por Verónica, estudiante en receso universitario, a la que se fue ganando en un anfiteatro, desde las veintidós del martes doce. Alarma a las siete el despertador de Amancio dispuesto por Verónica. Reiterada la experiencia de las dos y media, Verónica se duchó mientras Amancio yacía derrumbado. Luego ella se vistió, le anotó sus números de teléfono (y sus medidas) en un pañuelo de papel, y se fue a su empleo (oficinas de la Pepsi-Cola).
Amancio se sobresaltó a las once, al sonar el timbre oprimido por la encargada del edificio. Reclamaba su firma para una notificación de que el viernes quince se realizará una reunión de copropietarios. Y él se despabila: flexiones al lado de la ventana abierta. Desayuna mate cocido con Tosti-Beck y queso San Regim fresco. Habla por teléfono con su socio; con la productora de un programa de televisión, a la que el viernes, a medianoche, pasará a buscar por el canal; con un primo residente en la provincia de Chubut, en viaje de negocios por Buenos Aires; con un instructor del instituto. Arregla la cama mientras tararea "reloj, no marques las horas", lustra sus zapatos grises y ejecuta otros menesteres. Se da un remojón y perfuma. Ingiere dos porciones de tarta de zapallitos y agua mineral. Cepilla sus dientes y cuando oye la chicharra del portero eléctrico aprieta el botón que habilita la cerradura y se cubre con una toalla que se ajusta a la cintura. Sonriendo recibe a Edurne que sale del ascensor y le devuelve la sonrisa. Entra al departamento, él cierra la puerta, se estrechan. La toalla se desliza hasta el suelo y Edurne (baja, melosa, piel adolescentona) se ruboriza. Amancio la conduce al comedor, le quita la cartera blanca y una bolsa de plástico que deposita sobre la mesa. Sube al sofá y se instala con piernas abiertas y en equilibrio de frente a Edurne. Obtenida la eyaculación, desciende del sofá, congratulado, la desabotona, libera de cierres, broches y "falsas ataduras", le muerde la nuca y entusiasmándose con los pechos, desde atrás, maniobra hacia el dormitorio, donde ella concluye de desvestirse. No logra Amancio con sus variadas y esmeradísimas caricias que Edurne se abandone a un verdadero clímax (por ningún procedimiento lo habría ella, con nadie, experimentado). La induce a arrodillarse, se introduce en su sexo y, ya lubricado, la sodomiza. Después, comparten un puro, mientras Edurne le comenta que llegó directamente del sanatorio donde su nuera acababa de dar a luz. Se bañan, juntos, de inmersión, en despampanante bañera. Y se recobra, Amancio, de una lipotimia, cuando Edurne se va.
Se viste, se acicala, atiende el llamado telefónico de alguien que le solicita en alquiler un salón del instituto para efectuar allí una muestra coral. Guarda en un ataché carpetas y talonarios que llevará al instituto. Llega caminando al registro civil en el que será uno de los testigos de mi casamiento. Se excusa por no poder quedarse al sencillo lunch posterior a la ceremonia. "Siendo el trece de enero de mil novecientos ochenta y ocho y en compañía de los testigos Rosalía Ethel Albornóz y Amancio Toufenedjián, van ustedes a unirse en matrimonio y conformar de esa manera la legítima familia, base y sustento de la sociedad y del Estado. Bien. No sé si ustedes ya, ustedes, viven juntos. Lo deduzco, más o menos, por la documentación...” Una agraciada compañera de trabajo de la mujer con la que me están casando, toma fotografías. Sigue el juez: “...prescindir de la lectura de los artículos de la Ley de Matrimonios, porque entiendo que ustedes ya lo han practicado y conocen. Y los voy a invitar a que se acerquen al estrado junto con sus testigos para recibir el consentimiento. Contrayentes, les entrego en ambas manos esta libreta de matrimonio. Mucha suerte". Besos, abrazos y más fotografías. Amancio, en un aparte, señalándome que de verdad está muy urgido de tiempo, y que quién es esa mina (la agraciada), que habría que planear algo para charlar con ella, y que interceda para obtener él esa chance, y que sigamos Martha, mi esposa, y yo, siendo un ejemplo a imitar, y que para cuándo el primogénito, se despide, asciende a un colectivo y otea a las pasajeras, ninguna de las cuales engancha con las miraditas, por lo que llega a destino, sin novedad. Soluciona engorros en el instituto y conversa con una flaquita que no tenía computada, nueva alumna de gimnasia rítmica. Amancio la acompaña a su casa, en Boulogne. Ella guía con vivacidad el Renault 18 de su padre. Con vivacidad le trasmite que no posee registro de conductora pero sí elementos (salvoconductos) probatorios de que su padre es un general de la nación. Anochece. Estaciona el auto a algunas veredas de su casa. Calle arbolada. Al descender del Renault, Amancio con disimulo acomoda su trajinado instrumental fuera del slip. Con lo cual (y contra la carrocería del rodado) después de besar con cautela a la flaquita, y posteriormente con vehemencia, incrustándose en ella la promueve para causas aún más conmovedoras. Ella se justifica (aunque Amancio no ha verbalizado ninguna proposición), explicitando motivos por los que no podría ahora prolongar su permanencia con él. Se citan para el domingo en la confitería Caddie.
Después de un par de trayectos en colectivos, en uno de los que procura en vano simpatizar con otra joven discurseándole que él es uruguayo, que, "supongamos que soy uruguayo, supongamos por lo tanto que requiero de una cicerone, supongamos que vos te ofrecés para hacerme conocer esta gran metrópoli", piensa: "Rígida la joven. Yo tan ocurrente, tan suelto, y ésta, impávida, obtusa. Hoy no pasa nada en los colectivos". Llega Amancio al edificio del diario La Razón y ubica a Eva, con quien no ha estado en dos meses. La extraña, ella no lo había vuelto a llamar. Tenía ganas de ir al cine con ella, de cenar, y de todo lo demás. Tal vez Eva estuviese disponible. Lo recibe en su escritorio, y contentísima da por terminada su labor. Va a un baño del piso y se propina una biaba de maquillaje. En taxi se trasladan al restaurante Río Rhin, en Almagro, a la vuelta de la casa de Eva. Comparten el vistoso pollo "a la carroza real", un panqueque de banana, y ella toma un café. El cine quedará para otro día. Ya en el departamento de Eva, estilo jiposo, Amancio canta temas suyos (y míos) mientras Eva lo graba. Con Amancio cantando desde el casette, ambos juguetean a desvestir al otro. Eva ya en bombacha, pide break para conectar el contestador telefónico y colocarse el diafragma. Concedido el juicioso y responsable break, se demoran en la combinatoria de un categórico sesenta y nueve, hasta que Eva interrumpe, saturada. Amancio, entonces, la penetra con lentitud. Eva grita y araña clásicamente la espalda de Amancio. Ya jueves catorce y una y cuarenta y cinco, a Amancio le aguarda dormir enroscado con su querida Eva hasta el amanecer. Y entonces regresar será el imperativo, salir de allí, caminar, cielo y porteros que lavan las veredas, y dormir otro rato en su propia cama, y la vida sigue, y él sigue, mi amigo, argentino y varón, compulsivo y equidistante.
Rolando Revagliatti
Versión inédita de diciembre 2009
http://rolandorevagliatti.blogspot.com/
jueves, 4 de marzo de 2010
Ariel Dorfman: El terremoto y el desafío de otro Chile

Por Ariel Dorfman *
Fue hace casi cincuenta años que me tocó mi primer terremoto, el que todavía me causa pesadillas.
Me encontraba, ese 22 de mayo de 1960, presenciando un partido de fútbol en el Estadio Nacional en Santiago de Chile cuando se oyó un ruido ensordecedor y, de pronto, así como así, desaparecieron las montañas. No exagero: el Estadio comenzó a mecerse como si fuera una cuna y se levantó un extremo en el aire, borrando de mis ojos la Cordillera de los Andes. Por suerte, apenas unos segundos después volvieron a aparecer las montañas y las graderías recobraran alguna mínima estabilidad. En la cancha algunos jugadores socarrones siguieron tratando de darle a la pelota y meter un gol avieso, pero ellos rebotaban más que el balón, así que el árbitro, de bruces en el suelo, dio por finalizado el encuentro deportivo. Era, qué no: acabábamos de pasar por una actividad sísmica de 9,6 en la escala Richter, la de mayor magnitud registrada hasta ese instante por los sismógrafos.
No tardamos en saber que el epicentro había sido unos seiscientos y tantos kilómetros al sur de Santiago y que la devastación era masiva. Tal vez peor que la convulsión de la tierra misma, que había arrasado con pueblos enteros, inmolando a miles de inocentes, fue la marejada que barrió nuestra costa. Viajé a esa región unos meses después y vi con mis propios ojos los mástiles de navíos hundidos en el río Valdivia a una larga distancia del mar y los restos de los colosales altos hornos de Corral, que en vez de fundir metales ahora mostraban sus torsos agobiados por las aguas invasoras. Y supe también del sufrimiento y el terror. De boca de los sobrevivientes, escuché de hombres, mujeres, pequeños que, huyendo hacia los cerros, habían sido succionados por el tsunami mar adentro como si fuesen retazos de madera.
Todo esto lo recuerdo ahora, décadas más tarde, mientras miro, esta vez desde lejos, esta vez desde la seguridad de mi hogar en los Estados Unidos, otro terremoto voraz que ha querido desbaratar mi país. Recuerdo lo que siempre hemos llamado el gran terremoto de 1960 como una manera de ofrecerme alguna perspectiva histórica sobre este último y nuevo sismo, a ver si esto me ayuda a descubrir algún posible sentido a lo que nos acaba de ocurrir.
Es obsceno comparar cataclismos como si fueran competidores en un concurso de horrores –este costó tantos billones, este otro tantas vidas– y, sin embargo, es posible que medir lo que ha cambiado en Chile durante el medio siglo que transcurre entre estos dos desastres mayores pueda contribuir a responder la pregunta más urgente del momento: ¿y ahora, qué va a pasar?
Chile es hoy un país significativamente más próspero de lo que era hace cincuenta años. Su economía se considera la más dinámica y avanzada de América latina, si bien sigue afligida por una desigualdad en la distribución del ingreso que es tan abismal como vergonzante. Esta relativa afluencia de Chile (con un PIB per cápita casi quince veces más que en 1960) nos deja mejor equipados para enfrentar la catástrofe actual, ya que tenemos recursos humanos y científicos que no podríamos ni haber soñado antaño, hasta el punto de que nuestra maravillosa presidenta saliente, Michelle Bachelet, inicialmente informó a la comunidad internacional que el país no iba a requerir asistencia extranjera (una posición que llegó a modificar, de manera que ya está empezando a llegar ayuda desde afuera). Paradójicamente, tales avances de Chile en su tecnología, su abundancia de bienes materiales, sus múltiples pasos a nivel, su enorme flota de aviones y autos, su plenitud de altos edificios, dejan al país y a sus ciudadanos extrañamente vulnerables y hasta desamparados. Mientras más carreteras se tiene, más fracturas puede sufrir el pavimento.
Y esta riqueza, por lo demás, no se ha acumulado sin severas consecuencias sociales y hasta morales. En 1960, una nación desmembrada logró aunarse para emprender juntos la tarea de la restauración. Yo me pasé las semanas después del terremoto ayudando a recoger dinero, víveres, frazadas, colchones, que fueron enviados al sur con caravanas de entusiastas estudiantes y voluntarios (entre ellos iba mi futura esposa, Angélica, que se pasó un mes reconstruyendo viviendas en el pueblo de Nacimiento). Fue una lección de solidaridad que nunca he olvidado: aquellos que menos poseían fueron los que más dieron, más se preocuparon, más se sacrificaron por sus compatriotas malheridos. Si Chile hoy es más opulento, también se ha vuelto una sociedad más egocéntrica e individualista donde, en vez de una visión de justicia social para todos, la ciudadanía se dedica, en su mayoría, a consumir en forma desenfrenada, lo que acarrea, por lo demás, un estrés y un deterioro psíquico considerable en la población.
Como todo infortunio descomunal, la tragedia reciente de Chile puede entenderse como una prueba, una oportunidad para preguntarnos quiénes somos de verdad, lo que de veras importa en cuanto vayamos llevando a cabo la reparación, no sólo de nuestros hospitales derribados y autorrutas cortadas y huesos molidos, sino también de nuestra precaria identidad.
Creo que las fuentes más profundas de solidaridad que presencié durante el terremoto de 1960 todavía se encuentran fluyendo adentro de la amplia mayoría de los chilenos, y han de constituir el semillero desde el cual van a brotar los esfuerzos más duraderos y relevantes para levantar a nuestro país de su actual desolación, el motivo por el cual habremos tal vez de prevalecer una vez más, como en tantas contingencias pasadas, contra las fuerzas ciegas y roncas de la naturaleza.
Hace cincuenta años, el pueblo de Chile halló un modo de sobrevivir a la muerte y al quebranto, y tengo la esperanza de que en esta ocasión triste también podremos, con dolor y con duelo y hasta, sí, con alegría, volver a llevar a cabo de nuevo aquella hazaña que nos necesita a todos.
Ariel Dorfman
* El último libro de Ariel Dorfman es la novela Americanos: Los pasos de Murieta.
Fuente: http://www.pagina12.com.ar/diario/contratapa/13-141290.html
Fue hace casi cincuenta años que me tocó mi primer terremoto, el que todavía me causa pesadillas.
Me encontraba, ese 22 de mayo de 1960, presenciando un partido de fútbol en el Estadio Nacional en Santiago de Chile cuando se oyó un ruido ensordecedor y, de pronto, así como así, desaparecieron las montañas. No exagero: el Estadio comenzó a mecerse como si fuera una cuna y se levantó un extremo en el aire, borrando de mis ojos la Cordillera de los Andes. Por suerte, apenas unos segundos después volvieron a aparecer las montañas y las graderías recobraran alguna mínima estabilidad. En la cancha algunos jugadores socarrones siguieron tratando de darle a la pelota y meter un gol avieso, pero ellos rebotaban más que el balón, así que el árbitro, de bruces en el suelo, dio por finalizado el encuentro deportivo. Era, qué no: acabábamos de pasar por una actividad sísmica de 9,6 en la escala Richter, la de mayor magnitud registrada hasta ese instante por los sismógrafos.
No tardamos en saber que el epicentro había sido unos seiscientos y tantos kilómetros al sur de Santiago y que la devastación era masiva. Tal vez peor que la convulsión de la tierra misma, que había arrasado con pueblos enteros, inmolando a miles de inocentes, fue la marejada que barrió nuestra costa. Viajé a esa región unos meses después y vi con mis propios ojos los mástiles de navíos hundidos en el río Valdivia a una larga distancia del mar y los restos de los colosales altos hornos de Corral, que en vez de fundir metales ahora mostraban sus torsos agobiados por las aguas invasoras. Y supe también del sufrimiento y el terror. De boca de los sobrevivientes, escuché de hombres, mujeres, pequeños que, huyendo hacia los cerros, habían sido succionados por el tsunami mar adentro como si fuesen retazos de madera.
Todo esto lo recuerdo ahora, décadas más tarde, mientras miro, esta vez desde lejos, esta vez desde la seguridad de mi hogar en los Estados Unidos, otro terremoto voraz que ha querido desbaratar mi país. Recuerdo lo que siempre hemos llamado el gran terremoto de 1960 como una manera de ofrecerme alguna perspectiva histórica sobre este último y nuevo sismo, a ver si esto me ayuda a descubrir algún posible sentido a lo que nos acaba de ocurrir.
Es obsceno comparar cataclismos como si fueran competidores en un concurso de horrores –este costó tantos billones, este otro tantas vidas– y, sin embargo, es posible que medir lo que ha cambiado en Chile durante el medio siglo que transcurre entre estos dos desastres mayores pueda contribuir a responder la pregunta más urgente del momento: ¿y ahora, qué va a pasar?
Chile es hoy un país significativamente más próspero de lo que era hace cincuenta años. Su economía se considera la más dinámica y avanzada de América latina, si bien sigue afligida por una desigualdad en la distribución del ingreso que es tan abismal como vergonzante. Esta relativa afluencia de Chile (con un PIB per cápita casi quince veces más que en 1960) nos deja mejor equipados para enfrentar la catástrofe actual, ya que tenemos recursos humanos y científicos que no podríamos ni haber soñado antaño, hasta el punto de que nuestra maravillosa presidenta saliente, Michelle Bachelet, inicialmente informó a la comunidad internacional que el país no iba a requerir asistencia extranjera (una posición que llegó a modificar, de manera que ya está empezando a llegar ayuda desde afuera). Paradójicamente, tales avances de Chile en su tecnología, su abundancia de bienes materiales, sus múltiples pasos a nivel, su enorme flota de aviones y autos, su plenitud de altos edificios, dejan al país y a sus ciudadanos extrañamente vulnerables y hasta desamparados. Mientras más carreteras se tiene, más fracturas puede sufrir el pavimento.
Y esta riqueza, por lo demás, no se ha acumulado sin severas consecuencias sociales y hasta morales. En 1960, una nación desmembrada logró aunarse para emprender juntos la tarea de la restauración. Yo me pasé las semanas después del terremoto ayudando a recoger dinero, víveres, frazadas, colchones, que fueron enviados al sur con caravanas de entusiastas estudiantes y voluntarios (entre ellos iba mi futura esposa, Angélica, que se pasó un mes reconstruyendo viviendas en el pueblo de Nacimiento). Fue una lección de solidaridad que nunca he olvidado: aquellos que menos poseían fueron los que más dieron, más se preocuparon, más se sacrificaron por sus compatriotas malheridos. Si Chile hoy es más opulento, también se ha vuelto una sociedad más egocéntrica e individualista donde, en vez de una visión de justicia social para todos, la ciudadanía se dedica, en su mayoría, a consumir en forma desenfrenada, lo que acarrea, por lo demás, un estrés y un deterioro psíquico considerable en la población.
Como todo infortunio descomunal, la tragedia reciente de Chile puede entenderse como una prueba, una oportunidad para preguntarnos quiénes somos de verdad, lo que de veras importa en cuanto vayamos llevando a cabo la reparación, no sólo de nuestros hospitales derribados y autorrutas cortadas y huesos molidos, sino también de nuestra precaria identidad.
Creo que las fuentes más profundas de solidaridad que presencié durante el terremoto de 1960 todavía se encuentran fluyendo adentro de la amplia mayoría de los chilenos, y han de constituir el semillero desde el cual van a brotar los esfuerzos más duraderos y relevantes para levantar a nuestro país de su actual desolación, el motivo por el cual habremos tal vez de prevalecer una vez más, como en tantas contingencias pasadas, contra las fuerzas ciegas y roncas de la naturaleza.
Hace cincuenta años, el pueblo de Chile halló un modo de sobrevivir a la muerte y al quebranto, y tengo la esperanza de que en esta ocasión triste también podremos, con dolor y con duelo y hasta, sí, con alegría, volver a llevar a cabo de nuevo aquella hazaña que nos necesita a todos.
Ariel Dorfman
* El último libro de Ariel Dorfman es la novela Americanos: Los pasos de Murieta.
Fuente: http://www.pagina12.com.ar/diario/contratapa/13-141290.html
La justicia prohibió el uso de las pistolas Taser

La jueza Andrea Danas, a cargo del Juzgado en lo Contencioso Administrativo y Tributario N° 9, dictó hoy, martes 02/03/2010, una medida cautelar en la que ordena suspender el uso de las armas Taser por parte de la Policía Metropolitana, hasta tanto exista sentencia definitiva.
El Observatorio de Derechos Humanos de la Ciudad de Buenos Aires (ODH) había presentado el último 22 de febrero de 2010 un recurso de amparo ante la justicia porteña para impedir la utilización de las pistolas Taser por considerarlas un elemento de tortura.
Con la documentación aportada por el ODH, la jueza entendió que las armas Taser no resultan razonables para ofrecerle seguridad a la población, y que ante los dos bienes jurídicos en juego, la seguridad por un lado y la salud y la vida de la población por el otro, debe priorizarse lo último.
El amparo se había sustentado en tres premisas básicas: a) el Comité Contra la Tortura de las Naciones Unidas y otros organismos internacionales desaprobaron el uso de las armas tipo Taser; 2) el uso de armas Taser puede lesionar derechos como la vida, integridad física y salud de las personas, aún de quienes se encuentran en perfecto estado de salud, conforme informes que están citados; 3) la incorporación de estos dispositivos puede fomentar el encubrimiento o la impunidad policial (en tanto las armas no dejan marcas en el cuerpo) favoreciendo situaciones de abuso policial.
Fuente: Observatorio de Derechos Humanos
http://www.observatorioddhh.org.ar/
El Observatorio de Derechos Humanos de la Ciudad de Buenos Aires (ODH) había presentado el último 22 de febrero de 2010 un recurso de amparo ante la justicia porteña para impedir la utilización de las pistolas Taser por considerarlas un elemento de tortura.
Con la documentación aportada por el ODH, la jueza entendió que las armas Taser no resultan razonables para ofrecerle seguridad a la población, y que ante los dos bienes jurídicos en juego, la seguridad por un lado y la salud y la vida de la población por el otro, debe priorizarse lo último.
El amparo se había sustentado en tres premisas básicas: a) el Comité Contra la Tortura de las Naciones Unidas y otros organismos internacionales desaprobaron el uso de las armas tipo Taser; 2) el uso de armas Taser puede lesionar derechos como la vida, integridad física y salud de las personas, aún de quienes se encuentran en perfecto estado de salud, conforme informes que están citados; 3) la incorporación de estos dispositivos puede fomentar el encubrimiento o la impunidad policial (en tanto las armas no dejan marcas en el cuerpo) favoreciendo situaciones de abuso policial.
Fuente: Observatorio de Derechos Humanos
http://www.observatorioddhh.org.ar/
Orlando Barone: La Presidenta es difícil

Es una presidenta difícil. Sí. Todavía más que lo que la oposición presumía. Cuando se la presiente arrinconada por los mastines ladradores ella, sin perder la elegancia Vuitton, los detiene. Es como la encantadora de perros. La inteligencia es difícil. Y puesta a desarrollar ideas en un discurso desafía al refutador a plantear argumentos de igual coeficiente. Y lo que natura no da, la negación no presta. Le pasa al periodismo reinante: la honestidad que no se tiene nunca encuentra las noticias honestas. ¡Qué sensación de desigualdad argumental entre la presidenta y los que aspiran a reemplazarla!. Y no digo nada de Cobos. Ya que estuvo impecable en ese papel de nadie que le sienta: de nadie en cuyo rostro se notó la búsqueda de nada para no delatar su impostura. El recurso de la presidenta de comparar la Argentina real de la virtual dejó al desnudo la realidad de la virtualidad negadora. Al país del cuento mediático en comparación con el del recuento de obras y de acciones. Es tan demoledor el efecto que causa, exhibir aquella Argentina derrumbada de esta Argentina en construcción, que para no reconocerlo hay que vendarse los ojos, taparse los oídos, apelar a la mentira o sentir nostalgia de esas Fuerzas Armadas que se auto humillaron y que recién hoy van recuperando el orgullo. O reconocerse confesándose a si mismos que no importa cuanto haga el Gobierno: a la oposición opositora oponente no le gusta porque no le gusta. Responder al discurso, antes que nada con honra, exige la honra de los críticos. O un despojamiento si ya no patriótico, al menos de entendimiento político. Y no el amasijo cualunquista. Pero apenas saltaron de sus bancas a comentar el discurso reincidieron en tratar de disminuirlo. No habló del Indec. Mirá vos. Tampoco de cómo aumenta el bife de costilla. No. Pero si habló de cosas de tamaño Estado: habló del mayor crecimiento económico en doscientos años de historia argentina. Habló de superávits inéditos. De la creación de millones de puestos de trabajo, de nuevos millones de jubilados que estaban fuera del sistema, de millones de megavatios que impidieron el apagón que se auguraba deseándolo. Habló de la disminución de la mortalidad infantil. De la dignidad de la Argentina científica. ¿Si? Pero no habló de los 2 millones de dólares que compró el marido para el hotel. Ni de la valija de Antonini. Ni de la declaración jurada. Así no vale. Cualquiera se luce hablando de que nunca como hoy hubo tanto presupuesto educativo, tanta distribución de planes para hijos y familias, tanta inserción internacional y tanta adhesión latinoamericana. Eso sí, no habló de represión: porque no hay. Ni habló de ajuste; porque al contrario, hay aumentos salariales y sostenimiento del empleo. Habló de los nietos e hijos de desaparecidos. ¿Y qué? Ya se sabe. No hay que andar enrostrándolo como si no se supiera. Bueno, algunos sufren de amnesia y de amnistía. ¡Qué discurso a capella! No traten de imaginarse a candidatos como Reutemann, Macri, Duhalde, Menem , De Narváez empeñados en emularla. Sería inútil. Únicamente si hacen mímica, y detrás de ellos ponen algún compact con la voz de Kovadloff o la de Aguinis. Acaso la única capaz de juzgarla como oradora es Elisa Carrió sino le pesaran los rosarios. O el odio. La presidenta tampoco habló de la Iglesia opositora. Una omisión atea. Si quiere ser la presidenta de todos tendría que haber citado a Duhalde cuando dijo: “Queremos un país para los que quieren a Videla y para los que no lo quieren”. Pero ella no puede con su naturaleza. Es una presidenta difícil. Pregúntenle a Magnetto. Y respecto al uso de las reservas para el Fondo del Bicentenario viendo la reacción del auditorio contra, debió pensar en lo que dijo Maradona. Pero ella no lo dijo.
Orlando Barone
http://orlandobarone.blogspot.com/
Carta abierta leída por Orlando Barone el 2 de Marzo de 2010 en Radio del Plata.
Orlando Barone
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Carta abierta leída por Orlando Barone el 2 de Marzo de 2010 en Radio del Plata.
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