domingo, 2 de marzo de 2008

Virginia Edit Perrone: Soy el trazo

Virginia Edit Perrone

Inexplicables.

De qué se viste un
Príncipe.
De qué Narcisos
los nombres de
Narciso,
cuando Eco, hecha
viento y amor
desmesurados
se diluye en él
para perpetrar
la mirada.



Barro en los hombros.

La tierra es buena
socia para esas
travesuras
que me devuelven
Gitana.



Apuesta.

Azul, inventá tu
vacío, me visita
la piel
después de tanto
y tanto,
y sin destinatario.
Visita itinerante,
sin promesas.
Y yo, cayendo soles
y caminos
tal vez, por hoy,
le crea.

Virginia Edit perrone
http://virginiaperrone.blogspot.com/

Viviana Pelle: A vos


Cuando no detenés el carro y el corazón se te seca y seguís la marcha con el corazón a un costado, detenido, quieto adentro del pecho quieto. No escuchás ni tu propia voz y estancás el sentir y el paso se te hace lento pero seguís caminando porque hay que caminar y te preguntás: ¿Y el amor? ¿Adónde quedó el amor? ¿Por qué me escapo? ¿De qué? ¿De quienes? Acaso vos no te escapaste nunca de algún sitio, por miedo, por desamparo, por temor a sufrir? Entonces deduzco que la vida a veces es un simple escaparse, cada uno se dirige hacia lo que tiene que hacer, su vida. ¿Y yo que estoy haciendo aquí, agazapada, mostrando una careta del no querer, del no sentir si todo está presente muy dentro de mí? Es posible que mis sentimientos puedan llegar a ser mas fuertes que los tuyos, pero quién? ¿Quién mide eso? ¿Acaso todos no sentimos igual? Ay, como añoro en este verano mis momentos de soledad y de reencontrarme conmigo misma, tomar un café conmigo misma y escribir, sí, como lo estoy haciendo ahora. ¿Podré algún día escribir sin dolor? ¿Podré festejar el amor como tantos lo festejan o lo escriben? Si no me duele no es amor? Acaso siempre tiene que doler el amor? Creo que hay gente a las que debo parte de mi ser y gente a la que le he brindado todo mi ser. Pienso también que él, en su confusión de alguna manera me amó de verdad como yo supe amarlo en su momento. Ahora entonces tengo miedo, miedo a la falta de reciprocidad en cualquier clase de amor que pueda existir sobre esta tierra. A vos te hablo, si, a vos, ser querido.


Viviana F. Pelle
(28/02/08)
rossopelle@ciudad.com.ar

Alfredo Di Bernardo: de "Crónicas del hombre alto"


Crónicas del Hombre Alto (nº 37)

INTERNET Y EL CAJÓN FALSO DE LA COCINA

La cocina del departamento donde transcurrió mi infancia tenía una mesada de mármol, debajo de la cual había una estructura de madera compuesta por tres puertas y dos cajones. Tal falta de equivalencia numérica tenía su explicación: la tercera puerta quedaba justo debajo de la bacha, por lo que la hipotética presencia de un cajón entre ambas hubiese resultado inviable. Sin embargo, sea por estética o por neurótica compulsión hacia las simetrías, el encargado de diseñar la cocina había colocado en el lugar un cajón falso. Es decir, una apariencia de cajón allí donde en realidad no lo había. Uno observaba, sí, un rectángulo que tenía las mismas dimensiones de los otros dos que estaban a su izquierda, pintado con el mismo color verde loro y hasta con idéntica protuberancia esférica y rugosa en el centro, pero era sólo una fachada ilusoria.
Vaya a saber por qué peregrina razón, en algún momento de mi niñez pergeñé la fantasiosa teoría de que a aquel cajón sellado iban a parar todos los objetos que se nos perdían (sí, yo era un niño raro; solía tener pensamientos de esta naturaleza). Básicamente, especulaba con la idea de que allí estuviese guardada una pelota de plástico a rayas que el viento había alejado de mí años atrás llevándola irremediablemente hacia las aguas de la Laguna Setúbal.
Obviamente -¿hace falta aclararlo?- es imposible abrir un cajón que no existe, de modo que mis propósitos reivindicatorios jamás pudieron ser cumplidos.

* * *
Cuando yo tenía 10 u 11 años, se puso de moda una canción en inglés que se llamaba "Lady in blue" ("La dama de azul"). A mí me gustaba. No era mi favorita, pero me resultaba placentero escucharla. Me recuerdo claramente frente a la vidriera de una disquería de la peatonal, contemplando el afiche desde el cual un hombre rubio y sonriente promocionaba el disco. Recuerdo también que, vaya uno a saber por qué peregrina razón, en ese momento me pregunté si cuando yo creciera me seguiría gustando esa canción, si ese hombre rubio seguiría siendo famoso, y hasta me imaginé consultándole a mi hijo qué le parecía la música que yo escuchaba a su edad (sí, yo era un niño raro; solia tener pensamientos de esta naturaleza).
El incansable andar del tiempo hizo que me olvidara de la melodía y, cosa extraña en mí, hasta del nombre de aquel cantante que -¿hace falta aclararlo?- no quedó instalado en la memoria colectiva de los argentinos.

* * *
Nunca en los siete años que llevo como navegante del ciberespacio me llamó la atención el difundido hábito de bajar música de Internet. No sé, supongo que quedó martillando en mi cabeza el comentario de alguien que me advirtió sobre la extrema lentitud que puede implicar el proceso para quien -como en mi caso- carece de banda ancha (dato suficiente este de la lentitud para ahuyentar a un sujeto ansioso como yo). O tal vez, me ganó el prejuicio de suponer que la música a la que se podía tener acceso era la misma que uno puede escuchar en las radios, es decir, la que se pone de moda, la que responde a las leyes del mercado.
Hace unos meses, sin embargo, mi hijo me hizo una elocuente demostración práctica de todas las maravillas de jazz, blues y bossa que había conseguido almacenar en su computadora gracias a Internet, y mi visión del asunto cambió por completo. Es más, la revelación me impactó de tal modo que, al día siguiente, ya había descargado en mi propia PC el programa necesario, dispuesto a ponerme manos a la obra cuanto antes.

* * *
Soy un tipo que mira mucho hacia el pasado. Quizás por ser un individuo extremadamente memorioso, siento que cargo con él como si fuera una parte viva más de mi presente. Hasta diría incluso que soy posesivo con mi pasado. No colecciono objetos en forma indiscriminada (de hecho, destilo bastante indiferencia hacia la mayoría de ellos) pero tengo, sí, una marcada inclinación a conservar determinados testimonios que considero representativos de diferentes etapas de mi vida. Supongo que su tenencia me brinda una especie de seguridad simbólica, la impresión de que soy capaz de impedir que los días que voy viviendo se me escurran así nomás. Impresión, claro está -¿hace falta aclararlo?- que se hace añicos apenas uno se pone los anteojos cínicos de la racionalidad para ver las cosas de este mundo.

* * *
No soy ingenuo; me conozco demasiado. Sabía que no iba a ser fácil encausar mis afanes de melómano virtual en un esquema preestablecido. Hubo, sí, un plan inicial de rastrillaje cibernético que cumplí con admirable prolijidad, y que me permitió completar sucesivamente un compilado de temas de la Bersuit, otro de Divididos y un tercero de Los Piojos. Sin embargo, tanto rigor no tardó en resquebrajarse y, previsiblemente, mis búsquedas terminaron adquiriendo muy pronto un errático matiz de arqueología musical.
Al principio tímida, casi pudorosamente; luego con insaciable voracidad, me lancé a rastrear canciones ligadas a los años '70, intentando bosquejar con ellas un impreciso mapa emocional de mi infancia. Mi exploración tuvo resultados altamente satisfactorios: reencontré la música de series entrañables -"Baretta", "Dos tipos audaces", "El hombre nuclear"-, volví a escuchar a Donna Summer cantando el tema de la película "Abismo", me conmoví otra vez con el italiano de "Albatros" que clama desesperado "¡Sandraaaaaaa, ti amooooo!" en el final de "Vuelo AZ 504", y compartí el lamento de Los Brincos porque "Eva María se fue / buscando el sol en la playa".
Una noche, vaya a saber por qué peregrina razón, me acordé de "Lady in blue". Me vino a la memoria el remoto episodio de la vidriera y sentí que estaba ante un desafío mayúsculo. ¿Sería posible hallarla? ¿Habría alguien en algún ignorado punto del planeta que tuviera justamente esa canción guardada en su computadora? Sin querer ilusionarme demasiado, escribí las palabras mágicas en el buscador y, para mi gran asombro, en cuestión de segundos no sólo apareció en la pantalla el título de la canción requerida, sino también el nombre olvidado de su intérprete: Joe Dolan. Me pareció estar rozando los límites de lo verosímil. Por supuesto, inicié la descarga de inmediato y, al cabo de unos minutos de exasperante espera, volví a escuchar, después de más de treinta años, aquella melodía pegadiza y la voz algo chillona que la entonaba.
Quedé fascinado. No con la canción en sí (que, como suele suceder en estos casos, ahora no me parece tan bonita), sino por el prodigio de haber podido rescatarla de la nada. Y aunque sé que todo retorno al pasado es fatalmente imperfecto e incompleto, aunque sé que los paraísos perdidos no se recuperan jamás, aunque bien sé que mi pelota de plastico a rayas se extravió para siempre en las aguas de la laguna, en ese momento sentí que, en cierta forma, yo acababa de abrir al fin aquel cajón falso de la cocina.
Y sí, soy un adulto raro; suelo tener pensamientos de esta naturaleza.

Alfredo Di Bernardo
alfdibernardo@ciudad.com.ar

Fernando Rosales: Hojita que lleva el viento


Al amor


Hojita que lleva el viento,

Mariposa jovial de los días soleados;

El verde vivo de la vida,

Acoplando sentimientos únicos;

Ese encantamiento de luz,

De sentido de vida,

Si hubo dolor me olvido,

Vuelo en el día puro,

Bebiendo de las fuentes,

Corriendo cuál niño,

Hamacándome en las risas.


Vuelan ángeles sobre las cunas,

Arrullan las tristezas

Y le dan su consuelo de querubín

-no te mates, hay gente que te quiere…

Y él le dice… solo necesito un abrazo del amor.



Fernando Rosales
elsoldespierta@hotmail.com

Marina Dragonetti: La caverna del silencio


Hace mucho tiempo ya que vivo en este hueco, tantos años que ya olvidé seguir contando. Sólo la humedad y unas pocas líneas de luz se vislumbran por las aberturas de la tierra. Las hendiduras de las piedras aparecen como una parte más de este decorado lúgubre y gris que es mi morada. Siempre supe que jamás saldría de aquí, por lo cual procuro amenizar el ambiente a mi sola y única mirada. No tuve otra alternativa que adaptar, a medida que iba desarrollándome, mi físico a la estructura de la caverna: la longevidad de mis brazos y piernas se iban contrayendo a medida que chocaban con las paredes, el tono de la piel se confundía cada vez más con los tonos verduzcos y grisáceos de las piedras, y mis ojos se adaptaron sin más a la oscuridad profunda de las noches y a la que se hacía más leve por las tardes.

Hace mucho tiempo que dejé de sentirme humana, soy más parecida a un vegetal exótico y solitario que a un hombre. Lo único que me distingue de la especie vegetal son mis pensamientos. Desearía no tenerlos: son patéticos e insoportables. Mi reclusión, lejos de acallarlos, los exaspera, los revoluciona y mi mente se parece cada vez más a una selva urdida de pesadillas que me acechan en sueño y vigilia. Nunca podría ser feliz así, me dije. Me encontraba en el peor de los estados, a medio camino entre una vida pacífica y silenciosa bajo la tierra y una existencia de movimiento perpetuo: sufría de una inmovilidad muscular que me provocaba la más temible hiperactividad cerebral.

No necesito mucho más para vivir, y sin embargo se me hace tan difícil que me cuesta hasta el acto mismo de respirar. Mi vida entera gira en torno a estas cuatro paredes omnipresentes que habría testificado con indiferencia tantos momentos. Mis brazos y piernas se iban entumeciendo de a poco, y mi mayor esperanza era que algún día eso ocurriera también con mis pensamientos, que se fueran volviendo cada vez más perezosos hasta anquilosarse de manera perpetua, pacífica y silenciosa. Pero no, sigo aquí en medio de la inmovilidad y la desesperación. Lo único que deseaba era el silencio… sólo eso.

Sin embargo todo esto no era sino dicha comparado a lo que llegaría más tarde; luego comprendí que mi estado anterior era demasiado paradisíaco como para tener posibilidades de perdurar. Un buen día desperté de mi siesta habitual, siempre soñaba con ases de colores que entrechocaban entre sí, círculos amarillo, rojos, verdes que gravitaban sobre un fondo negro y terminaban por difuminarse en el espacio. Era como un maravilloso espectáculo de luces vibrantes que se manifestaba sólo para mí, y mis ojos cerrados como estaban, eran capaces de vislumbrar más color y luz que la mirada a ojos abiertos. Cuando mis pupilas se despejaron por completo vi a un hombre con un rostro de terrible bondad que acercaba su mano enrojecida a lo que quedaba de mi brazo. Intenté gritar, con desesperación exclamé un mudo grito que el hombre ni siquiera percibió. Sonreía con lástima y me sacó para siempre de allí, de mi hogar.

Cambié mi mundo subterráneo por una habitación no menos lúgubre y desolada. A veces las realidades se superponen y siento una opresión que sólo el cemento es capaz de procurar sobre mí. Cuando no logro conciliar el sueño intento recordar aquellos globos multicolores que se difuminaban en la oscuridad hasta no pensar en nada más, pero solo logro retenerlos por unos instantes. Intento recordar cuántos años pasaron de aquel episodio, pero el tiempo ha quedado definitivamente abolido para mí.

Marina Dragonetti
marinadragonetti@yahoo.com.ar

Cristina Villanueva: Textos varios


Las que entornan el deseo


[pasto pequeño, naciendo con su placenta de
hojas de bosque
[dejan marcas como un terciopelo
cortado en finas hebras, se vuelcan, se enredan
se encaminan a
la noche
[se abren a las manos , se entornan, conmueven. Pasean por la piel de animales
felinos asperamene
dulces, sanan la tristeza
Son lo que falta
Lo que no se puede mirar.
Un revuelo de pestañas para el mercado de
flores, otro para la mesa servida por Babette.
Caminan túneles, pozos, el
organismo vivo de las palabras


nos
salvan


de la mirada desnuda.



Pasaje

Pasar por el ojo de la aguja,
los camellos,
sentados en un mar amarillo, hacen lugar.


Del otro lado de la mirada
de las pestañas
conocedoras de la contraseña.

Cavar en el reino de los espejos,
mariposa de viento,


Del otro lado siempre.
Entrar en las antípodas del mar.
Apenas un cielo agujereado en los ojos del nombre.




Cabeza de medusa

Asomada con mi enorme cabellera a la ventana del mar.
Entre las transparencias del agua y del aire veo subir un pájaro.
Nos amamos en el templo.
Siempre hacen los cuerpos un templo del sitio del abrazo
donde se vuelve a ligar lo desligado.
Él se enredaba en mi como en una interminable serpentina de algas.
Yo resbalaba en él hasta llegar al hueco del deseo
Después lo de siempre,
Poseidón me entregó indefensa.
Sembraron de serpientes mi cabeza.
No pude mirar sin volver de piedra lo que miraba.
Al final como la de tantas mujeres rodó mi cabeza.
Con un sueño de redes en el pelo.
Una mirada propia de luz que no se baja.
Y un abrazo de agua para la hoguera de las
OTRAS, de resplandecientes, estremecedoras...
Cabelleras inadaptadas.



Puente roto sobre el Danubio

Marcela me pidió que la acompañara a la audición que hacía para ver si la contrataban como cantante en un bar que terminaban de reformar.
Mi presencia debía ser casi invisible pero contenedora, una verdadera red, para los demás el agujero, para ella el hilo.
Quedaba en el barrio de mi infancia pero no me dio la dirección exacta.
Recién al llegar me di cuenta que era la casa de Alicia donde yo, casi, vivía
La piel del frente ya no estaba lastimada por corazones, cartelera de romances deseados o reales.
La remodelación era una máscara perfecta.
Cuando entramos me ubiqué en un rincón de lo que había sido el living, después de tantos años, frente a los ventanales, reviví las tardes amplias de tiempo, esos juegos para ensayar la vida.
Como flechas de sentidos multiformes empezaron a dispararse imágenes de los hombres más hermosos del mundo de nombres tan extraños como su lengua.
Refugiados de un país lejano, sólo nos unían miradas y sonidos.
Invitábamos al espectáculo a primas y amigas de Villa Luro , Floresta, Ramos Mejía. Las de Flores no éramos egoístas. Y el público nunca se quejó, ni una sola vez dijo que habíamos exagerado en las promociones.
A lo mejor por eso Yugoeslavia quedó para mí como un reinado de bellos príncipes, por la efusión hormonal del principiar adolescente, por el misterio de las voces, quizás por eso, más tarde me enamoré de sus cuadros naives, donde los campesinos caminan al borde de la fiesta y las casas parecen salidas de las láminas del arte vivo de los pueblos.
En las imágenes del éxodo de esta guerra hay pocos hombres, se estarán disparando entre sí o estarán muertos o esperan en la noche proteger los puentes sobre el Danubio de la lluvia de fuego.
Siento un desamparo de belleza.
Me pregunto si el amor por ese país (que ya no existe) tiene que ver con mis recuerdos underground, con los relatos de los viajeros, con el deseo de conocer Dubrovnic, con la lucha fiera contra los nazis o el intento de un socialismo más vital.
No se a que etnía pertenecían los espiados hombres de mi adolescencia, mezclas, costuras, uniones rotas.
Deseo recuperar un puzzle que ya no volverá a ser. Una hermosa región desorbitada, entre todos los males y bienes del siglo que termina.
Mi amiga me mira, dejo la película de guerra, y se me junta el tango que ella canta con la ingenuidad del la lámina en que dos novios se buscan en un océano de flores de una pintura yugoeslava.
Entre la barbarie y la inocencia, le regalo una sonrisa estimulante.


Cristina Villanueva
libera@arnet.com.ar

Andrés Gustavo Fernández: 3 Poemas


Amor eterno a la fragilidad que brinda la lluvia

Ella lo excita Todo.
Favorece con suficiencia el vuelo seminal
Del néctar sulfurado de todas las cosas
Que se agitan bajo su dominio;
Exige la transpiración
De un sueño trágico en la tierra;
Sujeta el delirio a la Copa de los Árboles,
Mientras positivos y negativos imperan
En las crueles exposiciones
Del rayo navegante.



El tigre iluminado

Destacándose en el color áureo de la tarde india,
su piel se asemeja a la volcánica pronunciación
del sánscrito cuando brota y se inscribe como a
jirones texturando el espacio de la Escucha.


El Tigre ha iniciado su recorrido entre los árboles.
Calzado en su amplio escudo que es al mismo
tiempo el córtex sinfín de su voracidad, luce
inmaculado entre sus rayas de Bután.
Desprovisto de toda vulgaridad,
balanceándose cadenciosamente entre las brasas
de su Espíritu, hay algo más que puede verse
en esa otra máscara que Shiva le propone.

Su preciosa piel de cerámica, cuyas incrustaciones
de cabellos blancos, negros y naranjas parecieran
encenderse a través de la selva circular, diríase un
Camaleón cuyos candelabros hubieran alineado
su brújula en una babel que reflejara algunos
mosaicos del imponente recuerdo de la tarde india.



Clímax

Mis manos se encargan de desplegar al Universo
momentáneamente latente.
En el Acto incito a sus Colores sutiles y densos, sus
radiantes chakras ubicados a lo largo de su espina
vital como frutos listos para ser comidos.
En perfectas líneas que avanzan igual que en la textura de una tela, organizando las imágenes
en profundas imbricaciones sobre sí mismas,
cada Azul, cada Verde, Violeta, Dorado o Rojo
alcanzan un Clímax que es un giro,
el eco y las vibraciones sobre los que se
sostendrá la Danza de Acordes de Colores
que llamo Emociones.

Mis manos friccionan y acarician el papel como a una
mujer dormida; el corazón expulsa la furia
de sus cavernas, enerva los filamentos del dolor
hasta forjar columnas insustituibles, flexibles
como un concepto prehistórico del Amor.

Andrés Gustavo Fernández Ayala
pachakamakin@hotmail.com
http://pachakamakinartimago.blogspot.com/