martes, 31 de agosto de 2010

Luis Bruschtein: Un mal papel



Por Luis Bruschtein

Porque se engañó o porque creyó que ésa era la línea de acción que le convenía, toda la estrategia de Clarín estaba dispuesta para el caso de que el Gobierno decidiera el martes la intervención de Papel Prensa. Como la intervención no existió, a duras penas el multimedia logró que el miércoles un portavoz del Departamento de Estado de los Estados Unidos dijera que “estaba atento al debate sobre libertad de prensa” en Argentina y que era un tema en las relaciones bilaterales. Ese mismo día, el canciller Héctor Timerman y la presidenta Cristina Fernández se reunieron con la embajadora norteamericana, Vilma Martínez, y con la subsecretaria del Departamento de Estado para las relaciones públicas, Judith McHale, y destacaron el “excelente nivel” de la relación entre los dos países.
Haciéndole ascos al profesionalismo, hasta los programas periodísticos de ese día se habían preparado para esa medida, haciendo hablar a los entrevistados que se prestaron al juego como si ya se hubiera anunciado una medida que nunca existió. Y el lobby de políticos que le responde en el Parlamento ni siquiera cambió las respuestas que había preparado frente a una supuesta intervención. La decisión de enviar el informe sobre Papel Prensa a la Justicia y un proyecto de ley al Congreso para declarar de interés público la producción de papel de diario desbarató esa estrategia, que estaba destinada a buscar una fuerte repercusión internacional, similar a la que soportó el presidente venezolano Hugo Chávez cuando no renovó la licencia vencida a la televisora RCTV.
En ese cuadro, el argumento más efectista contra el Gobierno ya había comenzado a hacerse jugar con la imagen de una “chavización” del proceso político argentino, cuyo momento culminante habría sido cuando el oficialismo tomara el control del monopolio de papel de diario en la Argentina. La denuncia de chavización del Gobierno, como estrategia, se pinchó cuando se abrió el juego a la Justicia y al Congreso y no se produjo la intervención. Cualquier grito heroico contra el supuesto avance autoritario queda dirigido ahora contra la Justicia y el Congreso. La protesta exagerada queda expuesta como antidemocrática.
El argumento de los militares para explicar la persecución a la familia Graiver fue que David Graiver era el banquero de los Montoneros. Promovieron una campaña de difamación en la que participaron los diarios que después compraron Papel Prensa y así fue aceptado por el sector de la población que tenía empatía con los represores. Esa misma línea defensiva fue peligrosamente retomada por algunos voceros, periodistas y políticos, de la oposición –en especial por Elisa Carrió–, cuando salieron a discutir el informe sobre Papel Prensa que difundió el martes el Gobierno. Carrió siempre se exculpó diciendo que era muy joven cuando fue fiscal durante la dictadura. Pero ésta no es la primera vez que reproduce con tanta similitud el espíritu y los argumentos de ese sector de la población que apoyó a la dictadura y que después mutó en fanático de la democracia y el republicanismo.
La idea de los militares consistía en que si los Graiver eran judíos, banqueros y montoneros, entonces se los podía secuestrar, violar, torturar y despojar de sus bienes. Era la idea de justicia que tenía Ramón Camps, el entonces jefe de la Policía Bonaerense. Resulta enervante aclarar que ser judío, banquero o montonero o cualquier otra cosa no justifica el secuestro, la tortura o el despojo. Por eso, hacer una defensa de Clarín empezando con esa línea argumental, como hizo Carrió, es poner a Clarín donde está tratando desesperadamente de que no lo pongan: junto a los dictadores.
Es más, en ese mismo contexto se puede leer la carta de Isidoro Graiver que se publicó el miércoles, donde afirma que la venta de Papel Prensa a Clarín y La Nación se hizo sin presiones y en libertad, y donde también sugiere que las únicas presiones que sufrían –dice que por eso tuvieron que vender a los apurones– eran de los Montoneros que exigían la devolución de 14 millones de dólares. Puede haber habido presiones y amenazas, o no, por parte de Montoneros. Pero lo real es que no fueron secuestrados, torturados ni despojados por Montoneros, sino por la dictadura. Los hechos muestran una realidad concreta diferente de esas afirmaciones, que exculpan a sus verdugos con esa especie de síndrome de Estocolmo. Fue más que extraña la circulación de la carta de María Sol, la hija de David Graiver, exculpando a los compradores de Papel Prensa. Ella tenía un año y medio en la época en que se produjeron estos hechos y sólo puede conocerlos a través de terceros. Y más extraña aún fue la carta de Isidoro Graiver, escrita ante escribano público y dirigida a su sobrina María Sol. Un sistema bastante enrevesado de comunicación que pone de manifiesto que estaba manipulado por abogados. Sobre todo, porque además Isidoro contradijo en esa carta –y en su declaración posterior– lo que había declarado antes al fiscal Ricardo Molinas.
En la página web de Clarín, Pino Solanas usó al fiscal Molinas para defender a ese diario, a La Nación y a Papel Prensa. Aseguró que Molinas, que había investigado la operación, le había asegurado que la venta no había sido ilegal. Pero el hijo del fiscal Molinas, Fernando, que en ese momento era secretario de su padre, desmintió a Solanas y recordó que el fiscal había pedido anular la venta de la papelera y había presentado las denuncias penales correspondientes, igual que hizo ahora el Gobierno.
Otra cosa que nadie discute y que todos dan por hecho y sabido es que los militares estaban interesados en apropiarse de Papel Prensa para entregarla a empresarios amigos. Tampoco nadie discute que había una interna entre el Ejército y José Alfredo Martínez de Hoz, por un lado, que se inclinaban por los dueños de Clarín, La Nación y La Razón, como se hizo; y el almirante Emilio Massera y la Armada, por el otro, que preferían al banquero José Rafael Trozzo. La empresa estuvo en la mira de los dictadores desde el primer momento. Ese es un tema que no está en discusión y que nadie puede desmentir. Sería inocente pensar que, si estaban interesados, se cruzaron de brazos esperando que se realizara la operación. El único testimonio que toma en cuenta ese dato tan importante y evidente de la realidad es el de Lidia Papaleo, que, además, era la que estaba a cargo de los negocios del grupo tras la muerte de su marido, David Graiver, en un extraño accidente de aviación. Nadie con el más mínimo sentido común puede pensar o intentar que los demás crean que la dictadura se mantuvo al costado de ese proceso que era tan determinante, tan decisivo. Se trataba del monopolio del papel de diario, desde el cual se puede controlar a los medios gráficos.
En realidad, lo único que puede estar en discusión es si los directivos de Clarín y La Nación fueron cómplices del proceso que los terminó favoreciendo o si simplemente se favorecieron “de buena fe”, como dicen los escritos de los abogados defensores. Ese es el punto que deberá dilucidar y probar la Justicia, pero es más que evidente que Lidia Papaleo vendió en una situación de vulnerabilidad total y bajo presiones de todo tipo. En la defensa ofuscada y en bloque que hizo el lobby político de los acusados, esa situación fue denigrada. Se volvió a victimizar a la víctima. Resulta extraño porque en las notas publicadas sobre el tema, el diario fue más cuidadoso que los políticos que lo defienden. Esa forma de argumentar no defiende a un medio de comunicación, sino que es la defensa de los métodos de la dictadura, a los que todos esos políticos y periodistas evitaron mencionar dejando un agujero ominoso en sus discursos.
En todo caso, será la Justicia la que determine ahora los aspectos ilegales de la venta de Papel Prensa. Al Congreso le corresponderá definir si la producción, comercialización y distribución del papel de diario, que están monopolizados, se declaran de interés público –y por lo tanto serán regulados de alguna manera– o si quedan como hasta ahora, en función de la decisión del mismo monopolio. Más allá de cualquier disquisición a favor o en contra de lo que hayan hecho Clarín y La Nación en Papel Prensa hasta ahora, desde el punto de vista institucional, democrático y republicano, el ejercicio de la libertad de prensa no puede quedar librado a la buena o mala voluntad de nadie. Tiene que haber resguardos institucionales de algún tipo también para regular y democratizar el acceso igualitario al papel de diario.
Pero el país está entrando poco a poco en un año electoral y son muchos los que no quieren confrontar justo ahora con el multimedia más grande. La regulación del mercado del papel para diarios es una medida con la que difícilmente se pueda estar en desacuerdo. Pero muchos buscarán perderse en vericuetos y ambigüedades, dirán que están de acuerdo pero que en este caso se trata de un ataque del Gobierno contra Clarín o correrán al Gobierno por izquierda y exigirán que se intervenga Papel Prensa, para que en realidad, todo quede en la nada. El escenario electoral inminente ensuciará todos los debates de aquí en adelante.

Luis Bruschtein
Fuente: http://www.pagina12.com.ar/

Mario Wainfeld: Ganarle al miedo en buena ley




Por Mario Wainfeld


Hablemos de los hechos, para desafiar una regla dominante en la comunicación cotidiana. Las acciones de Papel Prensa se vendieron en los primeros meses de la dictadura militar, en el tramo más brutal (a la vez fundacional) del terrorismo de Estado y de la violación de las garantías constitucionales, empezando por la división de poderes. La dueña de las acciones transferidas, Lidia Papaleo de Graiver, jamás se juntó con el precio. Todos los adultos integrantes de la familia Graiver fueron secuestrados y torturados.
Durante décadas, Papel Prensa controló el mercado con prácticas monopólicas. El Estado nacional fue un socio bobo, mudo y sumiso ante un poder fáctico superior al de sucesivos gobiernos, dictatoriales o democráticos.
El actual Ejecutivo, a partir de conflictos coyunturales, tomó la valiosa decisión política estratégica de limitar el poder del Grupo Clarín. Entre otras movidas, se implicó activamente en la empresa, sacudiendo la modorra estatal, haciendo valer cuanto pudo su posición minoritaria. En el trayecto, investigó el origen de la compra de las acciones. Produjo un material contundente, presentado ayer en la Casa de Gobierno.
La documentación fue buscada con denuedo. Parte del material es conspicuo y fue denunciando en numerosas oportunidades en diarios, libros y revistas. Una porción más pequeña estaba sustraída al conocimiento ciudadano, camuflada en expedientes con telarañas, perdida en archivos olvidados.
La presidenta Cristina Fernández de Kirchner pronunció ayer un discurso memorable. Uno de los más redondos de su mandato, si no el mejor. Rememoró el modo en que pasó de mano Papel Prensa y su trayectoria posterior en el mercado. Dio cuenta de haber leído y elaborado el informe. Lo divulgó en una exposición larga (como ella misma reconoció al final) y rigurosa.
Pero las palabras, ya se sabe, van y vienen. Lo más notable no fue la retórica sino, otra vez, la decisión política: darle un cauce institucional al informe. Serán los otros poderes del Estado los que resuelvan qué hacer respecto del pasado y del futuro. Los tribunales comerciales deberán dirimir la validez o nulidad de la venta. Los penales, sentenciar si hubo violaciones de derechos humanos en el contexto de la supuesta negociación celebrada entre 1976 y 1977.
El Congreso deberá analizar un proyecto de ley (cuyo texto no se conoce aún) declarando de interés público la producción de papel para diarios y formando una comisión bicameral para el seguimiento de esa actividad.
El procurador del Tesoro, Joaquín Da Rocha, y el secretario de Derechos Humanos, Eduardo Luis Duhalde, tendrán a su cargo la peliaguda misión de preparar la vía judicial. Seguramente, el secretario de Legal y Técnica, Carlos Zannini, ya está redactando el proyecto de ley que la Presidenta revisará con obsesividad de parlamentaria.
Los hechos quedan también sometidos a la opinión pública tras años de silencios, omisiones o imposiciones.
El dialecto periodístico-político opositor se ingeniará para calificar ese recorrido como “autoritario”, “arbitrario”, “totalitario”. O se valdrá de un sustantivo-adjetivo berreta caro a su imaginario: “chavista”. Para el pensamiento hegemónico de derecha, el chavismo no es un régimen popular, plebiscitado muchas veces en elecciones limpias, con desempeños discutidos en materia de libertades públicas. “Chavismo” es, charramente, sinónimo de dictadura bananera.
Sin embargo, lo que hizo el gobierno nacional es legal, democrático y republicano. Investigó, honró sus deberes de socio-accionista, produjo un informe que se abre al debate ciudadano, lo canalizará institucionalmente. Vale la pena señalar el detalle, pasando la pelota a dos poderes donde (en la actual coyuntura) las corporaciones juegan de local o al menos en condiciones muy favorables. Lejos de la discrecionalidad o del decreto de necesidad y urgencia, se interpeló a los estamentos democráticos y a la ciudadanía.
A eso, en jerga dominante, se rotula como “chavismo” o se describe como “ataques a la prensa”.
Frente a otras etapas históricas, hay mayor transigencia, según se verá.
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Los diarios Clarín y La Nación vienen publicando en tándem desde el conflicto de las retenciones agropecuarias. Socios en Papel Prensa y en Expoagro, sus tradicionales diferencias editoriales se fueron licuando en el mandato de Fernández de Kirchner. A veces, desdoblan tareas, como cuando La Nación informó la reunión entre Héctor Magnetto y cinco referentes del espacio peronista federal-PRO, que Clarín guardó y sigue guardando en reserva. En otras, se pronuncian juntos. Así fue en las ediciones de ayer, buscando lo que en fútbol se llama “anticipo ofensivo” al anuncio. Optaron por una suerte de editorial conjunto, titulado “Una historia inventada para apoderarse de Papel Prensa”. Como se supo a la tardecita, el apoderamiento no existió, en el año 2010 al menos. Y la historia, infaustamente, es real.
El material se recomienda, porque no tiene desperdicio. El cronista sólo pondrá de resalto el modo en que se narra un acuerdo comercial millonario, en el que tuvo un rol central el Estado terrorista.
Papaleo de Graiver era la viuda reciente de un empresario judío (un arquetipo de las personas odiadas por los represores) muerto en un dudoso y oportuno accidente aéreo. La viuda estaba fuera del país, desoyó consejos sensatos y volvió. Discutió, en el fragoroso año 1976, con empresarios ávidos, que contaban con el apoyo del régimen. Los grandes medios pretenden que las tratativas realizadas en ese entorno funcionaron en un mercado perfecto que hubiera hecho las delicias de Adam Smith. Su relato, es de lamentar, concuerda con el mito divulgado por la propia dictadura: existía una sociedad civil normal, con libertades garantizadas, aunque algunas “patotas” hacían abuso de la violencia. Esa falacia, claro está, se desbarató en pocos meses. Nadie puede, honestamente, creer que una negociación referida a bienes estratégicos se sustanciaba en un clima de negocios decoroso, impermeable al totalitarismo imperante.
Los editoriales aducen que Papaleo de Graiver consensuó. No hay tal, nuestro sistema legal exige para que haya contrato que las dos partes tengan “discernimiento, intención y libertad”. Los vocablos, en jerga forense, tienen significado bastante similar al del lenguaje común. La desdichada Lidia carecía de libertad e intención plenas cuando firmó la transferencia. Después, la pasó peor.
Nunca se perfeccionó un elemento sustancial de un contrato: el pago. La dueña recibió una fracción vil del precio, menos del uno por mil (siete mil dólares sobre casi un millón), el resto no le llegó nunca. Un juez debía aprobar el pacto, que involucraba derechos de la hija de Graiver y Lidia Papaleo, jamás lo hizo. Su Señoría se negó porque estaba en desacuerdo con el negocio leonino, los grandes medios consignan púdicamente que “nunca se expidió”.
Por lo tanto, el contrato no terminó de concretarse. Existía lo que podría llamarse “tracto sucesivo”, la negociación continuaba, en Tribunales. Cuando se secuestró a la dueña, privándola no ya de su libertad, sino de todos sus derechos humanos, las tratativas estaban abiertas.
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“Fue una operación legal y pública, anunciada por todos los diarios de la época”, resume el editorial a dos manos. O sea, contra toda prueba y contra sus propios alegatos cuando se justifican por haber escamoteado data sobre 30.000 desaparecidos, alegan que en ese tiempo los diarios informaban la verdad, toda la verdad y nada más que la verdad.
Inventan una burbuja temporal: suponen que Papaleo de Graiver estaba en un mundo feliz cuando firmó y que luego, por hechos ulteriores, fue chupada. Las palabras tienen su peso tremendo, máxime cuando las redactan grandes editorialistas de diarios importantes. Cuentan que la mujer fue detenida por “imputaciones ajenas a ese tema”. “Imputación” alude a intervención de jueces o fiscales no a represores sin ley. Y es difícil saber, aún para quienes fueron sus confidentes mediáticos, cuáles eran los motivos de los secuestros.
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Los titulares de los propios diarios en esos tiempos, sus solicitadas, los brindis de sus propietarios con el represor Jorge Rafael Videla corroboran que el gobierno fue un jugador central en el traspaso. Lo reconocieron y celebraron, con todas las letras, en sus ejemplares de mayo de 1976 cuando esas amistades valían poder.
El editorial de ayer consigna que “Papel Prensa fue una empresa perseguida por Emilio Massera”. Un modo didáctico sobre cómo se distorsionan hechos contándolos a medias. Massera, como en tantos otros temas comerciales y políticos, pulseaba contra Videla. Este era el puntal de Clarín, La Nación y La Razón, unidos en una empresa llamada Fapel. María Seoane y Vicente Muleiro lo cuentan con detalle en su libro El Dictador. En la página 270 de la edición de 2001 explican que “la discusión sobre a quién ofrecerle Papel Prensa produjo un durísimo enfrentamiento en la Junta. Fapel era la candidata de Videla y Martínez de Hoz. Massera tenía otro candidato: el banquero José Rafael Trozzo, dueño del Banco de Intercambio Regional”. La ojeriza de Massera no traducía antagonismo del régimen, sino una querella por negocios. Los perros de la guerra no pensaban full time en el Occidente cristiano, también en sus billeteras. A Fapel no le fue tan mal en esa interna de pequeros.
Se subraya: Seoane y Muleiro hablan de un hecho consabido, para nada inventado en las últimas semanas: fue la Junta la que “ofreció” la empresa a Fapel. Estaba hasta el tuétano en ese negocio, para nada privado.
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Otra distorsión, especialmente perversa, es suponer que una víctima del terrorismo de Estado recupera su libertad y su palabra no bien sale del campo de exterminio. O un tiempo determinado después. Papaleo de Graiver es puesta bajo sospecha porque no habló antes. Se banalizan el temor y la minusvalía impuestos por los represores. Ríos de tinta se han escrito sobre el tema, gente de la prensa debería conocerlos.
Papaleo habló cuando pudo dominar el miedo, cuando Christian Von Wernich y Miguel Etchecolatz, dueños de su vida y de su cuerpo, fueron juzgados y condenados. También, más vale, cuando supo que había un poder democrático dispuesto a poner coto a la impunidad de los cómplices civiles de la dictadura. Ese periplo terrible merece comprensión, contención y respeto.
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El oficialismo es apenas primera minoría en ambas Cámaras del Congreso. La oposición puede parar o distorsionar su proyecto de ley, sobreactuando su subordinación a las corporaciones.
En Tribunales, la carga de la prueba pesa sobre quien pide la nulidad de un contrato o acusa a un presunto delincuente. Si la prueba no alcanza, se mantiene el statu quo previo o prima la presunción de inocencia. No será sencillo conseguir sentencias favorables. No suele serlo en casos tan complejos con escasos precedentes, menos con magistrados conservadores en lo legal y de ordinario pro empresarios.
El kirchnerismo no es ingenuo, conoce esas perspectivas. Su opción, para nada facilista, también compite (de modo más ventajoso) en otros escenarios. Interpela la opinión pública, en defensa de los derechos humanos, de la búsqueda de igualdad tanto como de verdad y justicia. En esos terrenos, según la mirada de este diario, tiene todas las de ganar. En buena ley.

Mario Wainfeld
mwainfeld@pagina12.com.ar

Cristina Villanueva: Cartas de una lectora (*)



Resistir hasta el lunes

Las llamas rodean los arsenales nucleares de Rusia.
Los EEUU están a punto de atacar con armas nucleares a Irán para salvar a esa mujer que va a ser lapidada.
Nos rodean los vacíos existenciales, los vacíos del bolsillo y no tenemos nunca un vacío de Lilita en la pantalla. Magnetto cena con un grupo de mafiosos y nada nos dice que va a ser la última cena.
Muchos en su desesperación se dirigen a un poder superior, pero las coorporaciones no rsponden.
Otros se dirigen al psicoanalista que contesta ¿a usted qué le parece?''
Cuando todo parece perdido resistan:
hasta el lunes a las 22 y 30 en canal 7 llega Peter Capusotto.
Si no se ríen, Lilita tenía razón, es el fin del mundo.




Para pensar

Con asombro y pena vemos que muchos callaron ante los horrores casi indecibles que sucedieron durante la dictadura militar de 1976. Toleraron las dictaduras anteriores con sus muertes y falta de libertad, exilio de la cultura y la ciencia. Aceptaron una guerra donde fueron maltratados nuestros soldados, obligados a hacer el servicio militar. Pese a todo siguieron mandando sus hijos a ese ejército hasta que la muerte a golpes del soldado Carrasco terminó con el ejercicio de la corrupción y la arbitrariedad que fue el servicio militar. Más adelante, no reaccionaron frente a la entrega de las riquezas y empresas nacionales. En todos estos períodos hubo muertes en manifestaciones y asesinatos de periodistas. Los últimos corresponden al gobierno que confiscó los ahorros, cerró las puertas de los bancos y dejó las calles ensangrentadas. Sin olvidar la hiperinflación y toda clase de desastres económicos por los que pasamos. Desde el principio, este gobierno da pasos para reparar todo lo que recibieron como legado, incluso una deuda que no contrajeron y, sin embargo, hay intentos de golpearlo. Una ofensiva sin tregua, una ofensiva destructiva para el país, laofensiva del odio es desarrollada por los poderes económicos. Para esto cuentan con las armas poderosas de los medios de comunicación. Estos sectores, que siempre dominaron al país a su antojo, van a sacar ventajas si logran sus objetivos. Los que nos vamos a hundir somos la gran mayoría, incluida la clase media, y el país en el que viven nuestros hijos. Pensar, comparar, crear, tiene que ver con la vida. El odio se manifiesta con isultos tan agraviantes que nosofenden como mujeres. El odio tiene que ver con el ser, no con el hacer, y no da alternativa. Por eso vemos que se ataca una medida y la contraria, se ataca todo. No queremos vivir en una guerra, queremos que predominen las propuestas, de las que carece la oposición. Que la competencia se haga en el plano de las ideas de las que carecieron para sacar al país adelante. Queremos, no el Apocalipsis que nos anuncian los interesados en el miedo, deseamos e invitamos a apostar y luchar por la esperanza.


Papel Prensa o la mujer del vestido de artesanía mexicana desbordado de flores

Estoy conmovida por la lectura del reportaje en Tiempo Argentino a Lidia Papaleo. Muy conmovida, tan conmovida que lloré y seguiría llorando.
El vestido de flores bordadas envuelve su embarazo a término. Yo también tengo una foto así, con mi pequeña hija mayor, junto a una amiga, también embarazada de su hijo mayor, en unas vacaciones que pasamos juntas en México.
Todos los que vivimos sin negación esos terribles tiempos, sabíamos y sabemos que en esa época no se podía hablar de tratos libres ni de libertad, en un tema de esa trascendencia. Menos aun cuando los diarios interesados demonizaban las figuras de los dueños de la empresa Papel Prensa. Cuando en el medio estaba la Junta Militar y no había ningún orden en el que ampararse. Cuando hacer aparecer al periodista Timerman y a los Graiver y a tantos otros como monstruos, por esa prensa que ahora se presenta como víctima, incitaba a la tortura y la justificaba. Todo eso lo sabía hace mucho tiempo y creo que a ninguna persona honesta le resulta una sorpresa que la empresa le fue robada a sus dueños, que firmaron por miedo.
Lo que yo no sabía era que Lidia tenía ese vestido, y las manos de Graiver y las de ella entrelazadas sobre la panza. Y esa sonrisa de los sueños de un hijo o una hija por venir. Lo que yo no sabía es que aunque me oponía a todos los discursos oficiales de los militares y a todas las versiones de la prensa, de esa época algo quedó. Algo de esa basura que deshumanizaba a la gente que perseguían, me habrá infiltrado a mÍ también para que el contraste con esta mujer que habla de su amor con David Graiver, me tocara tanto. Seres humanos complejos, en un momento histórico complejo, matices. Ella relata la sensación de su duelo reciente por la muerte de su amor. Dice que fue como dejar de tener piel, que es como dejar de tener una protección, en un país en el que no había ninguna protección frente a un poder sin límites. Yo sentí algo parecido en el año 2001, con la muerte de mi amor. En ese momento, mi duelo se enredó con lo que pasaba en el país. Una crisis de tal magnitud que me hacía sentir indefensa y sin suelo debajo de los pies. Sentía que mi patria se había perdido, sin esperanzas y sin moneda. Espero que no nos olvidemos de los muertos que dejaron los que hoy hablan de institucionalidad, y de la alegría de haber vuelto a tener un país donde dos periodistas pueden hacer una nota como esta.

(*) Textos publicados por el matutino Tiempo Argentino en Cartas de lectores los días 14, 19 y 31 de agosto respectivamente.

Cristina Villanueva
libera@arnet.com.ar

Diana Poblet: Minero



El que se incrustaba el cielo en los ojos
para grabarlo a la salida de la mina y recordarlo allá abajo
a sólo metros del infierno
en la oscura galería que olía a deshogar y carencias infinitas
el cielo tal vez fue hecho sólo para aliviar sus ojos
para ese momento anhelado, único, de volver a casa
y abrazar la mujer, los hijos, y sin una palabra olfatear
el aroma reconocido del cilantro que hierve en la cazuela de barro.

Tirado en la cama otra vez duele la espalda y los huesos
pero aún más duele el silencio que contiene la pobreza
el hijo con la mirada escondida dentro de un libro de Neruda
y el frío que partía el vino de la noche. Y tanto para preguntar

y un temor inevitable a las respuestas. Él seguiría bajando a los infiernos
pero su hijo, un día, partiría de allí, a otros cielos, otros mares,
a otra vida sin la muerte royendo las espaldas.

Tal vez regresar era sólo la posibilidad de volver mañana, otra vez
con sus herramientas al quebrar la roca a oscuras, recordar
que afuera, allá, arriba,
allá adonde el aire se respira diferente
hay gente que no tiene que bajar a jugar con la muerte
gente que ni siquiera mira el cielo porque ya saben que estará ahí,
no como él que debe comprobarlo y agradecerlo día a día
con sus ojos de penumbra y su miedo a no volver a casa.

Y seguir hasta el día temido,
el día de los soles apagados
tal vez el día final ó tal vez sólo un derrumbe,
y presumir que es la tercera generación enterrada ahí
en una mina indiferente a su dolor
a su necesidad y a la quebradura de los sueños.

Recién entonces, exhausto de agobios
sin grito ni llanto
se echará a descansar
y sobre la tierra húmeda con fuerza apretará los ojos
recuperando para siempre todo el cielo de allá afuera.


Diana Poblet
Tengo un frasco de luciérnagas para iluminar la noche que llevo encima -diana poblet -
http://remontandosoles.blogspot.com/
http://diana-poblet.blogspot.com/
http://enlaclaridadelanoche.blogspot.com/

Eduardo Dalter: ¿200 años de poesía?



“Es infinita esta riqueza abandonada”

LAS 200 OMISIONES de la antología “200 años de poesía argentina”


Por cierto, las antologías poéticas del país dejaron de ser motivo de interés en los circuitos literarios y culturales por razones más que obvias. Una serie de objetos voladores no identificados, para ser ilustrativos, arreció estos años sin piedad sobre la credibilidad y el sentido. Y entre esos objetos hubo ejemplos, valga la redundancia, de verdad antológicos: una muestra de poesía argentina de finales de siglo, editada en la ciudad en 1995, y presentada con discursos y platillos, que incluyó a 23 autores nacionales, 21 de ellos de Buenos Aires. Y otra, para decir sólo de dos ejemplos, más cercana, también preparada en la ciudad, y editada en Santiago de Chile, que terminó siendo más conocida, y comentada, por los piedrazos y palos chilenos que recibió.

Pero por estos días el interés parece haber regresado, por un nuevo ejemplo, sobre el tema antología (que es todo un tema). Más bien se fue gestando una corriente de monólogos, por decirlo de alguna forma, donde intervienen, observo, tanto escritores como docentes, y que se incluye ya en algunas “cartas de lectores”. La aparición de la antología “200 años de poesía argentina”, en el año del bicentenario, tiene ese mérito. Un tomo editado por la editorial Alfaguara, de un millar de páginas, que se presenta como un verdadero documento histórico (que incluye la letra del Himno Nacional), y que fue precedido de una avanzada publicitaria y de un abanico de auspicios varios, comprendió a unos y a otros, y no podía ser para menos.

Porque la falta de interés en la edición de libros de poesía por la industria editorial; la apatía o el descuido, para lo mismo, por las instituciones oficiales, ya nacionales o provinciales; la carencia de obras ensayísticas que aborden la cosa poética nacional y la poesía en su historicidad, ya como letra y voz de nuestros creadores; y, en definitiva, la necesidad cultural de un compendio del horizonte de voces, también para su incidencia en el quehacer docente, creaban un deseo, una expectativa, en torno de esta muestra que se anunciaba bajo el nombre ostentoso de “200 años de poesía argentina”.

Pero será el propio Licenciado Monteleone, firmante de la antología citada y crítico del matutino La Nación, quien en los comienzos mismos del prólogo nos va a advertir, contraviniendo en rigor al propio título, y abriendo el paraguas, para que no queden dudas, lo que sigue acerca de la obra: “Tal vez no sea un conjunto más o menos razonado o azaroso de inclusiones, sino un sistema de ausencias, porque la acosa el fantasma de la totalidad. No sólo porque hay poetas que no están, que deberían haberse incluido y que, aun por motivos extraliterarios, cuya peripecia es irrelevante, no figuran en esta selección”.

Entonces uno no puede sino preguntarse ante tan voluminoso y pesado tomo, ¿en qué quedamos? ¿”200 años de poesía argentina”?, ¿o el acoso del fantasma de la totalidad?; ¿”200 años de poesía argentina”?, ¿o los poetas no incluidos por motivos extraliterarios? Y ¿cuáles son esos motivos? Porque aquí quedaron desdeñadas, o en olvido, las producciones poéticas de provincias enteras, en no pocos casos en las voces de poetas referenciales, o de verdaderos hitos (¿acaso Carlos Alberto Álvarez, Bernardo Canal Feijóo y Roberto Themis Speroni no lo son?, ¿y Felipe Aldana?, ¿y la santiagueña María Adela Agudo?), que desvanecen o tiran por tierra el publicitado sentido documental de la obra. Ciertamente, hay toda una provincia copiosa de omisiones, de identidades y obras soslayadas –recordamos a propósito algunos poemas de Felipe Rojas, de Lucía Carmona, entre otros–, que dan a esos aires latido y carnadura. Porque podrá afirmarse que están presentes tales voces y tales otras, amadas siempre y leídas (bueno sería que tampoco lo estuvieran), pero faltan esas geografías, esos poetas, de los que por ejemplo habla esa docente en las “cartas de lectores” del diario El Día, de La Plata, con tanta razón y elocuencia.

No están excluidos dos, tres o diez poetas, cuyas ausencias podrían tratarse de un juicio o de un olvido del antólogo; aquí queda en entredicho el título mismo de la obra, ya que los 200 años de la poesía argentina fueron y siguen siendo otra cosa, con una diversidad honda y una vitalidad que el Licenciado Monteleone, parece, no ha comprendido, y una apertura y una promesa que los tornan ejemplares. Caben numerosas preguntas, entre tantas sorpresas que tejen las ausencias, en un tema inclusive que a nivel ensayístico, a nivel de la fecundidad e incidencia de la propia historia en sus dos siglos, esta obra no alcanza siquiera a rozar con sus escasas y ligeras veinticuatro páginas de prólogo.

Las ausencias son más que significativas, y van, por acercar sólo algunos ejemplos, desde Álvaro Yunque a Julio Huasi, o desde Armando Tejada Gómez a Alberto Vanasco, nombres a los que se suman el cordobés Osvaldo Guevara, autor de ese legendario canto al sapo, que es probable que el Licenciado Monteleone aún no haya leído, y el platense Horacio Preler, con sus estremecedores poemas de Oscura memoria (1992). Pero lo que también sorprende, y deja pensando, en estos ríos de exclusiones, es que esas aguas también atañen a numerosas voces de referencia actual en sus provincias, que han contribuido con sus obras, escritas en el lapso de estas tres décadas, para la extensión de un mapa lo suficientemente cierto e identificable. La lista es importante; pero baste citar a cuatro muy apreciados poetas: Jorge Isaías (Los Quirquinchos, 1946), autor de una singular Crónica gringa, con numerosas ediciones; César Cantoni (La Plata, 1951); Alejandro Schmidt (Villa María, 1955) y Roberto Malatesta (Santa Fe, 1961), creador del recordado poemario Por encima de los techos (2003), entre otras obras. Y además de ello los duros poemas de Soldados, de Gustavo Caso Rosendi (Esquel, 1962), vivenciados en el campo de batalla, en Malvinas.

Pero avanzando y volviendo sobre esas mil páginas son más y más los pozos de olvido, los huecos, de modo increíble, desde el entrañable Marasso (de “Dichoso aquel que vive en mansión heredada…”) hasta el inspirado Romilio Ribero, creador de un Libro de bodas… (1963), que aún canta y maravilla. Y más, mucho más, porque los viejos maestros modernistas tampoco la sacaron barata: desde Leopoldo Díaz al polémico Manuel Ugarte; como si una podadora automática hubiera pasado zumbando con todo su filo. De modo parecido se obró, entendemos, en relación a la poesía de Buenos Aires de estos años, con intensos poemas de referencia, en su mayoría ignorados o desechados.

Preguntamos: ¿estaba el Licenciado Monteleone, aun con el aporte de su ayudante Saavedra, en condiciones intelectuales para intentar abordar una obra de tal magnitud? ¿O se trató, en verdad, que la editorial Alfaguara entrevió un mercado propicio con la poesía, a propósito del bicentenario, y tuvo en cercanía o a mano al Licenciado Monteleone para redondear un libro, aunque fuera sin mucha investigación, que llegara a las librerías alrededor de mediados de año? Porque, además de cualquier presunción o crítica, fue el propio Licenciado que en reportaje escrito declaró que le llevó un año, un solo año, terminar un libro que trata de una historia de dos siglos. Todo un verdadero record Guinness, para figurar en los anuarios, pero no en las páginas que entiendan del territorio vasto y profundo de la Poesía Argentina, que sigue siendo posible.

Por momentos siento que ésta es una antología, básicamente, para circular y afirmarse en los cenáculos de los selectos grupos del denominado “canon porteño”, y para su difusión y confirmación más allá de sus fronteras, y decididamente para la facturación y caja de la empresa editorial. A propósito, una vez me tocó escuchar en una reunión informal de poetas, en cercanía del Centro Cultural Rivadavia, de Rosario, unas palabras que a nadie sorprendieron, y que decían, si recuerdo bien: “En Buenos Aires cualquiera hace una antología de poesía argentina, que después aparece comentada en los diarios…” Otras veces, en otros encuentros, me tocó escuchar cosas por el estilo, que ahora no puedo sino recordar.

Hay un mapa concreto y amplio de la poesía argentina –y no una pirámide, como afirma extrañamente el Licenciado firmante–, en nombres y en títulos, que en esta obra aparece lastimado, entre nieblas y agujeros negros; en mucho, también, por los numerosos poemas referenciales, inclusive de los poetas seleccionados, en que esta antología no reparó. “Esto sucede –escuché exponer a una profesora de letras– por la falta de un equipo de investigación, con tiempo y espacio, y porque todo recayó en una sola persona y en una empresa editorial comercial, aun tratándose de un segmento sensible de la producción cultural del país.”
Copio a continuación algunas palabras de otra docente, en este caso del diario El Día, también críticas a partir de la no inclusión de Roberto Themis Speroni y de otros poetas platenses, que firma Laura Santoro y que asevera, entre otras cosas: “Hay omisiones que son inexplicables en la antología de Monteleone (...). Habrá que explicar a los alumnos de las muchas escuelas y universidades argentinas”. Para concluir: “es imperdonable para la memoria de la literatura argentina”. Y a tal punto, creo, que el Licenciado Monteleone les debe una disculpa a los poetas del país, inclusive, y mucho más, a los seleccionados, por haberlos enrumbado en una aventura precaria y sin destino. Y a la editorial Alfaguara, que entrevió en la poesía la posibilidad de una concreción rápida y jugosa, no creo que le quede más que reparar lo hecho, y, mientras, reintegrar a los lectores los importes embolsados.

Una antología, siento, muy propia de este tiempo que corre, y muy representativa de él, con toda su arrogancia, sin dudas, su olvido, su desdén y sus vacíos.

Eduardo Dalter
Buenos Aires, agosto de 2010

Eduardo Dalter nació en Buenos Aires en 1947. Poeta e investigador cultural. Parte de su obra está reunida
en la antología Hojas de ruta, 1984-2004, que tuvo edición en 2005. En el bienio 2004/2005 diseñó y dictó
los seminarios de poesía latinoamericana en la Facultad de Filosofía y Letras de la UBA.

Cristina Pailos: Los traidores literarios



En la década del 20 del siglo pasado, la Editorial Claridad del Grupo Boedo, colocaba el siguiente mensaje en la solapa de sus libros:

Al Lector: “La Editorial CLARIDAD encarece a cada lector de sus publicaciones la opinión que le merezca esta edición en particular y en general sobre toda la obra que desarrolla con las ediciones populares y la revista. Deseamos conocer opiniones, ya sean favorables o contrarias para consolidar nuestra orientación, ampliar nuestra iniciativa o corregirnos con las ideas que nos pueda sugerir el público (…)”

Al repasar los estantes de mi biblioteca me encontré una vez más con libros que nunca leí. No recordaba la razón de mi abandono, pero al abrirlos volví a irritarme como aquella vez, al volver de la librería.
Elfriede Jelinek, Kensaburo Oé, Nadine Gordimer, por nombrar algunos son francamente ilegibles.
¿Sabrán esos autores lo mal traducidos que se presentan ante nosotros? ¿Conocerán ellos el esfuerzo que hay que hacer para leerlos? No sólo desaparece la belleza, el estilo, la certeza de un pensamiento, sino que los errores de puntuación, la sintaxis, el desconocimiento de expresiones idiomáticas en el idioma original los transforman en textos incomprensibles. ¿De donde salen estos traductores y las editoriales que los contratan? No nombro a ninguna editorial en especial porque en realidad estoy pensando varias. Los libros pertenecían a editoriales diferentes. Que sean ediciones baratas no justifica semejante brutalidad. En nuestro país tuvimos una larga tradición de lecturas y fue precisamente a través de diferentes estrategias para ediciones muy baratas que la literatura universal se volvió accesible a amplios sectores aún en épocas ya lejanas y difíciles.
Algunas editoriales rivalizaban en el lanzamiento de novedades tanto en la presentación como en la encuadernación, ilustraciones, diagramado, y cuando, por razones económicas todo ese cuidado no era posible, al menos se tenía en alta estima la elección de autores, traductores, descubrimiento permanente de nuevos autores y sobre todo, el respeto por sus lectores. Dicha convicción de respeto se dio en los años 20 en los dos movimientos emblemáticos: Boedo y Florida. Se dio en los años 30 con Victoria Ocampo o con el material que podía surgir de imprentas anarquistas, socialistas o comunistas. Se dio con la Editorial EUDEBA, y tantas otras, públicas o privadas. Unos y otros bien diferenciados en cuanto a proyectos culturales, análisis de la sociedad de su tiempo y posición ideológica pero con algo importante en común: trataban de darle lo mejor a sus respectivos públicos. Se respetaba al lector.
. Escuchamos teatro inglés o norteamericano en un castellano correcto y natural por parte de buenos actores pero basados en excelentes traducciones. Los traductores que no profesan esa delicada doble fidelidad al original y a su propia lengua, no tienen justificación. A Borges, Cortázar, Rodolfo Walsh y muchos otros escritores argentinos o de otras nacionalidades de habla hispana les debemos excelentes traducciones por las que accedimos a la literatura universal.
Y aquí viene la duda. Me estuve refiriendo a épocas donde no existían tantas facilidades técnicas y las correcciones de pruebas de galera y vuelta a los talleres de impresión donde se fundía el plomo, nada tenían que ver con nuestro moderno ejercicio de copiar, pegar, borrar y de la sencillez de todo el proceso. Creo que tampoco existían demasiados traductores graduados en la Universidad o en centros de estudios superiores. Muchos de los traductores del pasado eran escritores y poetas que conocían muy bien la lengua y el estilo de los escritores que traducían, o bien había señores traductores cuyos trabajos eran impecables.
Sé que hay que estudiar bastante en el traductorado y tanto el conocimiento de los programas de estudio como el conocimiento personal de algunos de ellos me merecen un gran respeto. ¿Qué pasa, entonces? ¿Se pueden recibir sin cultura literaria? ¿Las editoriales contratan traductores recibidos o a alguna hija o sobrina del dueño porque “sabe mucho inglés” y se arregla con tarifas muy inferiores a las que fija el Colegio de Traductores? ¿Cómo es la cuestión?
Durante muchos años y diría hasta hace poco, se conocía a los editores, se sabía de su posición frente a la literatura, el arte, la sociedad y la política. Participaban de encuentros con gente de letras. Los libreros del interior encargaban obras que les solicitaban sus lectores, intercambiaban ideas y compartían una charla y un café con ellos cuando llegaban a Buenos Aires. Todavía existen algunos, pero muy contados. Después vino la época de las grandes multinacionales del libro y como no hay cara visible, en la mayoría de los casos, se pueden permitir lanzar al “mercado” el “producto” sin atisbos de vergüenza y carentes del sentido de aventura intelectual y empresaria para promover nuevos autores. Libro que no se vende rápido se retira de su exposición en las librerías y es por eso, que por lo general, los autores mediáticos son los primeros que saltan a la vista en las góndolas cercanas a la entrada.
Afortunadamente, parece que está surgiendo gente joven que se arriesga a la aventura de editoriales chicas e independientes con criterios de selección y de búsqueda. Esperemos que también sean criteriosos con la elección de traductores y en el cuidado del libro que a pesar de la existencia de otros soportes, no merece desarmarse y morir despedazados y lo peor: a precios para nada populares.

Cristina Pailos

Alejandra revisitada



Con edición de Ivonne Bordelois, la revista americana Pont of Contact reflexiona, revive y resignifica la figura poética de Alejandra Pizarnik.

Por Marisa Avigliano

Un cartel de plaza vacío se llenó con la cara de Alejandra Pizarnik. Por el agujero la poeta espía y pone boca de marioneta que no habla. Está trepada, sus mocasines con hebilla cuadrada pisan una baranda oscura. Posa esperando el clic de Lucrecia Plat.
Es una imagen más de Pizarnik y la elegida por la revista Point of Contact (Syracuse University, Nueva York) para abrir su libro homenaje. Esta revista, mudada en una especie de serie literaria, dedica su edición número 10 a la autora de Arbol de Diana y publica algunas cartas inéditas entre Pizarnik y el poeta Rubén Vela; fragmentos del Cuaderno verde (cuaderno de citas elegidas por Pizarnik escritas en tintas de todos los colores); una carta para Arnaldo Calveyra y otra para Julio Cortázar. Completan el tributo textos críticos de Olga Orozco, Fiona Mackintosh, Susana Chávez-Silverman, Madeleine Stratford, Tamara Kamenszain, Silvia Baron Supervielle, María Negroni y la transcripción de una charla entre Ivonne Bordelois y Pedro Cuperman (los editores) con Fernando Noy (el resultado: fragmentos textuales de Noy tan embriagadores como misteriosos que revelan su don de jardinero implacable dedicado a regar las plantitas menos litúrgicas en el edén primitivo de su amiga).
¿Cuál es la Alejandra Pizarnik que se evoca a lo largo de las más de doscientas páginas de esta ofrenda bilingüe? ¿La niña de la calle Lambaré en su Avellaneda natal, la poeta loca internada en el Pirovano o la mujer de overol burlonamente eludida por Elena Garro? Quizá no sea sino siempre la misma, la que vivía en una patria con resplandecientes piedrecitas de silencio, como escribió Orozco: “un país cuyos materiales parecen extraídos de miniaturas de esmalte o de estampas iluminadas donde hay fulgores de herbarios con plumajes orientales, brillos de epopeyas en poblaciones infantiles, reflejos de las heroínas que atraviesan los milagros”.
En el intento por descifrar todo aquello que se hace a solas, con la palabra como único testigo, Point of Contact busca delinear la ciudad Pizarnik. Escribe Kamenszain: “promediando el ’68 Alejandra Pizarnik parecía estarse preparando para dar un salto. De entrada y en forma revolucionaria para su época, ella había empezado descolocando el protagonismo del yo autoral ‘Hablo como en mí se habla. No mi voz obstinada en parecer una voz humana sino la otra que atestigua que no he cesado de morar en el bosque’”.
Pizarnik no cantó blues en un sitio lleno de humo (un deseo que escribió en su diario) ni comió todos los canelones quemados que deseaba (un placer en llamas según cuenta Noy) ni dejó de pensar en Lautréamont cuando se despertaba temprano (en realidad no era un despertarse, era un no dormirse). Lo que sí hizo fue sellar palabras tras palabras como si fueran los delgadísimos brazos de sus dibujos –elegidos para ilustrar la tapa de esta edición– buscando otros brazos.
Entre las citas y las referencias literarias: cantos quechuas, cantos aztecas, versos de Dylan Thomas, palabras de Borges, Pavese y de S. T. Coleridge, Alejandra Pizarnik guardaba recortes escritos a máquina, poemas elegidos en papel naranja. Es tiempo entonces de que el naranja de aquel papel dormido y guardado se despierte para que Alejandra pueda volver a leerlos.

Marisa Avigliano
Fuente: Las 12, 20/08/2010
http://www.pagina12.com.ar/

Myriam Arcerito: Escribir o no escribir



Escribir o no escribir
(El monólogo)

Siempre dibujo un libro antes de empezar con él. Y lo borro cien veces en mi mente, o simplemente ya no despierta mi interés y solo queda la intención de hacerlo. A veces, en esa dialéctica del pensamiento disyuntivo, me he preguntado sobre el profundo sentido de escribir. He cambiado la calavera de Hamlet por calabazas bien amarillas; y he retaceado impulsos para no salir corriendo detrás de cada idea. Otras veces… me ha invadido hasta asfixiarme la necesidad visceral de contar cosas como un escupitajo de entraña para ser vulgarmente gráfica. Es decir, como un desahogo profundo que se renueva cada vez. Las mujeres tenemos algo de compulsivo al hablar: cuando guardamos un secreto o finalmente hacemos el comentario pareciera que estamos a punto de reventar como un sapo, y no sé… si eso tiene algún parentesco de grado con ser escritor después de todo o es mera catarsis. O tiene que ver… con alguna desventura kármica que atraviesa las neuronas, entonces: esas horas y deshoras junto a lo cotidiano resultan providentes y sencillamente ofician de disparador y empiezas a escribir. Así… comienzas dibujando versos, palabras, frases. Imaginando vidas: narrando cuentos. Y no sabes por qué, si por premio o por castigo: terminas arropándote con los vestidos o los andrajos de tus mismos personajes, llorando sus desgracias o desgraciándote con sus desamores -además de los tuyos… He querido contar historias mucho antes que el teclado de mi computadora me permitiera abrir o cerrar signos por ser importado, en una época ( la “marketinera década del´90”) donde en Argentina se importaban hasta los escarbadientes. Y acaso, he dejado olvidado al alba, más de un poema divagando entre insomnios malqueridos y ambiguas sensaciones, con el último destello de luna llena apagándose en el papel.
También comencé algunas novelas que pobrecitas naufragaron peor que el Titanic en el décimo capítulo. Del mismo modo, he guardado manuscritos en carpetas sobre la democracia que supimos conseguir, la Sociedad y el Estado pretendido -luego de un meduloso análisis entre lo que vivimos y lo que alguna vez soñamos. Mejor dicho, nosotros, sufridos y aletargados ciudadanos de este costado del mundo: hemos visto colapsar, estallar en mil pedazos, entre desapariciones en épocas de botas; y cacerolazos en tiempos de corrupción, aquella esperanzadora meta de “libres o dominados”. Hemos aprendido a soportar buenamente en una suerte de resignada rebeldía. Y si le parece una reverenda contradicción, ¡lo es! ¡Así somos! Contradictorios y esperanzados. Apostamos “setenta veces siete” a construir y reconstruirnos, de obstinados nomás. Como esos profetas del tango y el lamento (“uno, vive lleno de esperanza, los caminos.... ” ) como aprendices del desencanto y del canto que nace de las calles mismas. Del farolito, del arrabal; del inmigrante que quiso venir y a la vez llora por las raíces perdidas. Esta tierra buscada por nuestros abuelos, quienes se arrinconaron en un barco por días. Vinieron la mayoría escapando de la guerra y la hambruna, aventurándose en estos paisajes soñados: al norte, al sur, al este y al oeste del país, por donde mires la madre natura ha sido harto generosa y los inmigrantes dejaron sus simientes. Esta bendita tierra, que, nos brindó a Borges, Cortázar, Alfonsina, Bioy y Silvina Ocampo, entre tantos genios; también nos legó una zaga de políticos que nos fundieron. Y antes, militares que nos diezmaron y cortaron las alas junto a las mejores intenciones de utopía.
Y somos a la vez… raros. El más legendario y romántico de los guerrilleros en el mundo, quien además se inmortalizó con un vocablo que en este pueblo usamos para llamarnos: “che, vos..”; “che, decíme..” no nos pertenece tan visceralmente como el fanatismo por el club de fútbol o la novela de moda; incluso nos incomoda cuando alguien nos pide la opinión sobre él; “si.. pero... la violencia...”; y atinamos a defender .. “si bien es encomiable que murió por sus ideales…” y gesticulamos casi como si nos costara reconocerlo. Por momentos somos híbridos, no vayan a confundirnos con izquierdistas radicalizados en plena época del celular o Internet ¡por favor! ¡Ayyy..., describirnos!, no es nada fácil... Los argentinos tenemos la necesidad de creernos los mejores y, si no lo somos, lo inventamos como el dulce de leche y las huellas digitales… que dicho sea de paso, se me borraron de tanto detergente ¿quién habló de liberación femenina?
Por eso... escribir es sentir, decir, amar; convertirse en letra o fluir. Sólo fluir ¡Eso! Navegar entre líneas formando frases conexas, qué se yo o meramente cóncavas, y páginas ¡sí páginas! Imaginas cataratas de páginas invadiéndote con la mejor de las historias, aunque no sepas a que jodido lugar te llevará. Recrear un diálogo mientras preparas el desayuno, o esa idea que se te ocurrió mientras te duchabas, tal vez sea… Y después… apenas la recuerdas, ¡¡¡nooo!! ¡¡¡Si la hubieses escrito!!! quieres estrujarte el cerebro para que caiga como una moneda, pero en el instante menos pensado cuando preparas la receta de la abuela o vas manejando, estás en la cola del Banco, o compras el kilo de papas, ahí, justo ahí surge de nuevo, y no llevas birome ni papel, menos que menos la netbook, entonces el pobre verdulero no entiende si la cara que haces es porque le desconfías lo que te vende, te falta algún tornillo, o estás conjeturando el comentario de la vecina que habló de la novia del protagonista de “Alguien que me quiera...” y que es justo lo que andabas necesitando de un tiempo a esta parte… Y divagas eligiendo los tomates o mirando los duraznos. Vas como Shakespeare, con el limón en la mano debatiéndote entre ser o no ser.
Crees a menudo que no vale la pena contar eso que pensabas… Que a nadie le importará demasiado, salvo que tu generosa imaginación te lleve a vislumbrar mundos fantásticos. Historias fabulosas de efectos especiales insospechados: sagas milenarias con héroes que atraviesan un sin fin de escollos. O epopeyas de antología en sitios increíbles, secretos rigurosos, y bellas doncellas con peinados perfectos y perfil de ensueño, No..,no..,no.. ¡jamás las verás refunfuñando contra su galán mientras barren la cocina, o revientan haciendo un escrito: contestando una expresión de agravios –por ejemplo- o una monografía, doce horas sentada detrás de un monitor. ¡Ni se despeinan… !¡Nunca me lo expliqué!, por qué no se despeinan ni se les corre el lápiz negro debajo de los ojos…
Y si al final, insistes en ese berretín de escribir, te subes a tus benditos sueños con caballo incluido (Pegaso, puede ser…), y en plena cabalgata hacia ellos… continúas haciendo lo que en verdad hace que tu vida sea tuya: en ese mismísimo instante donde lo que realmente te gusta se une a lo que haces. Muchas veces me siento de ese modo: dibujando una frase, tarareando un poema, pretendiendo un cuento, zurciendo un capítulo, pensando en alguna historia, cocinando un futuro proyecto, lavando una vieja idea, o simplemente imaginado un personaje. Entre condimentos y amor al arte, entre noches trasnochadas e impulsos de cuando en cuando. Sino, Borges, no podría haber definido con genial sencillez aquello de la felicidad: simplemente como “un instante” “…todos los días uno tiene un instante en el paraíso...” y cada uno íntimamente sabe cuál es, y por ese instante: ¡brindemos a nuestra salud! Hacer legítimamente lo que nos gusta se parece bastante a ser feliz.

Myriam Arcerito

Osvaldo Pampín: Pibe silvestre



El pibe que se oculta detrás de una pila de bolsas negras, Aprovecha la distracción que provocan dos mujeres de ropa apretada y escasa, que charlan, inclinadas junto a las ventanillas del patrullero, para escurrirse sin ser visto. La noche no fue buena y, si paga el peaje, no le queda un peso.
Al dia siguiente, armado con cepillo balde y trapos, espera el cambio de luces para saltar a la calle e imponer sus servicios. En la vereda, dos chicos están atentos, si observa algo de valor en los asientos; bastará una seña para que uno de ellos lo arrebate. Ellos gritarán y simularán una persecución. A la tarde, patrullan el microcentro, simulan juntar papeles, para caminar entre los autos estacionados; buscan puertas sin trabas. Cuando ven al patrullero se ocultan, prudentes, desconfiados. Ya tienen un estéreo, dos celulares y un portafolio, olvidos de automovilistas apurados. Todo terminará en el local del Cuervo, que juzgará de un vistazo la calidad de lo rapiñado y fijará un valor ridículo que pagará en el acto. Alguna cosa irá a parar a los policías que vigilan la villa. Ellos solo quieren efectivo.
El pibe decide dormir en el vagón viejo y semi quemado del subte. Prepara la bolsita con pegamento y jala hondo. Todo está bien.
Sábado; la plaza se llena de chicos gritones, padres, perros y juegos. El pibe estudia a un tipo que bosteza tratando de entretener al nene. Se acerca, la mochila tiene los breteles para arriba, solo tendrá que manotear y correr. Pero el hombre la agarra antes y, con el chico de la mano, se va. Lástima, un tipo con el hijo es fácil, no lo puede correr y no armará quilombo para que no piensen que es un boludo que se dejó robar. Pero ya vio a una gorda que dejó la cartera tirada para arreglarle la muñeca a la nena. Salto, manotazo y escape. La gorda grita y llora y alguien intenta perseguirlo sin vocación. Nada grave. Mientras se aleja revisa su botín, apenas veinte pesos. Se guarda los documentos y tira todo lo demás. Camina entre la gente pidiendo monedas y es invisible. Una señora le acaricia la cabeza y abre la cartera; en un solo movimiento, da un zarpazo a la cartera y empuja a la mujer que cae despatarrada y gritando. Huye toreando autos en la avenida. El botín lo sofoca ¡Cuatrocientos pesos! Documentos, un par de tarjetas de crédito, la cedula verde y la patente de un auto, una pulsera, pesada, que seguro es de oro. Los documentos del auto, las tarjetas y los DNI, terminan en un cajón que está casi lleno. El rostro impasible del Cuervo cambia cuando ve la pulsera, argumenta un poco y el pibe se la deja por doscientos pesos. En la casilla no hay nadie, oculta el botín y se sienta a mirar la tele, por hoy no saldrá más.
Lo envuelve una niebla pegajosa y dulzona que deforma las figuras y ahueca los sonidos. Su mente registra estallidos de luz. Vomita y murmura incoherencias. Hay gente junto a él; oye voces y sienten que lo sacuden. La gente se aparta, asqueada, de la delgada figura que camina con dificultad, envuelta por un penetrante olor. De una cortada en la frente se desprende un hilo de sangre ya seca. Lucha por mantener la precaria conciencia. Tropieza y termina estirado en la vereda. Quiere levantarse, pero los músculos no le obedecen. Hay manos que lo dan vuelta y oye la sirena de una ambulancia antes de desmayarse.
Se despierta de golpe. Con los ojos casi cerrados, mira sin moverse. Trata de ubicarse pero está muy oscuro, alguien se queja y más allá otro ronca. No tiene ropa, solo un camisón. Deben haberlo bañado; se siente muy limpio, con olor a jabón. Por la gran ventana, empieza a entrar luz Se yergue, en la cama de al lado hay un pibe que recién se despierta y lo saluda con la mano, es un muchacho con la cara muy flaca y la piel amarillenta.
— ¿Y vo que tené?
— El hígado. Me sacaron un pedazo. Ahora estoy bien, pero igual tengo para un mes, por lo menos-
— Con ese color, la cagaste- Piensa el pibe –Este de acá no se va- ¿Y ahora te sentís bien?-
— Y, sí, por lo menos como un toco. Me hacen régimen, pero morfo, quiere decir que voy mejorando
En la voz tiembla una sombra de duda; se quiere convencer cada vez que lo repite; pero el miedo se nota.
— Y a vos ¿qué te pasó?-
— Me fui al carajo. Me pasé y quedé colgado mal, casi ni me acuerdo de nada, me deben haber tirado la ropa a la mierda porque estoy en bolas-
— Estaba todo a la miseria, ni se pudo lavar. Informa la enfermera que entró sin que lo adviertan.
— ¿Y las zapatillas?- Me salieron un huevo y las usé dos días.-
— Acá llegaste descalzo
La mujer les toma la temperatura, la presión, la sigue una pareja de médicos, muy jóvenes, ella es la que habla
— Bueno, parece que estamos muy bien-
La voz es dulce y amable, pero el pibe adivina la formula tras la aseveración.
— ¿Qué tomaste che?-
— Y, merca, que se yo-
— Levantate la bata-
Apoya el estetoscopio en el pecho flaco, lleno de surcos
— ¿Cómo te hiciste esto?
— Me enredé en un alambre de púas-
No dice que fue cuando se escapó de la granja a la que lo mandaron cuando cayó por primera vez
— Bueno pichón, te vas a quedar acá, tres días más o menos, ahora te van a poner un suero, te tenés que desintoxicar ¡Te salvaste de milagro!
— ¿Hay algún pariente a quien avisar? ¿Dónde vivís?
Contesta cualquier cosa, igual ellos no se preocupan demasiado.
La figura parece mucho más flaca. La ropa, muy grande, se mueve sobre el cuerpo con cada paso que da.
— ¡Q’acé loco apareciste!-
Contesta con un gruñido y se va para la casilla. El contraste entre el sol y el interior, solo iluminado por la pantalla del televisor, lo ciega por un momento. El tío está sentado en un banquito, mira un partido y mastica una galleta, un tetrabrik adorna la mesa cubierta con un mantel de plástico desteñido y agujereado. No hay bienvenidas ni preguntas, solo una mirada desinteresada y vacua. El pibe tiende el colchón y se acuesta.
— ¿Me estarán buscando? ¿Habrán avisado a los rati? ¡Qué quilombo se debe haber armado cuando se avivaron que había pirado
La doctora, con las manos en los bolsillos del delantal desabrochado, está muy preocupada
— ¡Qué le voy a decir a Castro!-
El jefe de sala tiene fama de cabrón, y la linda doctora, puede verse en un problema de los grandes.-
— Doctora, ¿Y si lo denunciamos nosotros? Podemos decir que se fue a la hora en que usted tiene la reunión de evaluación-
— Pero ¿Y el otro? seguro que el policía que manden le va a preguntar a ese boludo ¡Y nos va a mandar al frente!-
— ¿Y qué va a decir? Que se fue con su ropa, que cuando se las tomó, no había nadie ¡Es lo mismo que decimos nosotras! No se van a preocupar. Después de todo el guacho llegó ayer a la tarde y ellos no mandaron guardia. Nosotros avisamos que el pibe venía pasado. No les conviene revolver mucho-
Dos horas después el problema ya es historia. El policía aceptó la explicación; además, les pidió cambiar la hora, la que señalaron lo dejaba en falta ya que lo enviaron más temprano y se entretuvo en el viaje. El pibe no existió más.
Los cuatro chicos están hablando en la canchita. El pibe escucha en silencio, solo interrumpe para preguntar:
— ¿Los fierros?
— Todo bien, el Turco quiere un Diego y la guita si se pierde algo
— Che ¿Te va?
— Listo. Mañana a las diez estoy en la cortada de la vía
Después, sentado atrás de la casilla, fuma un porro, piensa en lo que harán mañana. Va a ser como pasar un umbral. Guita grande, fierros. Más o menos como jugar en primera. Da una larga pitada y retiene el humo. No se animó a la merca. Pero necesitaba algo.
— ¡Qué bárbaro, ven los fierros y se cagan encima!
El pibe se siente poderoso, inmensamente fuerte
— ¡La guita, la guita, boluda, en la bolsa, ponela en la bolsa! Dale, dale ¡No me mires boluda!
Otro está parado al costado de la caja y cubre a los demás empleados y a los clientes. El tercero vigila la puerta.
El pibe arrebata la bolsa y retrocede hacia la salida. El arma, hace que todos traten de esconder la cabeza.
Cuando salen, con las armas en las manos, hay una gorda que grita y los señala. La euforia cede ante el miedo y corren hasta el auto, que arranca haciendo chirriar las gomas.
De golpe hay una sirena y un patrullero los adelanta. El pibe ve la negra boca de un arma y saca la suya; justo cuando el auto dobla casi en dos ruedas. El policía escucha nítidamente una detonación y se agacha tras la débil protección de la puerta. El revólver fue a parar debajo del asiento del conductor y el pibe mira azorado la mancha roja que se va extendiendo en la remera. Los demás gritan, pero no los escucha. El auto queda cruzado en medio de la calle. Rápidamente se dividen, cada uno por su lado. El pibe, que se puso una campera para tapar la sangre, camina, más mal que bien. El costado ya no le duele y la sangre se está secando. Se siente muy raro, un poco mareado, con las piernas flojas y escucha todo con eco, como si tuviera la cabeza metida en una lata gigante. Dos policías que se acercan, lo precipitan dentro de una iglesia
— ¡Qué embole! Siempre las mismas historias. Si los pecados son realmente, los que me cuentan, en el paraíso no va a quedar ningún lugar libre. Y, para peor, las viejas con este olor ¡Lo mío es un sacerdocio!
Se ríe solo de su chiste Casi no escucha las voces susurrantes, frente a la mujer que relata sus pecados dejó la cara y se fue. Mira, preocupado, la mancha de humedad que se extiende un poco más cada día.
— Los putos caños de plomo. Cuánto saldrá cambiarlos
Mentalmente revisa su lista de benefactores. También hay que arreglar la barandilla de la Virgen
— ¿A quién se lo puedo pedir?
La mujer se calla y él comprende que terminó. Rápidamente la absuelve, le da una penitencia y, mecánicamente, la bendice. Inmediatamente, otra señora, idéntica a la anterior, se arrodilla y repite las formulas rituales. Se dispone a escuchar la reseña, pero lo distrae el chico que entra por una de las puertas laterales, vigila atentamente. No sería extraño que quiera robarse las alcancías, pero no, está raro, se tambalea antes de sentarse en la última fila.
— ¿Estará drogado? ¡Y esta estúpida que no para de decir boludeces!-
El chico se toma la cabeza con las dos manos y apoya los codos en las piernas.
Ahora está realmente, preocupado. La mujer termina de hablar
— ¡Gracias Dios mío!-
Termina todo rápido. Ni siquiera reza el pésame.
— Ni que me estuviera echando- Piensa la señora
Detiene a la próxima con un ademán y llega en tres zancadas, hasta el chico. El pibe se mueve, la campera se abre, y ve los borbotones rojos y espesos. No sabe qué hacer. Desde lo más profundo le ruega a un Dios incierto por ese chico que, a pesar de todo, sonríe. El pibe siente que lo abrazan, alguien habla, pero no entiende nada. Se da cuenta de la mano sobre la cabeza y el hombro que le sirve de almohada.
Dos policías caminan hacia la casilla. A prudente distancia los sigue una fila de chicos y perros, de golpe hay mujeres en cada puerta. Los uniformados se miran nerviosos. No necesitan golpear, la puerta está abierta. El tío recibe la noticia mirando el televisor. Apenas si se da vuelta para ver al policía. No quiere ir a la morgue
— Ustedes lo conocen ¿Para qué tengo que verlo? Está muerto, murió y chau-

Osvaldo Pampín
oopmdq@gmail.com
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Luis Eduardo Barud: Temido, denigrado y vengativo



“El Puma” se subió los pantalones y arrancó puteando al baño. Intuyó que el golpe dejó una secuela tan grave, como para joderle la vida definitivamente. Ocurrió seis meses atrás, cuando levantaban un toro que acaban de comprar en Belén, para subirlo al camión que lo llevaría hasta Tucumán.
Justo en el momento que el Puma Riveros le pasó el lazo por la cabeza, el toro levantó las astas y lo enganchó en los testículos. Tuvieron que operarlo de urgencia. El doctor Colmenares le dio el alta un mes y medio más tarde.
-Empezá de a poquito Puma, que tenemos que ver como evolucionó…trató de persuadirlo para que asumiera la gravedad del caso.
En cuanto estuvo en condiciones fue a La Milanesa, el prostíbulo más famoso de Catamarca. Allí se refugiaban las mujeres que llegaban de Perú y Chile, rumbo a los cabarets de Buenos Aires. También recalaban muchas tucumanas, marcadas por la policía.
Chichí, una deslumbrante morocha veinteañera, era casi la amante del Puma. Ninguna mejor que ella podía sacarle la duda sobre su futuro, a él que si algo le gustaba, era alardear sobre sus proezas sexuales.
Dos horas más tarde y sin ahorrar ningún esfuerzo, la Chichí se vistió sin decir nada. Miró de reojo a su viejo cliente, concentrado en sus maldiciones mientras se levantaba los pantalones y buscaba los soquetes debajo del camastro. La escena tenía olor a tragedia.
La mujer intentó todo, sin lograr que el Puma pudiera tener su reencuentro pensado.
Se pasó la mano por la cabeza alisándose el pelo y le devolvió el puñado de billetes que él puso sobre la mesa.
-Tomá la plata negra, vos no tenés la culpa, la puta que lo parió…dijo fastidiado.
Nunca el Puma, anduvo tan decaído. Era un tipo con fama de duro, hecho en el límite entre el trabajo y el delito. Acostumbrado a la pelea.
Tenía fama de robar ganado en la madrugada y haberse enfrentado a tiros con un pelotón de gendarmes, cerca de Vinchina en La Rioja.
Le gustaba andar con el sombrero colgando en la espalda y una pistola en el cinto. Su inseparable 45 milímetros, había dado cuenta de más de un hombre, según las mentas nunca comprobadas.
Estuvo preso en Salta casi seis años, por una muerte en Cerrillos, como consecuencia de un tiroteo en que derivó el negocio por la venta de diez cebú. Nunca se aclaró del todo lo sucedido, el Puma cargó con el cadáver.
Era un tipo duro, del que se decía que tenía una familia en Santa María y otra en Belén. Tres hijos por un lado y cuatro por el otro. Se vanagloriaba de coleccionar mujeres jóvenes, por los piringundines catamarqueños.
Era de su gusto escuchar historias en las que las mujeres, quedaban maltrechas luego de una noche intensa de sexo en los brazos del Puma.
De golpe toda esa mitología sexual del Puma, pasó a ser recuerdo. Nada podía resultar más insoportable para una personalidad narcisista como la de él, que una falta de erección. Se trataba de una humillación impensada, hasta aquella jornada en que el toro se negó a subir la rampa y él de puro guapo nomás como había sido toda su vida, saltó al brete para tirarlo de frente. Una locura, sin remedio.
Cuando despertó una enfermera le cambiaba el suero que colgaba a la orilla de su cama. El doctor Lizandro Páez Hermoso, un reconocido cirujano especialista en urología, le explicó la complejidad de la operación. El cuadro fue verdaderamente muy grave y en varias ocasiones estuvo al borde de la muerte.
El médico le comunicó que su virilidad, cuando menos, se vería mermada. Era muy grave la lesión que lo dejó vivo de milagro. De vuelta en Catamarca, Colombres le ratificó las sospechas.
El Puma recibió la noticia sin ánimo y con ganas de demostrar que era posible revertirlo. Esperó el fin del tratamiento, pensando en la Chichí, la mujer con la que tenía la esperanza de pasar una situación difícil, como la que en definitiva le tocó vivir.
Luego del primer paso, impotente en brazos de su amada prostituta, la situación se repitió en varias oportunidades. El Puma cambió hasta el carácter.
Con el problema superándolo en toda su dimensión, decidió emprenderla al Instituto de Urología de Capital Federal. Esa era su verdadera esperanza. Si no conseguía en ese lugar revertir la cruz que cargaba sobre sus espaldas, pensó en terminar el sufrimiento tirando de un gatillo a centímetros de su cabeza.
Para colmo de males, su fama de hombre débil en la cama, se fue expandiendo por los pueblos norteños. El Puma, cambió la vieja fama de macho irresistible, por la impotencia que arrancaba risas malditas de sus detractores. Su vida se encerró en un callejón sin salida.
El taita de los burdeles catamarqueños pasó de golpe, por obra y gracia de sus detractores, a ser “La tigresa” Riveros. El apodo, dicho con maldad lo desequilibró definitivamente. Corrió como un reguero de pólvora. Quien había sido el guapo, tanto con el revólver como con en la cama de sus mujeres, pasó injusta y falazmente al terreno de la sospechas.
La burla tuvo un efecto tan fuerte como su fama de rudo, recorriendo la provincia hasta los confines de cada pueblo. La denigración comenzó a estragar, la imagen del Puma Rivero. Se desmoronó su prestigio en los andurriales de Belén. Fue por meses la comidilla del pueblo.
Una tarde de abril de 1957 viajó a la Capital Federal. Al día siguiente en el consultorio de Pueyrredón y Santa Fe, se sentó ante el médico Máximo Contreras, un reconocido especialista porteño.
El Puma llevaba una carpeta con los estudios. El médico de unos 70 años, se pasó la mano por la frente. Meneó al cabeza de un lado a otro y lo desayunó sin anestesia.
-Señor Riveros, la operación le causó daños irreversibles…dijo Contreras.
El experto le explicó claramente que se tocaron partes vitales, tal vez por impericia, pero que ocasionaron un daño irreversible.
Salió del consultorio desorientado y sin rumbo. Caminó buscando un bar donde ahogar las penas con alcohol. Se emborrachó tanto, que durmió en la entrada de un edificio, sin tener conciencia donde se encontraba.
Paseó su desgracia por Buenos Aires un día más y tomó directo un tren a Tucumán. Urdió la venganza, con la brutalidad de un estilo sin piedad, cultivado durante una vida.
El 29 de abril el tren atracó en la estación central de Tucumán. Eran cerca de las once de la mañana y partió al Mercado de Abasto, en busca del “Gitano” Moreno, un viejo hampón dedicado a la venta de citrus a Bolivia.
Le comentó durante el almuerzo que necesitaba un lugar donde preparar un golpe y un escape. El Gitano tenía todo al alcance de la mano.
Lo mandó a una casa en la Ciudadela, detrás de la cancha de San Martín y le preparó un lugar en el camión que salía la noche siguiente, para Santa Cruz de la Sierra.
El martes por la mañana San Miguel de Tucumán despertó conmocionado. El afamado médico Páez Hermoso, yacía en un charco de sangre en el ingreso a un galpón, ubicado en la calle Crisóstomo Alvarez, a la vuelta de su consultorio donde guardaba su auto. Estaba desgarrado con las víceras afuera y muerto de una puñalada en el pecho. Le sacaron los testículos con una navaja y se los pusieron en la boca.
-Una venganza mafiosa, reconocieron con obviedad los primeros policías en llegar al lugar del hecho. Todos se inclinaron por un negocio de contrabandistas.
Batieron a todos los informantes, sin resultados. Un dato los llevó hasta el Gitano Moreno. No estaba dispuesto a pagar semejante precio, por una locura que ni siquiera conocía. Explicó el trato con el Puma Riveros, para preservar su negocio.
Esa misma noche se comunicaron con el control fronterizo de Humahuaca, para pedir que detengan el camión y sus ocupantes.
-En ese camión va el Puma Riveros, el asesino del doctor…ordenó el jefe de investigaciones.
-El camión ya pasó jefe hace una hora…. le informaron desde el puesto jujeño. En rigor de verdad el camión no había aparecido por allí.
Entrada la madrugada cerca de las dos, todo el destacamento compuesto por cinco hombres esperó sobre la ruta al camión del gitano, con sus dos ocupantes.
Los anoticiaron que lo buscaban por un crimen. El Puma pareció entregado, hasta que el sargento a cargo del operativo, los sentó ante sí para saber como podían arreglar.
Le dio la totalidad del dinero con el que pensaba mantenerse en Bolivia y entregó el que llevaban para los gastos del viaje. Siguieron hasta perderse en territorio boliviano.
A su vuelta el chofer, declaró a la Policía no saber a quien llevaba. Dijo que el Puma se bajó apenas pasaron la frontera y lo perdió de vista. El caso se cerró.
Mucho tiempo después el jefe de Policía, contaba la historia en reuniones sociales, señalando que perdieron al asesino del doctor Páez Hermoso por apenas una hora.

Luis Eduardo Barud

Rolando Revagliatti: Dos poemas


A Joaquín Sabina

Érase una flamígera de frente
y una troyana de través
admiradoras admiradas
a su vez

Mellan el lirismo de Al Capone
las ráfagas de causticidad de sus enemigos
y es entonces cuando no hallaríamos
sin tus detectives
la pistola frutal

¿Cómo repercutirían en los filamentos
de tus lunas los episodios de arbitrariedad?

Ditirambos sujetos a las liturgias
fofas allí
donde nos aplastan.




¡Qué me van a hablar!

A Julio Sosa, Homero Expósito y Héctor Stamponi


Yo anduve siempre en abominaciones
¡qué me van a hablar de abominación!

Si ayer la abominé, qué importa...
¡qué importa si hoy no la abomino!

Era mi abominación, pero un día
se fue o entró, ya no recuerdo

Después rodé en mil abominaciones
con mi bagayo apabullante, incontrolable

de sapiencia.

*

Rolando Revagliatti
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Teatro: Piernas entrelazadas, de Omar Aita



PIERNAS ENTRELAZADAS
Autor y director: Omar Aita. Intérpretes: Cecilia Tognola, Verónica Intile y Sabrina Lara. Escenografía: Inés Castro. Luces: Soledad Ianni. Vestuario: César Drago. Música: Martina Vior. Maquillaje: Camila Aita. Fotografía: Michel Marcu. Diseño Gráfico: Santiago Corti. Producción Ejecutiva: Teatros4. Asistente de dirección: Anabel Ferreira. Los sábados a las 21 horas en el Teatro Belisario, Av. Corrientes 1624, Reservas: 4373-3465.

por Germán Cáceres

Esta excelente obra de Omar Aita puede entenderse como un grotesco, aunque en una clave menos exasperada que su anterior Familia de Vancini y Antonia su mujer. Está ubicada en los años cincuenta, durante el segundo gobierno peronista, pero si bien la referencia es concreta, no intenta proponer una reflexión política sobre ese momento de nuestra historia. Sólo quiere señalar cómo impactó en el feminismo la figura de Eva Perón.
La anécdota es sencilla: tres hermanas se instalan en Buenos Aires huyendo de las limitaciones y de la falta de oportunidades que ofrece la vida en el campo. Alquilan un departamento, trabajan como obreras en Alpargatas, y a partir de ese planteo se presentan varias situaciones que dan cuenta de la evolución tanto de sus personalidades como del entorno social.
En un determinado momento, Herminda tilda de “solteronas” a sus hermanas Delia y Celia, y ese calificativo, ya inexistente ante el cambio cultural que se experimentó en el transcurso de más de medio siglo, señala cuánto evolucionó la mujer en la sociedad argentina. Hoy, lejos de ese estereotipo que tanto espantaba, no pocas jóvenes deciden permanecer solteras.
Es sorprendente la convicción que poseen los diálogos de las protagonistas, su verosimilitud y carnadura. Es más, Aita empleó expresiones propias de esa época. Esta perfección no hubiera sido posible sin las impresionantes actuaciones de Cecilia Tognola (Delia), Verónica Intile (Herminda) y Sabrina Lara (Celia), que logran que sus personajes sean viscerales, no sólo con la voz y los gestos, sino también con los frenéticos movimientos que evidencian un sólido entrenamiento corporal.
Sin embargo, Piernas entrelazadas cuenta con otros personajes: son de ficción y pertenecen a la radionovela que las tres mujeres escuchan con devoción. En determinados tramos hasta el espectador puede llegar a pensar que los mismos no aparecen en el escenario pero se vinculan realmente con Delia, Herminda y Celia, dado que éstas así lo sienten. Como manifiesta una de las hermanas, a los héroes de la novela les pasa de todo —amor, sexo, crimen pasional, cárcel, adulterio— mientras que a ellas, nada. Insatisfechas, proclaman a gritos su vacío existencial, la falta absoluta de futuro y de proyectos. Y también reclaman sexualidad con gritos desesperados y contorsiones de sus excitados cuerpos. Por supuesto que el hombre en esos años contaba con las ventajas de tener un mayor reconocimiento laboral, la permisividad en la vida amorosa y una mayor libertad de conducta, pero su horizonte era también estrechísimo y tampoco escapaba de la total frustración.
Pero no sólo la interpretación apuntala la obra de Aita: la escenografía de Inés Castro es un modelo de síntesis y funcionalidad, y posee detalles como el de un espejo colgante en una de las paredes, que al reflejarlas da la sensación de que complementa la introspección de las hermanas. La iluminación de Soledad Ianni saca partido de los contraluces y opera con sensibilidad las penumbras que van pautando el paso del tiempo y las distintas escenas. Muy acertado el vestuario de César Drago, como también el trabajo de investigación que permite escuchar de la omnipresente radio, clásicos de aquella década como la voz del cantante Gregorio Barrios y la radionovela Los Pérez García. Impecable el resto del equipo (Martina Vior, Camila Aita, Michel Marcu, Santiago Corti y Anabel Ferreira).

Germán Cáceres

Cine: La danse, Le Ballet de L´Opéra de Paris, de Frederick Wiseman



LA DANSE, EL BALLET DE LA ÓPERA DE PARÍS
(La danse, Le Ballet de L´Opéra de Paris, Francia/EE.UU., 2009)
Dirección y sonido: Frederick Wiseman. Fotografía: John Davey. Producción: Françoise Gazio, Pierre-Olivier Bardet y Frederick Wiseman. Montaje: Frederic Wiseman y Valérie Pico.

Por Germán Cáceres

John Ruskin dijo que todas las artes confluyen en la danza, opinión con la cual es difícil no coincidir después de ver esta maravillosa película. Porque a la par que escuchamos una música sublime (entre otros, Bach, Gluck, Berlioz, Chaikovski), también disfrutamos la adaptación al ballet de un texto de Lorca, admiramos prodigiosas escenografías y nos sorprendemos ante esos bailarines que parecen acróbatas y contorsionan sus cuerpos en busca de la belleza.
Es el primer filme que se estrena en la Argentina de Frederick Wiseman (EE.UU., 1930), un documentalista que tiene treinta y ocho títulos en su filmografía y ha merecido elogios y premios internacionales, y que ya incursionó en la danza con Ballet (1995).
El estilo de este realizador es sumamente personal: elimina explicaciones en off, no comenta lo que muestra y tampoco emplea textos para mencionar a las personalidades que aparecen en la pantalla. O sea, es el espectador quien debe sacar conclusiones y elegir su propio punto de vista para valorar La danse. Además, su escritura cinematográfica es despojada, y en lugar de utilizar primeros planos, la cámara, que suele permanecer fija, registra prolongados planos generales con los cuerpos de los bailarines entregados a superlativos movimientos.
La película puede enfocarse, además, desde la docencia, ya que en su mayor parte está dedicada a los ensayos, en lo cuales implacables profesores reclaman la perfección adoptando una actitud rayana en la manía, aunque esa obsesión y esa extrema exigencia están acompañadas por un respeto y una educación ejemplares.
La danse asombra asimismo por sus revolucionarias y creativas coreografías —apoyadas por juegos de luces y puestas restallantes— a cargo de maestros de la jerarquía de Pierre Lacotte, Rudolph Nureyev, Wayne McGregor, Angelin Preljocaj, Mats Ek, Sasha Waltz y Pina Bausch, de los que se representan fragmentos de, respectivamente, las siguientes obras: Paquita, El Cascanueces, Genus, Medea, La casa de Bernarda Alba, Romeo y Julieta, y Orfeo y Eurídice.
Pero Wiseman no se limita a mirar el gran arte, como si éste estuviera incontaminado y apartado del mundo. Así, en forma constante, exhibe la ciudad de París, los pasillos del Palacio Garnier en el que funciona la Ópera, su restaurante, la sastrería, la sala de maquillaje, los pasillos, las escaleras, las cloacas subterráneas, el techo (en donde trabaja un apicultor), y obreros que mantienen el edificio. Y, asimismo, las variadas reuniones presididas por su directora artística, la brillante Brigitte Lefévre, en las que se habla de los benefactores —cuyos aportes demandan almuerzos y galas de agasajo—, se organiza un plan de lucha ante la reforma de la ley de jubilaciones, se le exige a un talentoso coreógrafo un plan de trabajo, o se escucha a una joven bailarina que se lamenta de que ya no tiene veinticinco años.
Para concretar este filme se emplearon doce semanas durante las que se rodaron ciento treinta horas de metraje, de las cuales, a través de un año de montaje, sólo quedaron ciento sesenta minutos (158`).
Una espectadora emocionada, al terminar la función dijo que era imprescindible conseguir el DVD de esta cumbre del cine documental para tenerlo a disposición y poder disfrutarlo el resto de su vida. Esta crónica avala totalmente esa apreciación.

Germán Cáceres

Libros: ¡¡Juan Moreira!! de José Massaroli



¡¡JUAN MOREIRA!!
de José Massaroli
(La Duendes Editora, Comodoro Rivadavia, 2010, 116 páginas)

por Germán Cáceres

La novela de Eduardo Gutierrez (1851-1899) fue escrita como folletín y apareció en el diario La Patria Argentina entre el 28 de noviembre de 1879 y el 8 de enero de 1880. Es la historia de un gaucho que se ve obligado a marginarse de la ley por los abusos y humillaciones que le infligen las autoridades. Hasta que finalmente lo mata una partida policial protagoniza portentosas hazañas dando muestras de su coraje ilimitado. La obra obtuvo un rotundo éxito, que motivó que se reescribiera como mimodrama para ser representada en el circo criollo. En 1886 José Podestá realizó su dramaturgia y la llevó al teatro, y se convirtió en uno de los acontecimientos más importantes de nuestra escena. También fue volcada al cine en tres oportunidades, siendo la más destacable el filme de Leonardo Favio de 1973. Está basada en un hecho real sobre un habitante de La Matanza que cae abatido por la policía en 1874. El folletín de Gutierrez está enrolado en la literatura gauchesca y en el romanticismo rioplatense, y su protagonista se erige como uno de los mitos de nuestras letras. Otras novelas importantes de este autor, en las que denunciaba la injusticia social que sufrían los desamparados frente a los representantes del poder, son: Juan Cuello, Hormiga Negra, Santos Vega, El matrero y El rastreador.
Jorge Massaroli (Villa Ramayo, Pcia. de Buenos Aires, 1952) dibujó para las editoriales Columba, Record, Universo (Italia), Thomson (Gran Bretaña), Bastei (Alemania) y la casa Disney (Estados Unidos y Europa), y colaboró en las revistas Caras y Caretas, Rico Tipo, Operación Ja Ja y Sex-Humor. Amante del género gauchesco, adaptó el Juan Moreira, de Eduardo Gutierrez, y lo guionó y dibujó en historietas en el diario La Voz, en el período 1983-1984, que es la versión que publica ahora La Duendes Editora. En ella Massaroli demuestra ser un maestro del claroscuro y utiliza con destreza los contrastes. Traza verdaderos filigranas sobre espacios en blanco, los cuales pueden sugerir tanto el amanecer como el follaje de los árboles, la vasta llanura, un día nublado o ser expresivas siluetas trabajadas con ágiles líneas.
Massoroli es tributario del gran realismo clásico, y utiliza el leit-motiv para enriquecer poéticamente la historieta: así, la luna cubierta por nubes desgarradas o esas viñetas apaisadas con planos generales lejanos que reflejan con melancolía al Moreira montado en su overo bayo y dirigiéndose hacia ninguna parte. Tampoco escatima onomatopeyas de todos los tamaños, una planificación cinematográfica, picadas y contrapicadas, globos en off, o el primerísimo primer plano del solitario protagonista.
Massoroli impregna su adaptación de ese aire de fatalidad de la novela y hace decir a Moreira: “Ya la vida me pesa y el día que me maten será el único día alegre que habré tenido”. De paso remarca la corrupción política —que incluía el fraude y el matonismo— de los tiempos de Adolfo Alsina, Bartolomé Mitre y Nicolás Avellaneda. Y expone el horizonte siempre inalcanzable de la inmensidad pampeana para señalar el triste destino de este héroe condenado desde el más allá (“…Pero está de Dios que no hay felicidad pal gaucho”, afirma).
Se sabe que José Massaroli es un gran admirador de Hugo Pratt, hecho que se percibe en su trazo y en la importancia expresiva que otorga a las manos de los personajes. Además, sus escenas de duelos a cuchillo y de combates con partidas son antológicas por su vigor, contundencia y vertiginoso movimiento.
Este libro incluye una lúcida y esclarecedora presentación de Alejandro Aguado, complementada por el sagaz análisis que realiza en el prólogo Ariel Avilez.
En síntesis, ¡¡Juan Moreira!! sobresale por su brillante dinamismo narrativo y su belleza gráfica.

Germán Cáceres

Libros: El ataque de los acuanautas, de Germán Cáceres



EL ATAQUE DE LOS ACUANAUTAS
de Germán Cáceres
(Maya, Buenos Aires, 2010, 128 páginas)

Por Juan Carlos Licastro

La acción se desarrolla en un pasado lejano y en una zona imprecisa de nuestro planeta inspirada en los paisajes de Río Negro y Neuquén.
El protagonista es Cahueyel, un mago de catorce años que pertenece a la comunidad de los tehuemapus y que, al ponerse en trance, puede trasladarse con su mente por la inmensidad del cosmos.
Es así como llega a vislumbrar un planeta totalmente cubierto por el agua llamado Piscis y localizado en la Galaxia de Andrómeda, que habitan los acuanautas, quienes se disponen a invadir la Tierra para escapar a la amenaza de un tremendo agujero negro.
A partir de este planteo se suceden intensas batallas en las cuales puede más el ingenio y la inventiva que la superioridad tecnológica. Estas aventuras están mechadas con romances protagonizados por guerreros y amazonas de la comunidad, a los que no es ajeno Cayahuel. Y todo se complica cuando la bella Victoria, comandante de las fuerzas de Piscis, arriba a la comarca.
Germán Cáceres muestra gran imaginación para tejer esta apasionante novela que puede entenderse como de ciencia ficción al revés, a la manera de El vino del estío, de Ray Bradbury, ya que sucede en el pasado. También se destacan las imágenes de la hermosa región en que reside la comunidad y las descripciones de una extraña ciudad de Piscis, que evocan las pesadillas de Piranesi. Otro acierto lo constituyen los diálogos, vigorosos y convincentes.
Pero como es habitual en Cáceres (Soñar el paraíso, Traficantes de la selva, Lluvia de esqueletos, El enigma del Siambón), aunque la novela esté dirigida a mayores de doce años, no hay límite de edad para su lectura y podrán disfrutarla los adultos, pues emplea atractivos giros de la acción, un recurso frecuente en las películas y series norteamericanas.
Dado que es el segundo libro que el autor publica en este año y pronto se estrenará su obra de teatro El incidente, al consultársele sobre su tan prolífica producción, respondió que escribir para él era como una suerte de compulsión —eminentemente placentera—: no podía estar mucho tiempo sin hacerlo porque empezaba a sentirse mal.
Los textos de Cáceres siempre han tenido una amplia repercusión, de manera que no dudamos que lo mismo ocurrirá con El ataque de los acuanautas.
Las ilustraciones de Pablo Olivero son bellas e imaginativas, pletóricas de sutilezas y encantos, los cuales sólo pueden obtenerse a través de un completo domino de las artes gráficas.

Juan Carlos Licastro
juancarloslicastro@gmail.com

Libros: Fuegos de comuna, cenizas de Weimar, de Carlos Enrique Haller

FUEGOS DE COMUNA, CENIZAS DE WEIMAR
Glosas a la historia política europea
Carlos Enrique Haller
Ediciones Suárez, Mar del Plata, año 2008


Reseña del libro:


Antes de constituirse en Naciones, alrededor de los siglos XVI y XVII, varios pueblos conducidos por monarcas o nobles venían disputándose la preeminencia sobre el multicultural escenario europeo. Sus integraciones políticas y sociales adquirieron diversas figuras, al ritmo cambiante de sus nuevos modelos de producción en acelerado desarrollo: de la mesnada conquistadora hasta el imperio; desde la comuna libre hasta el Estado soberano; desde la república aristocrática o la reyecía absoluta hasta el consenso jurídico constitucional. No recorrieron etapas prefijadas ni ciclos irreversibles: los modos de apetecer la libertad o de ejercerla se alteraron en correlación con la expoliación de la naturaleza, las revoluciones científicas y técnicas, la dominación sobre otros continentes, hasta culminar (¿provisionalmente?) en sociedades parciales o globales anónimamente administradas.
El siglo XIX y los comienzos del XX vieron confluir sobre Europa y algunas de sus dependencias coloniales las mejores promesas civilizadoras engendradas por la etapa de la Ilustración (Aufklärung, en alemán, o Siècle des Lumières): ciencias, técnica, alta productividad económica, progreso, libre despliegue de potencialidades y derechos del hombre. Liberalismo, socialismo y cosmopolitismo parecían destinados a forjar, en conjunto, la senda por donde avanzaría una humanidad con futuro sin límites. Es fácil ironizar hoy sobre tan falaces ilusiones. Guerras mundiales, regímenes totalitarios y genocidios se incubaron a su abrigo, aunque los combates parecieran otorgar fugaces victorias al bando de las nobles causas. Entre éstas parecía descollar la del socialismo democrático de centroizquierda, con multitudinarias afloraciones en Francia y Alemania. Dicho movimiento hubo de aceptar reproches de utopismo, de radicalismo, de inmadurez insurreccionalista, hasta que su relativa ?domesticación? acreditó a su dirigencia los insultantes epítetos de reformistas, oportunistas, renegados y socialfascistas.
Se los acusaba de haber sucumbido al hechizo de la ?grandeza nacional? y de su forzosa secuela: la primera Guerra Mundial; a cuya finalización recayeron sobre sus hombros responsabilidades de cogobierno, en un contexto de mutuas intolerancias, agresiones y graves crisis socioeconómicas. Nuestra Argentina iberoamericana, prematuramente independizada de la sujeción política para caer en las lianas de la dependencia socioeconómica bajo otro imperialismo, padecía los conflictos de inconciliables intereses provinciales y sectoriales, mientras tenues capas de su intelectualidad acunaban idealizadoras fantasías de fraternización ya malogradas en el otro hemisferio.

Este libro, motivado por una actualidad de persistentes desencantos que parecen reiterar ciertas frustraciones padecidas por siglos de catastrofal historia europea, selecciona y acentúa dos episodios relativamente efímeros, unidos por la bisagra de la continuidad temporal y la intransigencia revolucionaria: la Comuna de Paris de 1871 y la república de Weimar de 1919/33. Encima de ambos sobrevuela el sempiterno antagonismo nacional de franceses y alemanes, desde las guerras napoleónicas hasta la proclamación del Reich bismarckiano y la consiguiente guerra mundial; dramas pautados por la correlativa desinteligencia entre modos divergentes de entender el Socialismo y la Revolución: P.-J. Proudhon y K. Marx.
El penoso recuento de dos paradigmáticos fracasos en el ápice del primer ciclo revolucionario socialista anticipa en cierto modo las modificaciones tácticas y organizativas que dicho movimiento ensayará desde 1917, con riesgo luego comprobado de su tergiversación. Quizá también nos ponga enfrente ese relato el espejo en el cual mirarnos cuando, aun empañado, lo embistamos desencajados en la bruma de invernadero de nuestra atmósfera social.

Carlos Enrique Haller