martes, 14 de abril de 2009

Carta Abierta V



Restauración conservadora o profundización del cambio

Recorre la Argentina la fanfarria de una restauración conservadora, expresión de una derecha vieja y nueva. Con arrebatos cambiantes, a veces con estridencia, muchas veces en la penumbra, nerviosamente se preparan. Van de reunión en reunión, en una coreografía que se hace y rehace bajo la bitácora de semanales gacetilleros del gran desquite. Ventrílocuos, pronostican el próximo viraje. El fin de la pesadilla. No llegan a ser aún la Santa Alianza. Pero a falta de un Metternich, pululan políticos de diversas historias y procedencias, estilos comunicacionales aparentemente objetivos y representantes de economías facciosas que apuestan a recrear un Estado sin capacidad de pensar el conjunto de la Nación, cuando es necesario transformarlo en el sentido contrario, sacudiéndose sus modos neoliberales y su debilidad institucional. Los restauradores exudan el deseo de recuperar los fastos de la Argentina del primer centenario, aquella en la que la mitología agroganadera representaba los fundamentos de la Nación. Sus narrativas del presente se inspiran en las injusticias y desigualdades del pasado.

Ellos realizan sus rápidos cálculos de reposición del viejo orden. Alegan pureza institucional, pero se han abstenido de hacer gala de ella cada vez que les tocó actuar en tareas de responsabilidad. Esgrimen que se han superado los límites tolerables en materia de seguridad, pero en vez de pensar los abismos sociales que sólo se remedian con políticas democráticas y con el desafío aún pendiente de una nueva distribución del ingreso, expanden un miedo difuso preparando futuras agencias y formas regresivas de control poblacional. Vigilar y castigar parecen ser sus recursos privilegiados, el núcleo primero y último de la brutal simplificación de la anomia que subyace a una sociedad desquiciada por la implantación, desde los años de la dictadura videlista, de un proyecto de país fundado en la exclusión, la marginalidad y la miseria creciente de aquellos mismos que acabarán convertidos en carne de prisión o de gatillo fácil.

Si es el caso, no vacilan en aceptar pigmentos de “izquierda” para presentar un proyecto que pertenece a las fantasías recónditas de una nueva derecha mundial.

Desenfadados, anuncian que todo lo que harán no será contradictorio con la asunción de “la política de derechos humanos”. El neo-conservadorismo argentino ha aprendido a no ser literal como sus ancestros. Puede ser también, si lo apuran, un “progresismo de derecha”, imbuido de los miles de fragmentos sueltos que vagan por los lenguajes políticos. Todo vale. Pueden tomar las premisas de una lengua que hace poco pertenecía a los movimientos sociales de transformación. O pueden sonreír por lo bajo pues alguien sustituyéndolos reclamará magnas puniciones y pronunciará el supremo veredicto: “pena de muerte”. Será la forma sublimada de indicar el rumbo de la reingeniería de una “sociedad turbada”, una Argentina que reclamaría la pastoral de la seguridad, que en vez de considerarse un grave problema que debe convocar imaginativas soluciones económicas, democráticas, laborales y pedagógicas, es visto como una peste medieval que exige periódicos exorcismos de punitivas sacerdotisas y ávidos prelados.

Junto a la complicidad con quienes exigen un cadalso público como forma de una nueva razón disciplinadora, los mundos políticos de la restauración conservadora extienden bruscamente ante sí el descuartizado mapa de las ideologías argentinas. Unos buscando “patas peronistas”, otros “patas liberales” y otros “patas radicales” para lo que creen que son sus baches a ser rellenados con cuadrillas políticas nocturnas de urgencia. Confunden política con pavimentación. Se entrecruzan en el complaciente intercambio de figuritas sobre el vacío que se atribuyen a sí mismos. Comienzan por reconocerse carentes, vivir en el socavón de su propia escasez.
No sorprende que la decadencia de las grandes ideas de cambio social haya traído aparejada la decadencia del lenguaje político. Las viejas corrientes políticas, que supieron ser corrientes de ideas, son ahora partes de un pensamiento rápido, aleatorio, que se arrastra por el piso como un mueble que desgastó sus soportes. La nueva derecha, forjada en los lenguajes massmediáticos, carece de escrúpulos a la hora de arrojar por la borda ideas y principios o de adherirse a los restos tumefactos de tradiciones antagónicas; lo único que le importa es conquistar, por la vía de la simplificación y el vaciamiento ideológico, a una ciudadanía apresada en las matrices heredadas de los noventa menemistas. Pretenden organizar las filas del individualismo atemorizado pero si triunfan no gobernarán como estrategas de la concordia social sino como artífices de una implacable revancha represiva.

Los representantes de la restauración han memorizado así archisabidos preceptos, míseras cartillas para refundar el Orden Conservador, pero se sienten vivados por los abstractos públicos presentados como momentánea platea popular sustituta. Saben que actúan en medio de poblaciones estremecidas por los diversos planos de una crisis civilizatoria de la que dicen no tiene conclusión visible, pero la suelen ver como parte de un oscuro deseo de que esa crisis llegue pronto a la Argentina como “gran electora catastrófica”. La crisis mundial sería la prestidigitadora de una devastación. Desarticularía previsiones, refutaría políticas públicas y esparciría desempleo, inestabilidad o pánico. Y les daría votos. La conciencia invisible del conservador se mueve en todos los rubros de la lengua movilizadora, pues sabe que hay un público difuso extendido en todo el país que lo escucha y que proviene de muchos legados políticos destrozados. Se parte del anhelo de que la crisis venga ya. Que irrumpa por fin esa crisis mundial y derrote a los esfuerzos que se hacen por conjurarla, a veces buenos, otras improvisados sobre el vértigo que la crisis impone, no siempre efectivos.

En el inconciente colectivo de la restauración se halla emplazado el pensamiento de que la “llegada visible de la crisis” equivaldría a una admonición mesiánica que se encargaría de derrotar a los frágiles gobiernos a martillazos del Dow Jones y drásticos patrullajes del Nasdaq. Ninguna conciencia parecen tener de que esas catástrofes en el centro del mundo se han llevado consigo los paradigmas sobre los que construyeron sus capitales político-intelectuales. Más que paradigmas, son sofismas que no cesan de repetir a despecho de las evidencias. Eluden dar cuenta de la gravedad mundial de la crisis para menoscabar las medidas que atenúan sus ondas expansivas más duras. No se atreven a reconocer que la demora y cierta “suavidad” relativa de la crisis en Argentina se vincula con las políticas gubernamentales de moderada desconexión de las lógicas financieras del capitalismo contemporáneo. Los restauradores repiten sus axiomas ya fallidos y no trepidan en solicitar el fin de la desconexión: volver al seno del FMI es ya una consigna de batalla.

Los líderes del "partido del orden", mientras aguardan el auxilio de la crisis, no pueden atravesar ciertos dilemas de parroquia: ¿qué representación política dará finalmente el nuevo bloque agrario que trae la sorprendente fusión en las consignas de los agronegocios de los sectores que antaño se diferenciaban por distintos tipos de actividad agropecuaria? Una nueva soldadura material y simbólica ha ocurrido frente a las nuevas características tecnológicas y empresariales de la explotación de la tierra sobre el trasfondo de ganancias inesperadas. Se trata de un bloque “enlazado” que, bajo un débil manto de republicanismo, se propone la cruzada restauradora y para hacerlo declara vetustos a los desvencijados partidos remanentes, exige una derechización social y pone en crisis también a las tradicionales representaciones del sector..

Los restauradores anuncian que están frente a una impostura histórica pero llaman impostura a novedades introducidas por un juego democrático que sin duda es desprolijo pero vital; anuncian que están frente a manifestaciones de locura y tilinguería, pero no se privan de reclutar en sus filas a toda clase de comediantes que postulan el regreso a una normalidad administrada desde antiguos retablos ajustistas. Anuncian también que están frente a un gobierno errático, peligrosamente estatista –si son liberales-, e insensible a lo social –si asumen aires ocasionales de izquierda. La impostura de la que acusan al gobierno atraviesa de lado a lado su lenguaje, en especial cuando recurren a antiguas y venerables simbologías populares en nombre de intereses antagónicos de esas tradiciones.

Este tema es necesario recorrerlo claramente. El gobierno se halla en medio de una tormenta social y política –local e internacional- acerca de la cual, tanto como no se puede aceptar que la haya provocado en lo que tiene de incierta, tampoco es posible dejar de ver en sus medidas más atrevidas el origen de las hirientes esquirlas que recibe como respuesta y debe afrontar. Estas medidas ya se conocen, y van desde los primeros gestos en relación a fuertes reparaciones simbólicas que desataron nudos asfixiantes de la historia hasta el pasaje de las existencias de las AFJP al patrimonio público bajo administración estatal o el profundo y necesario proyecto de ley de medios audiovisuales, sin dejar en un segundo plano la recuperación de una perspectiva latinoamericana que abandonó el paradigma de las “relaciones carnales” para encontrarse con irredentas pertenencias histórico-culturales. Con sus diferencias y particularidades, los procesos boliviano, venezolano, brasileño, ecuatoriano, cubano, uruguayo, chileno, paraguayo, nicaragüense, salvadoreño, no nos dejan pensar que esta hora latinoamericana va a ceder su horizonte de realizaciones ante la agresión mancomunada de las nigromantes y los hechiceros del retroceso. Y sabemos que la difícil encrucijada económica y social no puede sortearse sin la composición de tramas políticas, económicas y culturales de alcance regional.

El ciclo abierto en el 2003, no sin titubeos, produjo una diferencia con las formas de gobernabilidad anteriores, diferencia surgida de la lectura de los acontecimientos de 2001, cuando el protagonismo popular sancionó el fin de aquellas formas. Diferencia que se percibe en sus intentos democratizadores (que van desde la modificación virtuosa de la Corte Suprema hasta la afirmación de una política de derechos humanos que retoma los reclamos de los grupos organizados por su defensa), en el tipo de encuentro que propició con los movimientos sociales (entrecruzamiento de diálogos y no de medidas represivas), en el planteo de núcleos centrales para una sociedad justa (desde la enunciación de una pendiente redistribución del ingreso hasta la extensión de los derechos jubilatorios y la reposición de la movilidad de los haberes), desde la innovación en políticas de defensa hasta la decisión de no rendir ante el altar de la crisis los sacrificios tradicionales del trabajo y del salario.

Se conocen también sus deficiencias. Existe un gran contraste entre acciones innovadoras en campos sensibles de la vida social y apoyaturas que arrastran estilos rígidos, no decididamente democráticos, de organización política. Nos referimos a una escasa renovación en los sostenes oficiales del gobierno, cuando no a un chato horizonte de conveniencias sectoriales –encarnadas por lo general en porciones extensas del Partido Justicialista- y específicamente en el profundo error que se comete con alianzas como las de Catamarca, donde se marchó junto a la figura que gobernaba la provincia cuando sacudía al país el caso María Soledad y con las huestes de un confeso ladrón. También lo que implica la cercanía con Aldo Rico en San Miguel, para mencionar sólo los casos que más hieren.
No sólo por lo que componen, también por la ausencia que revelan de otra construcción política capaz de efectuar una interpelación popular, convocar a los hombres y mujeres, a los trabajadores, a los desocupados, a los que estudian y los que crean, a apoyar y expandir una diferencia que efectivamente existe en ciertos actos y se opaca en la rutina de las antiguallas partidarias. No es casual que en las entretelas de estas alianzas de ocasión con personajes sin moral y sin conciencia, que han navegado los últimos veinte años de vida política, haya tomado cuerpo la “idea” de una “salida ordenada” del kirchnerismo, manejando figuras como el cáustico sojero fórmula 1.
Esa salida –engalanada con prefijo post- dejaría al pueblo como rehén. Se trata, en realidad, de la restauración conservadora con la misma soja al cuello pero con Hugo del Carril en la vitrola. El gobierno se recuesta sobre una estructura partidaria que parece garantizarle un piso electoral imprescindible, sin transitar por sendas en las que se podría vislumbrar un horizonte distinto. Comprender la carencia no significa aceptar la solución como la única posible. Es, más bien, anticipar los costos a pagar.

Son temas que es necesario revisar. La dignidad de un proyecto social de cambios requiere que sus apoyos surjan convencidamente de llamados a las vertientes sociales, productivas y culturales que esperan participar en un movimiento que pueda gobernar en medio de desafíos fundamentales y vencerlos innovadoramente.
Ese llamado aún no ha ocurrido aunque, como debe brotar de los pliegues críticos de la sociedad, es necesario encontrar en la sociedad civil el lenguaje y los argumentos para concretarlo. Un lenguaje sensible a una sociedad que se ha transformado y cuyas disidencias internas, sus polémicas públicas, no pueden ser explicadas sólo con la cartilla de las anteriores lecturas nacional-populares. El desafío es apropiarse de aquellas lecturas pero entramadas en una nueva y compleja realidad; de reencontrarse con los afluentes de una memoria de la justicia y la igualdad en el contexto de inéditos saltos al vacío del capitalismo actual. Es bajo esta perspectiva que reconocemos la trascendencia de lo abierto en mayo del 2003 y que no olvidamos las enormes dificultades que existían y que todavía persisten para construir un proyecto democrático y popular. Algunas izquierdas, como lo han hecho repetidamente, no atinan a dar cuenta de la singularidad de los acontecimientos.
Es hora de entrelazar miradas, perspectivas, tradiciones y biografías diversas que comparten el ideal emancipatorio, intuyendo que la hora argentina reclama una fuerte toma de partido que sea capaz de enfrentar la restauración conservadora.

No queda mucho tiempo para ello. Pero reconocer las dificultades no implica bajar los brazos. Las consecuencias de un triunfo de la coalición conservadora pueden ser graves, pero este documento quiere ser de esperanza y de reagrupamiento en la lucha. Veamos: en la Ciudad de Buenos Aires está en curso una experiencia. La gobierna una derecha que con remozada gestualidad despliega destructivos ataques a las instituciones públicas de la ciudad, rastrilla las calles con anteojeras represivas y no desdeña ocasión de borrar aquello que otros pensamientos políticos habían inscripto en la vida estatal. Gobierna esa derecha por su capacidad de seducir a un electorado dispuesto al festejo de fórmulas abstractas que (ilusoriamente) resolverían problemas complejos. Pero el progresismo porteño aún merece una revisión crítica y el gobierno nacional el cuestionamiento de su escasa reflexión sobre la peculiar sensibilidad cultural y política de la ciudad. Cuando algo permanece intratado, cuando no se lo considera en su especificidad, es arrojado a un trato consignista, abstracto, reactivo. Campo fértil para las derechas, con sus maniqueísmos excluyentes.
Por eso, se arriesga demasiado cuando se trata con categorías deseñosas a una ciudadanía que puede ser complaciente y superficial, pero en ocasiones, además, díscola y crítica. También el riesgo es altísimo cuando se renuncia a considerar ciertos temas, como el de seguridad, por lo que arrastran de amenaza. Las grandes ciudades argentinas, escenarios y protagonistas de luchas emblemáticas de la historia nacional (desde las huelgas de la Semana Trágica o la Reforma universitaria hasta el Cordobazo; desde el 17 de octubre o la huelga del Frigorífico Lisandro de la Torre hasta las jornadas del 19 y 20 de diciembre de 2001), esas mismas ciudades han sido permeables al discurso neoliberal. Pero las ciudades anteriores persisten.

Tradiciones culturales y memorias comunitarias subyacen a la espera de una invocación política que las reavive y contenga. Nadie es dueño de la conciencia de los millones que viven, sueñan y despotrican en estas urbes. La crisis puede ser oportunidad de reabrir esa historia y para considerar los núcleos potentes de las luchas urbanas actuales: la confrontación contra la precarización del trabajo y el desempleo, el enfrentamiento contra las añejas pero actualizadas formas de opresión a las mujeres, para nombrar sólo algunas. No damos por perdida esa apuesta por arrebatar las ciudades de sus cautiverios mediáticos y sus temblores restauradores.

Cuestiones vitales como el modelo energético, el régimen de entidades financieras, el transporte ferroviario y fluvial, la explotación minera, requieren formas de desarrollo viables que no acepten fáciles composiciones con empresas transnacionales que no tienen hipótesis de preservación ambiental ni se componen con un modelo económico nacional autónomo. Es necesario actuar con criterios eficaces en torno a crear opciones económicas democráticas, donde un pragmatismo inmediatista no sustituya un proyecto más profundo de economía distributiva, proteccionismo democrático, urbanismo integrador e inclusivo y ordenamientos normativos que impidan la rapiña de recursos. Esto requeriría de instituciones estatales con capacidad de desplegar políticas públicas, con efectiva llegada a todo el territorio nacional. Pero sabemos que, si entre los méritos del ciclo abierto en el 2003 está el de resituar la importancia del Estado, también es claro que el realmente existente no está a la altura de esa relevancia.

Se han desplegado, sin embargo, considerables apoyos a los compromisos científicos sustantivos, expandiendo la investigación, los presupuestos a ella destinados e incentivando la innovación intelectual en la vida social productiva. En este mismo itinerario, queda pendiente la renovación de las fuentes de la reflexión crítica sobre estas materias, sin esquematismos ni fervores momentáneos que demoren el encuentro de los grandes núcleos de acción intelectual creativa en torno a la ciencia, el arte, el urbanismo, los medios de comunicación, el lenguaje, el diseño y las tecnologías. La creación del Ministerio de Cultura de la Nación, capaz de articularse con el de Ciencia y Tecnología, permitiría pensar la inteligencia y la creatividad sociales en conjunto, no como secciones estancas de acciones nómadas.

Por todo esto, llamamos a ejercer el derecho de crítica autónoma dentro de un gran campo de apoyo a los aspectos realizativos que ha encarnado el gobierno nacional. El momento lo reclama. No somos partisanos de una axiomática y binaria contradicción fundamental, aún cuando reconozcamos que las situaciones críticas conllevan, a nuestro pesar, un borramiento de matices. Debe haber distintas variantes y situaciones para los pensamientos críticos. Pero tampoco el gobierno es ese manojo irreversible de contradicciones obtusas que a diario nos propone la vasta maquinaria mediática que lo envía al patíbulo en miles de minutos diarios de televisión, acudiendo a las doctrinas ubicuas del escándalo y el odio, en uno de los momentos más graves de irracionalismo asustadizo y de no tan encubiertos racismos que haya vivido la sociedad argentina contemporánea.
Esa ofensiva de una derecha agromediática que no deja nada por tocar ni ensuciar, que corta rutas y agita conspiraciones, nos persuade de la decisiva importancia que adquiere no solamente la defensa de la legitimidad democrática sino, más hondo y grave, del decisivo entrelazamiento de un proyecto popular con el destino del gobierno. Desatar el nudo que une ambas perspectivas constituye un error cuyo costo puede ser desmesuradamente elevado; imaginar que la caída de lo inaugurado en el 2003 puede ensanchar el horizonte popular y nacional es no sólo una gigantesca quimera sino una perturbadora irresponsabilidad histórica de los que todavía no comprenden el carácter y la dimensión del peligro restaurador.

La restauración tiene sus antenas y tentáculos preparados para aprovechar los deficientes reconocimientos mutuos que hemos tenido entre aquellos que en el pasado compartimos horas decisivas para constituir una fuerza popular transformadora desde distintas vertientes de la historia argentina. Llamamos entonces a que consideren favorablemente estas ideas, precisamente los compañeros de las izquierdas, de las corrientes nacional-populares, de los libertarismos, de los autonomismos y de los socialismos. Es imprescindible que sigan realizando observaciones críticas a las que siempre les otorgamos credibilidad, pero también les proponemos que las integren a un seno común aunque heterogéneo de opiniones situado ante la urgencia de oponerse a la restauración conservadora. Pero no menos imprescindible es que se constituya una gran fuerza autónoma que recorra las diversas experiencias de transformación social y las devuelva a la esfera pública de un modo movilizador, renovado y creíble. Allí radica una de las apuestas sin la que resulta casi inimaginable la profundización popular de un proyecto democrático que vino a renovar las lenguas políticas en un tiempo dominado por las clausuras y las desesperanzas.

Llamamos a actuar contra la restauración conservadora de un modo creativo, inhibiendo su diseminación con argumentos sutiles y masivos, que pongan en evidencia su auténtica impostura, su anacronismo y la amenaza que suponen a cualquier forma de redención social, defendiendo los aspectos progresivos de la actual situación y haciendo explícitas las reservas, a modo de un necesario reencaminamiento de las acciones políticas populares. Llamamos a no dejarnos sorprender por el clima de desprecio que crean los operadores de una crisis anunciada, que es el ensueño de las viejas fuerzas del Orden con pañuelito de seda al cuello, gozando ahora de la masividad mediática con que instalaron el partido del miedo.
Llamamos a retirarnos de la quietud y a no quedar atados al comprensible malestar por los enredos que poseen muchos de los recorridos políticos de la hora. Porque la aparente claridad de los restauradores traerá al país los capítulos ya conocidos de la pasividad cívica, el descompromiso con el trabajo colectivo, la mediocridad política y el predominio de los círculos áulicos que operan en el servicialismo a los más oscuros poderes imperiales, cuyo resultado previsible es la multiplicación de la desigualdad, su marca más auténtica.

En estos meses, se desplegará una contienda electoral que tendrá mucho de plebiscito respecto de las políticas gubernamentales, que en algunos casos presentan deficiencias pero que configuran acciones reparatorias para una sociedad dañada. Las rutinas electorales –con sus desfiles de espantajos y sus diatribas mutuas- serían insufladas de otro entusiasmo si se las dota de un carácter programático. De un programa en el que la defensa de los humanos, la consideración de la seguridad sin reduccionismos represivos, políticas de retención de las rentas extraordinarias, estrategias de apoyo a la producción, proyectos educativos que promuevan sujetos autónomos e inclusión social, políticas de salud enraizadas en las vastas necesidades populares, la profundización de la integración regional, la preservación ambiental (incluidos los glaciares) no puedan ser expurgados ni menoscabados.
Por otro lado, también se estará debatiendo una de las más radicales medidas de distribución cultural: una ley que impulsa la democratización del sistema de medios de comunicación.
El proyecto, surgido de intercambios y consultas, estará recorriendo los vericuetos del debate en la sociedad civil antes de su trato parlamentario. No serán, no son, tiempos fáciles, portan una nitidez casi dolorosa y exigen renovadas pasiones. Muestran que no hay para el pueblo argentino “salida ordenada” contra la restauración conservadora.

¡Profundicemos los cambios! Ese es nuestro llamado.

CARTA ABIERTA
marzo de 2009
http://www.cartaabierta.org.ar/

Sobre la Ley de Comunicación Audiovisual

Desde la ONU , afirman que la ley de Comunicación Audiovisual "sienta un precedente en el mundo"

El relator Especial de las Naciones Unidas para la Libertad de Expresión, Frank La Rue , felicitó a la Presidenta por propiciar el proyecto. Además, dijo que "es una buena iniciativa" y aclaró que "el Estado debe garantizar el pluralismo en el acceso a los medios de comunicación".

El relator Especial de las Naciones Unidas para la Libertad de Expresión, Frank La Rue , felicitó a la presidenta Cristina Fernández de Kirchner por propiciar el proyecto de ley de Servicios de Comunicación Audiovisuales y aseguró "es una buena iniciativa y que sienta un buen precedente no solamente para América Latina sino para el mundo entero”.

En una entrevista al programa ALER Contacto Sur, que emite el sistema satelital del Foro Argentino de Radios Comunitarias (FARCO), La Rue afirmó: "Yo personalmente felicito la iniciativa de la presidenta Kirchner, creo que es una buena iniciativa y que sienta un buen precedente no solamente para América Latina sino para el mundo entero”.

Señaló que "una de nuestras prioridades es ver el tema de la libertad de expresión desde una óptica distinta y no desde una óptica comercial mercantilista que se ha planteado".

Afirmó que "muchos de los medios de comunicación son un negocio legítimo y nosotros no tenemos ningún problema con eso", pero aclaró que "el Estado debe garantizar el pluralismo en el acceso a los medios de comunicación".

"En todo Estado puede haber medios comerciales y concesiones tanto de radio como televisión, u otros mecanismos de comunicación para fines comerciales y debe haber un segmento, una tercera parte, para usos comunitarios no lucrativos para beneficio comunitario, y un tercer segmento de radio y televisión pública", sostuvo La Rue , de origen guatemalteco.

"Creo que debería existir una ley no solo para radios comunitarias, que es lo que se está planteando en nuestra querida Guatemala, sino que debería ser como la aproximación de la presidenta Kirchner en el sentido de una ley de Radiodifusión que abarque los tres sectores: la transmisión comercial, la social, y la pública", insistió.

Destacó también que "es importante generar un marco legal que garanticen los tres aspectos de comunicación por parte de los estados" y reiteró que "si la propuesta argentina es producto del consenso de varios sectores puede ser un buen ejemplo para varios países, un buen precedente".

"Parte del derecho a ser informado de la población es el derecho a tener una pluralidad de opiniones y diversidad de visiones", consideró La Rue , quien expresó que "los monopolios atentan contra el acceso a la información, la libertad de información y la libertad de expresión de los pueblos". "Efectivamente es una obligación de todos los gobiernos y regimenes, combatir los monopolios”, concluyó La Rue.

Fuente: http://www.telam.com.ar/vernota.php?tipo=N&idPub=139395&id=282647&dis=1&sec=1

Sí a la redistribución de la palabra!!!



Con la Nueva Ley de Servicios de Comunicación Audiovisual:
Se garantiza la LIBERTAD DE EXPRESIÓN y la LIBERTAD DE PRENSA.
Permite que se conozcan TODAS LAS IDEAS, sin censura previa.

Se IMPIDE la formación de monopolios y oligopolios.
POR UNA LEY PARA QUE HABLEMOS TODOS,
INGRESA EN:

http://www.mediosencartaabierta.org/firmar.php
Y ACOMPAÑA CON TU FIRMA AL PROYECTO DE LEY!!!

Libros: El corazón helado de Almudena Grandes por Germán Cáceres

Almudena Grandes

EL CORAZÓN HELADO
de Almudena Grandes
(Tusquets Editores, S.A., Buenos Aires, 2008, 933 páginas)

Por Germán Cáceres

Almudena Grandes —ganadora del Premio José Manuel Lara 2008 por esta novela— emprende una colosal investigación sobre la historia española desde los hechos de la Guerra Civil hasta el año 2005. No sólo ha frecuentado una documentación bibliográfica inmensa, sino que ha acudido a filmes, testimonios y trabajos de campo. La autora confiesa en su Nota “Al otro lado del hielo”, agregada al final, que ha tomado partido por los republicanos, porque a esta altura de los tiempos no quedan dudas de que el bien estaba de parte de ellos, y coloca un epígrafe perteneciente a Antonio Machado (“…para los estrategas, para los políticos, para los historiadores, todo estará claro: hemos perdido la guerra. Pero humanamente, no estoy tan seguro…Quizá la hemos ganado.”), poeta que le inspiró con sus versos el título del libro (“Una de las dos Españas/ ha de helarte el corazón”).

Por su estilo esta novela se podría enmarcar en un realismo tributario de Benito Pérez Galdós, sino fuera porque Grandes le ha incorporado procedimientos literarios propios del siglo XX, como el monólogo interior, las fracturas temporales y la intercalación de partes narradas alternadamente en primera y en tercera persona. Y tal vez lo principal, que habla de su oficio, es que las vueltas al pasado y posterior retorno al presente operan en el interior de cada capítulo, como si se tratara de un montaje cinematográfico que estuviera recurriendo a flash backs y flash forwards. La prosa es un primoroso deleite para el lector por la plenitud y potencia de sus imágenes, por la belleza de sus períodos largos y la riqueza de vocabulario. Tanto en el lenguaje como en la estructura de la obra, la autora opta por la amplificación y el énfasis.

Es asombroso cómo logra enumerar copiosos datos históricos con espontánea fluidez, como si surgieran de su imaginación y no de una búsqueda documental. Entre los más interesantes aportes figura el relato de la actuación de la División Azul, formada por grupos falangistas, en el frente del Este, durante la frustrada invasión alemana a la ex URSS; la gesta de los republicanos que combatieron contra el nazismo junto a la resistencia francesa y las aplicación de la insólita Ley de Responsabilidades Políticas (1939), que expropiaba propiedades de los republicanos para cedérseles a los seguidores del franquismo. Y no deja de remarcar con vehemencia cómo las llamadas democracias occidentales y la URSS abandonaron a los republicanos permitiendo que el dictador Francisco Franco consolidara su poder (“La traición es la ley, la única realidad a mi alcance”, se lamenta el personaje Ignacio Fernández Muñoz).

La novela gira en torno a dos familias, una representada por el citado Ignacio Fernández Muñoz, idealista embanderado en el bando republicano y que debió exiliarse en Francia, y la otra, por Julio Carrión González, un tipo acomodaticio, que termina encumbrándose realizando prósperos —y delictivos— negocios inmobiliarios bajo la protección del régimen de Franco. Cuando el empresario fallece, a su entierro asiste, inesperadamente, Raquel Fernández Perea, nieta de Ignacio, donde conoce a Álvaro Carrión, hijo de Julio, cuyo mutuo enamoramiento desata el conflicto.

La capacidad fabulatoria de la autora parece interminable y se sumerge en el vastísimo árbol genealógico de las dos familias, que se relacionaron desde sus bisabuelos hasta la actualidad recorriendo meandros que obligan a una lectura atenta y puntillosa. Aparecen incontables y sustanciosas tramas inmersas en ese período histórico, en las cuales abundan los amores, pero también las traiciones, las tragedias y las derrotas. Recorrer esos árboles y las vidas que enlazaron resulta estimulante, y generan un suspenso equiparable al de los mejores thrillers.

Pero Almudena Grandes prueba también poseer una impresionante sabiduría de la vida, y así asombra la solvencia con que se adentra en la psicología de sus numerosas criaturas mediante diálogos hondos y convincentes —cargados verosimilitud— y descripciones precisas de sus estados de ánimo.

Es, ante todo, una novela de personajes —el lector llega a desear tomar parte en sus decisiones—, aunque el fondo histórico sea fundamental para ubicarla en la misma línea seguida por otros escritores españoles contemporáneos que abordaron el tema de la Guerra Civil, como el relato “La lengua de las mariposas” —incluido en Qué me quieres, amor (1996), de Manuel Rivas—, y las novelas El lápiz del carpintero (1999), del mismo autor, y Soldados de Salamina (2001), de Javier Cercas. O, quizás, sea más atinado hablar de una inmersión en la compleja red de las relaciones familiares, con sus odios, cariños, ocultamientos, envidias y celos (“Julio y yo siempre fuimos de mamá, y de vosotros tres, él siempre te quiso más a ti, después a Angélica, y Rafa…¡Pobre Rafa!”). Un hallazgo es la breve y sagaz pintura —en las últimas páginas de la novela y sólo a través de mínimos diálogos— del duro carácter de la madre de Álvaro, una mujer implacable cuyo corazón se ha encallecido después de apoyar durante años los actos inescrupulosos de su marido.

Una obra a veces dice cosas que el creador no se propuso, y todo parecería indicar que no estaba en los planes de Grandes registrar —o tal vez sí— un estilo de vida tan frívolo y vacío como el que desarrolla la sociedad madrileña, atrapada por el consumismo, el exceso de alcohol, el apego incondicional por vestir bien y la infidelidad entendida como recurso para escapar al hastío de la rutina diaria. Habría que pensar si esta actitud evasiva no es una de las tantas rémoras que dejó el franquismo.

Incluso un personaje noble, valiente y preparado como Álvaro no escapa a esta mediocridad. Debe destacarse que en la exposición del auténtico romance que mantiene con Raquel, se despliegan metáforas y símiles que deslumbran por su originalidad y belleza, pero a la vez la autora le concede demasiadas páginas e incurre en varias reiteraciones, como si intentara demostrar que dentro de tanto espanto es posible que surja el amor, numen salvador de la especie humana.

La novela concluye con una frase amarga y contundente: “Sólo una historia española, de esas que lo echan todo a perder”.

Germán Cáceres


Recomendamos visitar: http://www.almudenagrandes.com/

Cristina Villanueva: Soñar no cuesta nada



Soñé que me llevaban haciendo turismo a un castillo en Italia . Desde lo alto se veía el mar azul. Había algunos hombres y algunos invitados, entre otros mi padre.
Mi preocupación en el sueño era como iba a pagar eso, la magnífica belleza de ese lugar También tenía cierta inquietud porque varios hombres me pretendían al mismo tiempo y temía a los problemas, peleas, disgustos que esa situación podría traer aparejado.
La preocupación económica era bastante obsesiva y opacaba bastante el disfrute .Tanto así que cuando me desperté, quedé con el alivio de perder el mar azul y deuda

Si tienes un sueño tan vivo. Si adentro tuyo está ese paisaje
simplemente hay que nadar en el placer, disfrutarlo, vos lo creaste.

Como el muro que cayó una vez, quizás caiga con este terremoto financiero en el bolsillo del Imperio (iba a decir corazón pero no tiene) esa idea de que todo se compra, se vende ,se paga, ese dios del dinero.

Aprendí soñando que lo más bello no tiene precio. Todavía no hay en los mercados rodajas de crepúsculos, grandes ofertas en amaneceres.

Le di la razón a Epicuro en su creencia en la bondad de los placeres .Era una filosofía que destacaba la amistad, por lo tanto desechaba a los placeres que hacían mal a uno mismo o a los otros. Lo más que se pueda de placer sin daño .Linda consigna para una pancarta .Basta de silicios o coronas de espinas o cruces, otra.

Los sueños crean realidad o permiten soportarla.

Si varios hombres se pelean por vos debe ser un sueño.

Si es de verdad sos una artista.

El arte y los sueños se funden.



Cristina Villanueva
libera@arnet.com.ar

"Tomavistas" de Rolando Revagliatti en edición electrónica

Se encuentra ya disponible gratuitamente y en condiciones de ser incorporada a bibliotecas virtuales y ser leída o impresa, la edición electrónica en PDF del poemario "Tomavistas" de Rolando Revagliatti. Hemos agregado links de ida y vuelta desde el índice a los poemas y viceversa para una navegación más cómoda por el documento. El prólogo es de Gerardo Lewin y el diseño y realización de Mirta Dans con fotografías de Flavia Revagliatti y
Daniel H. Grad.
Puede descargarse en:
http://www.revagliatti.com.ar/tomavistas_e.html

El libro, en soporte papel, contó con cuatro ediciones entre 1998 y 2005 y sigue accesible en http://ar.geocities.com/tomavistas2005/
Desde la página de inicio de http://www.revagliatti.net/ puede consultarse también la edición html que en 2005 diseñara Víctor Berbari.

El volumen está constituido por textos concebidos a partir de filmes y de asuntos relacionados al mundo del cine.
Desde luego, agradeceremos la eventual divulgación de esta gacetilla.

Videos relacionados a otro libro "Fundido Encadenado" también constituido por textos concebidos a partir de filmes, en http://www.youtube.com/rolandorevagliatti

Alejandra Merello: La espera



Imagen: en gris, óleo sobre papel (programa de pintura virtual), de Alejandra Merello


Un hombre, está de pie bajo la sombra de la copa de un espeso árbol.
Aplacado el viento, lo sumerge en la espera,
quizás de la luna o del próximo amanecer.
Vira sutilmente su cabeza, fijando la mirada en dos direcciones.
¿Buscará la luna? ¿O buscará el Este?
Pasado un tiempo el hombre descansa su mano derecha sobre el tronco del árbol,
intentando librar su pierna izquierda.
Más tarde, ha reclinado su espalda sobre la madera áspera.
Unos minutos después el hombre se ha sentado sobre la rala hierba que rodea al árbol.
Su nuca toca su espalda dolorida... sus brazos caídos,
sin embargo con las manos acaricia algunos pastos frescos.
Un hombre está sentado sobre la tierra, adormecido sobre el tronco de un árbol,
el ocaso se desmenuza en rojosnaranjas.


Alejandra Merello
alejandramerello_rodriguez@hotmail.com

La Poesía de Susana Torralbo



V


“A la hora en que las putas

mezclan a Hölderlin con

Vacarezza”

R. Santoro.




Las putas arrastran tras de si las veredas

ofreciéndose a su viejo oficio.

incoloros seres

pasan junto a ellas

sin detenerse en su imagen.

en la esquina, un obrero pica el empedrado

con el maldito ruido que lo ensordece.

las mira... lo miran...

y comprenden que ambos

se destruyen mutuamente.



VI


“El exilio es una vaca que
puede dar leche envenenada”
J. Gelman


Y nos quedamos aquí

callados

ocultos

quietos tras las ventanas.

llovieron ríos

lloraron caminos.

vimos cómo pasaban los días

las horas interminables

los silencios no bastaban

las noches renacían con el día

y nos acostumbramos a escondernos

y permanecimos como ratas...

mirando pasar el tiempo.




VII


Me impresionó el dolor

de vos

de mí

sola yo nuevamente

en la ciudad gris de otoño

juntando hojas secas

recorriendo lugares

con la boca amarga

el gusto de la hiel


VIII


“Hoy, exactamente hoy, tuve

que tirar el corazón por la ventana”

R. Santoro



Como tantas otras veces

una más tuve que hacerlo.

lo arrojé lejos,

muy lejos,

no quería saber más nada de él.

quedé a medias

partida

separada en dos.

sólo existiendo mi cuerpo

solamente él,

latiendo en el borde de la orilla.




IX


En la alcantarilla

el renacuajo se estremece

en la oscuridad

mientras la luna pasea

su esplendor indiferente.

ignorándolos a ambos

un perro quebradizo

ahuyenta sus pulgas

que disimuladamente rastrean a un gato.

imágenes redondas

perfectas a la visión del águila

anuncian que la vida continúa

y somos solo

un minúsculo espejo roto

flotando en un haz de luz.




X


Y otra vez el hambre

la muerte

el miedo

acorralando corazones

de mí

de vos

de todos.

con el vientre apretado

y la mano abierta

limosneándole a la vida

cartoneando hilachas entre

las bolsas vacías.

ese dolor de mi pueblo

acarreando las heridas

ese hambre

muerte

miedo

que recorre cada esquina.



Susana Torralbo
susanatorralbo@hotmail.com

Alfredo Di Bernardo: Crónica ignorante






"Majestad", dicen que dijo aquel bibliotecario a Luis XIV, "me pagan por lo que sé; si tuvieran que pagarme por todo lo que no sé, no alcanzarían las arcas de vuestro reino para hacerlo". Se desconoce si al Rey Sol le agradó o no esta ingeniosa respuesta a sus frustrados requerimientos, pero es innegable que su autor estaba en lo cierto: hay una descomunal desproproción entre lo escasísimo que sabemos y la casi infinita vastedad de lo que ignoramos.
Suele asociarse a la ignorancia con la falta de esa riqueza indefinible llamada "cultura general". De acuerdo a este enciclopédico criterio, una persona que sabe cuál es la capital de Sri Lanka, o que puede recitar en correcto orden cronológico el listado completo de presidentes argentinos se encontraría situada unos escalones por encima de quien no posee tales conocimientos. Y, en cierta forma, es así; pero sólo en cierta forma. Siempre es preferible, claro, contar con información precisa en abundancia antes que carecer de ella y andar por la vida atribuyendo la autoría de "Para Elisa" a Richard Clayderman, o confundiendo la Torre Eiffel con la de Pisa. Pero las herramientas son una cosa, y el resultado perseguido al usarlas, otra. Así como el pincel no es el cuadro y el horno no es el pan, la mera acumulación de datos no necesariamente equivale a sabiduría. Mal que les pese a unos cuantos, la ignorancia ilustrada existe. Y, por lo general, termina siendo más nociva que la que no lo es.
Los profesores de Filosofía enseñan que hay un saber científico y hay un saber vulgar. Por analogía, entonces, deberíamos concluir que hay también una ignorancia científica, nacida del desconocimiento de cuestiones técnicas que sólo se pueden aprender estudiándolas metódicamente, y una ignorancia vulgar, nacida de la falta de experiencia sobre un tema o asunto concreto. Somos individuos limitados por naturaleza y, por lo tanto, incurrimos a diario en ambas formas de la ignorancia. A lo sumo, podemos dar cátedra sobre tres o cuatro temas que nos conciernen de modo muy directo, pero en lo que respecta al resto de las humanas materias, seguramente no podríamos aprobar ni siquiera el más elemental de los exámenes.
En realidad, la amplitud sideral de nuestra ignorancia no constituye en sí misma un problema. Porque si asumiéramos frente a ella la modesta actitud del bibliotecario de la anécdota, viviríamos en un mundo apacible o, en todo caso, menos contaminado de excusas aptas para dar origen a disputas y conflictos. El problema es que a nadie le gusta reconocerse ignorante, y entonces se nos da por opinar. Opinamos, opinamos, opinamos. Vivimos opinando. Opinamos sobre prácticamente todo. En la cola del banco, en el trabajo, arriba de un taxi, en el trasnoche de un asado o llamando a las radios, nos dedicamos a descerrajar apologías y rechazos con alarmante liviandad, perpetramos fórmulas magistrales para dar solución a los problemas del vecino, del barrio, de la ciudad, del país y del planeta. Y de buena fe -eso es justamente lo peor: la buena fe- creemos estar respaldados por sólidos argumentos para hacerlo, cuando la triste evidencia marca que, si fuésemos estrictamente sinceros, deberíamos reconocer que el noventa por ciento de las cosas que decimos a diario, las decimos sin tener cabal idea de aquello sobre lo cual estamos hablando.
Opinamos, opinamos, opinamos. Opinamos destilando intolerancia hacia las minorías cuando estamos incluídos en la mayoría. Opinamos con furibundo desdén hacia la mayoría cuando la minoría somos nosotros. Opinamos sobre vidas ajenas sin detenermos jamás a legitimar la perspectiva del otro. Opinamos sobre cuestiones sociales, políticas y económicas sin ponernos a considerar la flagrante inviabilidad que caracteriza a nuestras propuestas. Opinamos creyendo que sabemos y resulta que en realidad no sabemos. Y cuando no se opina desde el conocimiento, se opina desde el prejuicio, desde el resentiniento, desde la repeticion irreflexiva de lo que dijo algún famoso en la tele, desde la insostenible creencia egocéntrica de que lo que nos pasó a nosotros es ley universal que se aplica a todos los demás sólo porque nos pasó a nosotros. Opinar así no sirve. Opinar así no ilumina, no construye, no mejora. Sólo constituye, "un aporte más a la confusión general", como rezaba aquel viejo eslogan de "La Noticia Rebelde".
"Lo que probablemente falsea todo en la vida", dijo Sacha Guitry, "es que uno piensa que dice la verdad sólo porque dice lo que piensa". Sería conveniente tener siempre en cuenta esta formidable apreciación. Y aprender a callarnos un poco. Y dedicarnos sólo a esas tres o cuatro cuestiones que realmente conocemos a fondo. Y dejar, de una buena vez, que sobre el resto de los temas sólo hablen los que saben.
Sería conveniente, sí.
Se los digo yo, que me las sé todas.

Alfredo Di Bernardo
de Crónicas del Hombre Alto (nº 48)
alfdibernardo@fibertel.com.ar

Alejandra Denning: Veo gente matándose



Veo gente matándose
y al ver que mis palabras no existen
me pregunto si la muerta no seré yo.

Veo gente haciendo elecciones de vida
que sólo logran enterrarla más.

La belleza,
pasa por el nivel de enredo
haciendo de la punta del ovillo una utopía.

El placer,
es sólo para una efímera parte del ser
embadurnando de malaria a todo el resto.

La multitud,
-con los ojos medio cegados-
es manejada como caballo manso

todos van hacia adelante
sin atinar a erguir sus cuerpos
ni sacar la fuerza capaz de tirar al tirano
para ahorcarlo en su propio látigo.

Alejandra Denning
www.aledening.com.ar/blog

Mónica Russomanno: Tierra asentada



Me cuenta Miguel lo que otros contaron, que es una forma de homenaje a los narradores, a lo narrado, a la memoria que se derrite como el hielo en verano, que se esfuma, que tiende a desaparecer.
Y me cuenta Miguel que le contó Antonio que su padre, brazos en jarra frente al mar, le dijo “qué lecos está mi casa”, italiano frente al mar, italiano frente al océano, frente a la inmensidad del espacio pero más del tiempo. “Qué lecos está mi casa”, y le aclara “mi casa de la infancia”. Todo un mar, señor Cali, todo un mar entre su Italia y la América.
Y cuenta Miguel que su amiga Inés le dijo una historia, me imagino historia contada a media voz, historia de sobremesa, cuando la luz he decaído, la emoción florece y los vellos sutiles propenden a erizarse frente a lo intangible, a lo tan real que se puede tocar con esos, los dedos verdaderos del comprender por completo.
Inés le contó a Miguel que su mamá llamó a un taxi, le dio la dirección de su casa para volver a ella, y el taxista comprobó que la casa a la que la señora quería dirigirse era esa de la cual había salido recién para tomar el taxi. Sería, me imagino, la casa de la infancia. Pero ella no quería volver a esta casa presente, a esta casa donde ella es vieja y su hija ya no juega ni llora con las rodillas raspadas. Ella no quiere esta casa repintada, transformada, con gentes distintas a fuerza de calendarios y sucesos y vida que transcurre. Ella quiere volver a su casa de la infancia.
El océano del tiempo la separa de esa casa de fantasmas. Cómo podría ser esta casa la casa de la infancia, si aquí papá no está, si en esta cocina las manos de mamá no amasan los tallarines en la mesa empolvada de harinas pasadas, ya irremediablemente posadas en la madera que ya no está.
Y mi madre vuelta a su Euskadi que me dice que aquí por donde pasa la autovía era la fábrica, y aquí donde ya nada hay, en este sitio que ya no es pero fue, ella jugaba. Y el señor Coiro con sus ojos de cielo, plantando en este clima dos sufridas parras y un nogal retorcido para traerse un pedacito de su paisaje de montañas.
Me doy cuenta de que esta es una tierra de gentes sin hogar. Mudados de ciudad o de país, mudados de casa, pocos pueden atrapar el polvo dorado que los rayos de luz orlaban para sus abuelos. Me doy cuenta de que esta tierra es una tierra de gente trashumante, que tiene la extraña costumbre de envejecer, de perder amigos familia y conocidos, de viajar el tiempo que aleja aleja aleja irremisiblemente de las casas de la infancia.
El papá de Antonio, brazos en jarra delante del mar, del infinito mar, descubrió que la casa de la infancia estaba lejos. Que la infancia estaba lejos. Que era un marino del océano del tiempo y del espacio.
El polvo de los altillos se asienta en los suelos de madera. El libro troquelado se va cerrando, la casita se pliega, queda el mar. Se escucha en el silencio un reloj.


Mónica Russomanno
russomannomonica@hotmail.com

Silvia Loustau: El huésped



El huésped (*)

No recuerdo el día exacto en que llegó a casa. La casa grande, cerca del río, en San Isidro. Con mi hermana lo empezamos a presentir. Suponíamos que lo había traído papá. A veces creíamos que lo habían dejado abandonado en el jardín. Pero depuse se impuso, como un huésped más, de tantos que venían a casa. Se impuso cuando cerraron la puerta del cuarto de servicio, donde había un amplio placard dentro del que mi hermana y yo jugábamos a la cueva secreta. Ese cuarto en el que Sofía, de apenas cuatro años, pintaba con crayones, mientras yo leía historietas.


Al principio no supimos qué era. Imaginábamos un duende silencioso, acechando; acechando tras alguna puerta. Nuestra vida parecía normal. Lo único que nos diferenciaba de otros chicos era la cantidad de tías y tíos que solían pasar algunos días en casa. Cuando ellos estaban algo caminaba por la garganta de los mayores. Susurraban en vez de hablar. Se encerraban a conversar, y si de pronto mi hermana o yo entrábamos se hacía un silencio súbito. Si estaba papá levantaba una ceja y dejaba el mate o el pocillo de café en suspenso. En esos momentos se oía su aleteo.


Algo había en la casa que se podía palpar. Lo sentíamos Sofía y yo, mamá y también Papá. Vivir de esa manera era como vestir una túnica helada y nadie puede entender como es si no se la ha probado. Y aún después de probarla es difícil de contar. Todos habían cambiado. Mamá estaba más nerviosa, de pronto nos retaba y de inmediato nos abrazaba hasta cortarnos el aliento. O lloraba por cualquier cosa, al escuchar alguna noticia, porque papá volvía del hospital mas tarde de lo acostumbrado.


Papá también cambió y él que siempre nos explicaba todo comenzó a decir: no preguntes más o ya lo vas a entender. Sofía empezó a llorar por las noches y a mojar la cama. O se enfurecía, porque mamá cerraba la puerta del baño para ducharse, entonces Sofía lloraba y golpeaba la puerta gritando : abrime, mami, abrime. No te vayas, mami. Y entre el llanto y los mocos aparecía el pis. Mamá la abrazaba, murmurando: no te asustes, mi chiquita, no te asustes. Recuerdo que Sofía me daba mucha pena. Porque desde mis siete años su temor parecía mucho más grande que el mío.


Y algunas noches la imaginaba durmiendo con eso, o que quizá la espiaría desde detrás del sillón o aparecería debajo de su cama y con una mano muy fría le apretaría el cuello hasta ahogarla o hasta que mojara nuevamente la cama.


A menudo nos enviaban a jugar con Manuel, el hijo de nuestro vecino. Teníamos la misma edad. Una tarde mientras jugábamos le pregunté si él tenía miedo. Contestó que sí. Que por las noches. Que él creía que el miedo salía a dar vueltas por las noches. Que a veces te podía esperar con ojos refulgentes en medio de la oscuridad o dentro de un placard. Esa misma noche, cuando todos dormían, fui a la habitación de Sofía y me acosté a su lado. Juntos. Como cuando éramos chiquitos y nos ponían en la cama grande de los abuelos. Pero no siempre podía ir hasta el cuarto de mi hermana, porque a veces sentía eso parado cerca de la puerta. Su sombra enorme, enorme. No me dejaba pasar. O sentía su respiración, pegajosa, resoplándome en la nuca. Entonces era yo quien se despertaba llorando. Ahogado. Mamá entraba en mi cuarto y mientras me calmaba le decía a papá: son pesadillas, son malos sueños. Pero papá contestaba: no, es el asma.


Nos gustaba ir a jugar a lo de Manuel. No sólo por las hamacas que había en el jardín, sino porque su papá, que era aviador, poseía una colección de aviones en miniatura. Los días lluviosos nos permitían jugar con ellos. Recuerdo en especial una tarde en la que el papá de Manuel estuvo un largo rato con nosotros. Nos explicó las diferencias entre los modelos y nos preguntó, a Sofía y a mi , si nos gustaba volar. Sonriendo cargó a mi hermana sobre sus hombros y nos prometió que un día nos llevaría en un vuelo. Cuando el cielo estuviese claro. Sin nubes. Y qué pequeñita veríamos la ciudad de Buenos Aires y que ancho, ancho era el Río de La Plata visto desde lo alto. Y que si el cielo estaba muy, muy claro- agregó- se nota donde el río se une con el mar. Y recuerdo a Sofia. Riendo sobre los hombros del papá de Manuel y pensé que ella debería creer que si volábamos muy alto dejaríamos abajo las pesadillas y los aleteos extraños.


Una mañana mamá nos despertó muy temprano. Agitada. Mientras peinaba a Sofía nos dijo que nos íbamos por unos días al campo, a casa de los abuelos. Que no me preocupase por las clases. Que me vistiera rápido. Que no, no podía despedirme de Manuel. ¿ Y papá? ¿Y papá?. Se había quedado a dormir en el hospital porque el tío José había tenido un accidente. Que luego iría para el campo. En unos días. Cuando nos sentamos a la mesa algo punzante y helado se sentía en cada sorbo de café con leche. Estaba también en las manos de mamá, que temblaban levemente, cuando le alcanzaba galletitas a Sofía. Yo miré los bolsos, ya listos, y supe que aquello innombrable estaba guardado, como un frío pañuelo blanco, entre cada una de nuestras prendas.


Cuando la casa fue quedando atrás tomé la mano de Sofía y pensé que quizá ahora no iba a mojarse más la cama. No. En la casa de los abuelos no. Todo volvería a ser como antes. Como antes de la llegada de aquel huésped de quien no sabíamos el nombre.


Y esta noche mientras mi hija recién nacida duerme junto al pecho tibio de mi mujer, veo aparecer en la pantalla del televisor al papá de Manuel. El papá de Manuel que llora. Casi babea. Mientras relata que él manejó aviones sobre el Río de La Plata y se disculpa diciendo que él solo manejó los aviones. Yo no tiré nunca un cuerpo- agrega- nunca un cuerpo. Y lo repite una y otra vez.


Entonces pienso en mamá, a la que algunos creían loca, como la Ofelia de Shakespeare, arrojando claveles rojos al río, para los cumpleaños de papá. Y pienso en Sofía, que nunca quiso volver a Buenos Aires. Y siento otra vez, en mi nuca, la respiración del miedo. El miedo. El llanto y las manitos moradas de mi hermana. El asma. Y vuelvo a observar el rostro tenso, los ojos vidriosos del padre de Manuel. Y comprendo que el miedo está allí. Sentado con ese hombre que llora. Casi babea.


Silvia Loustau
http://www.silvialoustau.blogspot.com/

(*) Este cuento obtuvo en octubre del año pasado el 1º Premio Nacional Narrativa auspiciado por la Universidad de Córdoba 2007. Acaba de llevarse al cine en un cortometraje que será presentado el próximo sabado 25 de abril en la sala de "3 al cubo", de la Ciudad de La Plata, en la cual ha sido realizado.

Para leer a Analía Pinto

Analía Pinto

No dejen de conocer a esta "escritora, poeta, editora, redactora, correctora, ex pitonisa y astrológa, ex operadora de call center, ex chat animator, referencista del SeDiCI, bibliotecaria amateur, bibliófila, periodista cultural a ratos, cronista teatral para ANSud, blogger, próxima guionista de historietas, traductora intuitiva del inglés y el latín, melómana, simpsoniana, musa, groupie y vestal siempre ardiente!" (como ella misma se autodefine en su perfil de Facebook) visitando los siguientes links:

http://curvasydesvios.blogspot.com
http://nuevorumiante.blogspot.com
http://matrizdepoemas.blogspot.com/
http://abisalfauna.blogspot.com
http://poemasimagen.blogspot.com

“Los que sufrimos la alucinación constante de la realidad no necesitamos alucinógenos.” Francisco Umbral, Mortal y rosa.

Marta Zabaleta: Sonidos



Imagen: Pax de deux, por Miguel Ruibal
Miguel Ruibal lugares en la web:
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El piar

de los pollitos

al nacer



el canto

de los búhos

en la noche



la lluvia

cuando caía

y mi madre me decía

recuerda, Martita,

a los niños

que no tienen techo


la bocina

del Ford

de mi padre



el rebuzno del burro

que me llevaba un día

en las sierras de Córdoba

y casi nos caímos

juntos

del puente al río



el ruido

de la escopeta

de mi papá

cuando íbamos a cazar

los domingos




las plumas que entonces caían

de cuarenta perdices

y de una liebre

el rabo caliente



el chirriar

de la grasa

sobre las brasas

del asado



del silencio

cuando mi perra

secuestrada por el gavilán

cayó al suelo



el último

de los ladridos

de uno de mis perros

el Tupac, que mi padre...

y el sonido del revólver



el aletear

del arroyo

los días

de crecida



el pitear de la locomotora

al entrar en el puente ferroviario

y la huida de palomas

dos veces al día



el coro de mi madre.


Marta Zabaleta
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* http://www.martazabaleta.com/
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Juan Sasturain: Felisberto



Por Juan Sasturain

“Me parece que cada vez escribo
mejor lo que me pasa; lástima que
cada vez me vaya peor.”
Un personaje de Las dos historias, de Felisberto Hernández

Hay tipos que no necesitan apellido. En la literatura de estos pagos idiomáticos hay varios casos notables. Quiero decir escritores singulares en nombre y obra: Macedonio, Oliverio, Alfonsina, Celedonio, Baldomero. Para qué ir más lejos de esos nombres raros, aparatosos, ponerles (recordar) apellidos dignos de omisión, prescindibles por grotescos, como Girondo; o por transitados, como Fernández o Flores... Uno los piensa de chicos, en qué momento empezaron a tener cara y pinta para bancar un nombre así.
De todos los casos, el más alevoso es el de Felisberto. Es el tercer Hernández que aparece en el fichero de la memoria (un concepto que le hubiera gustado) de cualquier lector más o menos informado, después de dos poetas generosa y justamente populares: el barbado José que inventó la sextina con opinión y el martirizado Miguel que le dio su “árbol carnal” a los cirujanos y letra a Serrat. Felisberto Hernández no fue/es ni poeta, ni popular; y cuando opinó políticamente, mejor que no lo hubiera hecho. Y sin embargo, o sin embargar nada –que no hay qué–, el uruguayo es uno de los narradores más deslumbrantes de la lengua, un tapado oriental que nunca termina de mostrar del todo la hilacha del genio insoportable.
Como suele pasar con los escritores que dejan marca, con él todos tenemos una primera vez. O varias primeras veces, si cabe. Así, creo que el primer cuento de Felisberto que leí fue “El cocodrilo”. Estaba en una antología del Centro Editor de América Latina hecha por Luis Gregorich de principios de los ’70: Cuentos de dos orillas, con autores argentinos y uruguayos. Y me impresionó –no se parecía a nada, estaba tan bien escrito– tanto como me deslumbró ayer que volví a leerlo, otra vez, en un repaso de las no más de cuatrocientas y pico apretadas páginas en la edición de la Biblioteca Ayacucho. Con Felisberto, y sólo sucede con los grandes, la última lectura es como (o mejor que) la primera: hay una escritura inagotable ahí.
Y el personaje que escribe, el evasivo señor Hernández que firmaba libros y figuraba al piano en los programas musicales, de algún modo también lo es. La primera nota que me reveló (en parte) a ese personaje la escribió Tomás Eloy Martínez en La Opinión en el ’74: “Para que nadie olvide a Felisberto Hernández”. La nota incluía, como bonus track, el formidable cuento “Ursula” (“Ursula era callada como una vaca”), nunca reunido en libro hasta la edición de las obras completas de Arca, en seis tomitos, que supongo se terminaban de completar por entonces. Aquel texto de Martínez –el mejor de los que después reunió en el excelente Lugar común la muerte– mostraba un Felisberto que diez años después de su muerte seguía, en Montevideo y de memoria, convocando mujeres (Madre mayúscula, hermana, hijas perdidas, viudas varias y entreveradas) y desconcierto crítico a su alrededor. El escritor extraordinario, claro. Pero sobre todo el pianista itinerante de los pueblos del interior, las orquestitas y los conciertos rasposos; el enamorado inmaduro que volvía a dormir la siesta con su mamá para terminar en pensiones de mala muerte; el gordo blandito del final que hubo que sacar, muerto e hinchado, por la ventana, una tarde de enero del ’63. Incluso, el personaje público se había permitido la borgeana gansada de hablar por radio en virulentos programas de propaganda anticomunista en plena Guerra Fría, un oprobio ilevantable para críticos ciegos, sordos y con anteojeras ideológicas indignas del maravilloso caballo de La mujer parecida a mí.
Por esa época también tuve, con Felisberto, mi primer hallazgo. Un hallazgo extraordinario, de ésos que a los rastreadores de librerías de usados nos enorgullecen toda la vida: encontré, en un ocasional local tipo galpón de Florida donde liquidaban libros de toda clase, la primera edición, la de 1942, de En los tiempos de Clemente Colling, el primero de los textos en que Felisberto –después siguió con El caballo perdido y Tierras de la memoria– se metía con el mundo de la infancia antes y después del piano, iniciaba una aventura memoriosa hacia atrás y hacia adentro que el larguero Proust sin duda habría envidiado, empezaba a trabajar esa zona tan suya de curiosear y escribir sobre aquello que no conocemos del todo, lo que se resiste, como misterio a ser desculado.
Aquél era un librito flaco y humilde, sin abrir después de tres décadas largas, que aún conservaba entre sus páginas la hojita –creo que azul– en separata que consignaba la lista de los amigos de Felisberto que habían contribuido a su publicación y reproducía el elogio inaugural y recitado de Jules Supervielle. Se lo terminé regalando a un fervoroso amigo uruguayo a cambio de no sé qué pelotudez, un libro de crítica, creo. Imperdonable.
Imperdonable fue también, seguro, la ceguera crítica que rodeó a Felisberto en su momento. Pese a que en los ’40, antes y después de su excursión parisina de posguerra, publicó en Sur y en La Nación alguna cosa, era “muy raro” lo que hacía. Pero hay que ubicarse: no estaba solo en el ninguneo. Entre el ’47 y el ’51, para darse una idea, se publicaron en Buenos Aires –en Sudamericana, Emecé y editoriales menores– Nadie encendía las lámparas, Sombras suele vestir, Ferdydurke, Adán Buenosayres, La vida breve y Bestiario, obras de narradores nuevos o no tanto que pasaron cómoda, cínica, necia, alevosamemente casi inadvertidas (en su excepcionalidad) para la crítica y sobre todo para el público en general. Durante largos años, esas ediciones languidecieron apiladas en los sótanos respectivos hasta que la fama ulterior y el reconocimiento a los autores las fue a sacar de la humedad y el olvido. Pero la compañía de Onetti, Gombrowicz, Bianco, el castigado Marechal y Cortázar –su amigo en diferido– no deben haber conformado ni escandalizado a un Felisberto acostumbrado a mirar poco a los costados. Eso también tiene su costo.
Todo esto viene al caso porque en estos días Felisberto Hernández ha vuelto a la novela, pero esta vez como personaje. La historia es bárbara (y patética) y muchos la conocen, pero la resumo brevemente acá. Hace algo más de una década, el periodista e historiador uruguayo Fernando Barreiro descubrió –de descongeladas fuentes europeas– un hecho extraordinario: la elegante española María Luisa Las Heras, la mujer que Felisberto se trajo de París en 1948, a la que dedicó Las Hortensias y que se convirtió en su tercera mujer durante un par de años en Montevideo, no se llamaba así, ni era una modista prestigiosa muy dedicada a su ruidoso taller de costura.
Nacida en Ceuta, María Luisa se llamaba en realidad Africa de Las Heras y era una espía, veterana de la Guerra Civil Española y agente encubierta de la que sería la KGB soviética, que antes había participado en el armado del asesinato de Trotsky. Africa, cumpliendo órdenes precisas, sedujo al escritor uruguayo en París y una vez establecida su sólida cobertura en Montevideo se dedicó a montar su transmisor clandestino y una red de espionaje que se extendería por toda América y duraría muchos años más que el efímero matrimonio. Más stalinista que simpática aventurera, Africa se quedó hasta la década del ’60 en Uruguay y jamás fue descubierta. Murió llena de honores y medallas en vísperas de la caída de la URSS.
La novela reciente que hace centro en María Luisa/Africa y en este episodio extraordinario muestra a un Felisberto inevitablemente penoso. Tras leer La muñeca rusa, de Alicia Dujovne Ortiz, no pude evitar –pese a la destreza narrativa y la suelta escritura– que me dieran ganas de irme de ahí, de un relato inteligente sin amor ni grandeza en que lo veía gordo, enfermo mamero, frágil y egoísta, un pelotudo al fin, casi un mal bicho. Algo habrá hecho, claro, qué duda cabe. Pero sobre todo algo habrá dejado de hacer, según los vivos y equilibrados, para no darse cuenta de nada. Felisberto estaba en otra. El que quiera saber en qué, tire todo lo que está leyendo y métase en El comedor oscuro, vaya a escuchar Mi primer concierto y visite La casa inundada.
Después me cuenta.

Juan Sasturain
Fuente: http://www.pagina12.com.ar/

Virginia Edit Perrone: Trazos de marzo



Metáfora...., quiso definirla,
Texto, Diccionario, Academia,
y quedó sembrada de su propia violeta.



A trasluz, mientras la orillo, mi
sombra me hace su propia
sombra.



El árbol de la siesta duerme mi
infancia en el lugar que ya
no visito.



Suelto lo que nunca tuve y
recupero mis manos.


Las hojas del otoño viajan
solas, y cenizan las tardes.



Una despedida que se dice
a sí misma, como otra hoja
viajando su ceniza.



No puedo beber de la copa
que soy. Aquí mi vid.



Otra vez Ulises ocultado
de sus ojos espera su
tramo de eternidad.


Penélope desanda las cuentas
del Amor y se vuelve ovillo.


El niño pecho sin pájaros muerde
su propia simiente, y espera.
En el Mundo no hay destino para
todos, -le dicen.



Soy este debajo, tan Letra, tan
desguarecida, sólo conquisto mi
cuerpo haciéndome Palabra.



Un durazno arranca su carozo
y cae herido de sueños, herido
dulce en sus orfandades.



El rayo del amor curva toda
perpendicular,
los cuerpos comban sed en
océano.



Empujo insistente mi carne, le doy
cuerda a este pájaro de palabras,
y canto.


De repente nacía. Les dije:- sopa,
mamadera, Amor. Algo estuvo bien,
y vinieron las Palabras.


Zurcir días plegados sin planisferio
y lloverse otoños hasta
desembarcar octubre.



Luna adentro, toda hierba y
balcón, soy la misma,
soy adentro.


Mi barril gitano guisa
amores de viento,
amores de fuego.


Mira desde la foto la intemperie
que no fui. Me mira nena, pregunta
de futuro, y yo, tan hoy, violeta,
tan gracias Papi.


Suerte marinera la del nudo,
enlaza sal mientras tu barca me
navega.


Me empuja, la Poesía me
empuja borde, acantilado,
y ni siquiera tiene bautizo
la muy anónima.


Adán la busca huyendo, arranca
todas las manzanas, desdice la violeta.
Y Eva es su tinta, su destierro.


Virginia Edit Perrone
http://virginiaperrone.blogspot.com/

Miguel Angel de Boer: Contramaestre, mar y viento



A mi padre: Dn.Wietze (Guillermo) Klass (Claudio) de Boer (*)



El mar alguna vez se le prendió del costado, haciéndolo vicioso de horizonte, tiempo después de haber aprendido, en el campo, a disponer del paisaje. Tal vez por eso tenía los ojos tan profundos, de sal, de tiempo y de distancia, éste hombre del que estoy hablando.

El mar es un conquistador de espíritus. Estemos cerca o lejos, siempre nos alcanza. ¿Cómo entonces a él no lo iba a encadenar con sus anclas de ausencia?

Casi toda su vida le dió el contramaestre, en el vientre salobre y desnudo del muelle, donde olían los barcos a petróleo y se esparcían, entre las nubes, los cuentos y las carcajadas.

¿Cómo dudar entonces, que le dolió el descanso, que odió que lo jubilen, que le quitaran lo suyo, esa dulce poesía que le encontró al trabajo?

Pero disimulaba. Hablaba de libros, sueños, hacía proyectos, se la pasaba contando. Pero ¿Quién no lo sabía?¿A quién le cabían dudas que mucho del gigante estaba templado en algas, en mangueras y viento, ese mismo viento que, de joven, solía acompañarlo cuando recorría leguas al galope para ver a su amada?

Hay una forma antigua de ser grande, hay algo que llevan estos tipos que crecen por dentro, un modo de juntar los pedazos de su vida y las arman en esa mezcla rara que llamamos alma. Y eso asoma. En la locura de treparse a las torres, de pararse en las proas de las lanchas burlándose de las tormentas, danzando, de no frenarse nunca ni con la edad ni con nada, menos aún si de ayudar se trata. Le salía por los poros al grandote tozudo e ingenuo. Convencido que la vida era para vivirla y que Dios estaba de su lado pasara lo que pasase.

Por eso, hasta la muerte, cuando vino a tumbarlo, tuvo que pedirle permiso, invitándolo respetuosamente a subirse a su coche de gusanos y olvido.Y sólo porque él aceptó, ya cansado, pudo llevarlo. Ya había fracasado otras veces, sabiendo con quien se enfrentaba, mientras él se divertía, jactándose con sus anécdotas, riéndose, aún de las penas.

Por eso es preferible no decir nada. Es mucho tamaño, mucho esfuerzo para poder apreciarlo con palabras.

Por eso mejor callarse y recordar al hombrón en silencio. Así no queda el vacío, sino el amor que él nos dejó por siempre. Eterno.

Miguel Angel de Boer

17/06/99
Comodoro Rivadavia, Chubut
Argentina



(*) Nació en 1912 y falleció el 4 de abril de 1974.

Carlos Carbone: Cazadores



El camarógrafo se acerca al león

es encantador ver el entusiasmo por su toma

cada vez mas cerca de su presa.


El poeta se acerca al poema

es encantador ver el entusiasmo por sus palabras

cada vez mas cerca de su presa.


El camarógrafo sigue al león.

El poeta sigue al poema.


El león merodea y de reojo mira

a su presa.


El poema merodea y de reojo siente

el calor de su presa.


El camarógrafo se queda sin aliento

cuando el león avanza sobre él.


El poeta se queda sin aliento

cuando el poema entra en él.


El león salta sobre el camarógrafo.


El poema salta sobre el poeta.


El camarógrafo huye.


El poeta no.


Carlos Carbone
ccarbone71@gmail.com

Fabio Morábito: La lenta furia



Una de las novedades abril de Eterna Cadencia Editora.
Un verdadero descubrimiento: La lenta furia, de Fabio Morábito.

Fabio Morábito, extraordinario narrador, poeta y traductor mexicano es publicado por primera vez en la Argentina.
La lenta furia es una colección exquisita de relatos tejidos con un lenguaje del todo particular y una atención propia de un orfebre sobre sus artefactos siempre pequeños, metáforas de la enormidad latente en cada partícula del universo.
Un autor que no podía seguir faltando en las librerías argentinas.

Desconcertantes y fascinantes, los relatos de este libro revelan el hervor descomunal que se oculta tras la apariencia tranquila de las cosas, esa suerte de temblor que recorre las existencias empeñado en localizar “los puntos débiles y las capas más blandas, siempre en busca de la lisura que agrietar, de la suavidad que desfondar”.
Un niño que sale a jugar con otro a quien no soporta; un joven fastidiado por el tedio de unas vacaciones en casa; una patrona convencida de que las sirvientas son todas unas ladronas; un turista varado en una aldea; unas madres que en época de celo se trepan a los árboles para acechar a sus presas; un hombre cuya única afición es huir; una familia de diligentes traductores que termina aniquilándose; un padre que no se resigna a la insustancialidad de su vida; todos ellos proyectan un mundo donde se respira un aire ominoso, siniestro y hasta fantástico.
Un puñado de cuentos estremecedores, de prosa exquisita y transparente, que recuerdan las verdades insustituibles y elementales de la vida.

Biografía
Fabio Morábito nació en Alejandría, Egipto, en 1955. Es narrador, poeta y traductor. Hijo de padres italianos, vivió su infancia en Milán y a partir de los quince años en México. Es autor de Lotes baldíos (1985), De lunes todo el año (1992) y Alguien de lava (2002), en poesía, y de dos libros de ensayos, El viaje y la enfermedad (1984) y Los pastores sin ovejas (1995). Caja de herramientas (1989) participa tanto del ensayo como del poema en prosa y fue traducido al alemán y al inglés. En narrativa, ha publicado La vida ordenada (2000), También Berlín se olvida (2004) y Grieta de fatiga (2006, de próxima aparición por esta editorial), además de un libro para niños, Cuando las panteras no eran negras (1996). Paralelamente, ha traducido del italiano a diversos autores, como Eugenio Montale, de quien publicó la poesía completa en 2006. Acaba de salir en España su primera novela: Emilio, los chistes y la muerte.

Fuente: http://eternacadencia.wordpress.com/2009/03/31/la-lenta-furia/

Delfina Acosta: Historia de amor



Era caída la tarde. Pude saber que llegaba a casa porque el portón rechinó.
El perro de la casa lo recibió festivamente.
Yo le dije el mimo al que lo tenía acostumbrado cuando abrí la puerta: “Pero si vas a resfriarte con el fresco de la calle”
Los hombres son niños. Y son las mujeres quienes los transforman en adultos.
Ellos están acostumbrados a convertirse en gente mayor - recién - cuando se enamoran y deben aguardar bajo la farola de la cuadra, golpeados por los insectos de luz, que el reloj de la iglesia dé las ocho, para encarar la noche de luna llena.
Es entonces cuando el alma de los murciélagos se apodera de los hombres, y comienzan a merodear alrededor de tu casa, para después convertir su amor en aquel golpeteo incesante de la rama del boj contra los vidrios de tu ventana.
Si lo sabré yo.
Mario entró. Me dijo que estaba bonita.
- Tienes un brillo especial en los ojos. ¿Entonces has leído “Veinte poemas de amor y una canción desesperada”? - me preguntó, mientras besaba mis mejillas.
- Todavía no - le contesté.
Debo contar que me amaba. Me reprochaba que no le permitiera besarme más tiempo, aunque le explicaba que la cuestión era que no me mordiera la lengua. Lo adoraba.
Me miraba en el espejo y esperaba que el espejo me mirara para empezar a dibujar una especie de grabado artístico sobre mis párpados.
Así, cuando cerrara los ojos, subida sobre el piano, mientras él golpeaba las cuerdas con los macillos, Mario sabría sacar el verdadero espíritu de Chopín de esas teclas de marfil.
Sólo faltaba que perdiera la salud y se muriera en víspera del otoño para que nuestro amor se convirtiera en una tragedia de esas que se llevan a la pantalla de cine o de aquellas otras que cuentan las madres religiosas a sus hijas, para echarles miedo encima y espantar al primo pobre, el inesperado pretendiente de la familia.
Un último sol de oro, el sol crepuscular, intentaba levantar el ánimo de la tarde, posándose sobre las rosas amarillas de los canteros de mi jardín y sobre aquel chorro de agua que salía de las fauces de un león por cuyas melenas trajinaban lagartijas amarillas.
De golpe, el sol se desplomó. Había oscurecido.
Mario bajó la tapa del piano. Pero ya no era él.
Había muerto.
No recuerdo qué ocurrió luego; sólo sé que semanas después, cuando el viento soplaba con fuerza en las calles y hacía rechinar el portón, yo me encontraba contando las cucharadas de azúcar que revolvía en mi té de tilo, y en mi otro té, el de las semillas de manzanilla, buenas también, según decían, para los nervios.
El perro se volvió tristón.
Un día él vino de nuevo a casa.
Caí semi-desvanecida sobre la alfombra.
- ¿Pero cómo has hecho? - le pregunté.
- Ah..., creí que tú lo sabías mejor que yo. Me has invocado, Margarita. No has hecho más que llorar y llamarme durante mi ausencia, cuando estaba...
- No digas esa palabra.
- Se quedaron con la propiedad de San Telmo mis hermanos María y Alberto, de modo que tendré que vivir aquí, por un tiempo, y dormir sobre el sofá. Haré el café para los dos esta vez - me dijo muy animado.
Me sentí conforme al escucharlo resolver con tanta simplicidad su muerte y su permanencia en la casa.
Cada noche, cuando me levantaba para asegurarme de que las barretas cilíndricas de hierro estaban corridas, lo encontraba escribiendo con entusiasmo.
¿Qué podría escribir un hombre muerto?
Me figuraba que tendría poco apetito. Pero todas las mañanas se servía un tazón de leche de cabra acompañado con rosquillas untadas con dulce de higos. Como a las nueve y media tomaba más de cinco o seis tazas de café.
Almorzaba en una pieza, que funcionaba como ático. Un almuerzo importante: tortillas de arroz con una guarnición de ensalada rusa, y otra vez, un café espeso y caliente.
Al principio no me incomodó que dejara los cubiertos sucios en el lavadero, y que la leche hervida se añadiera como costra a las mesas de la sala y del comedor.
Pero luego me saturaron tantas cáscaras de huevos, tantas semillas de cítricos arrojadas fuera del basurero que atraían a las cucarachas, las cuales, una vez reventadas por mis zapatillazos, atraían a su vez a las hormigas.
Me sentía disgustada.
Tantas cosas no funcionaban bien en nuestra relación.
Y Mario era el menos interesado en escuchar los planteamientos que le hacía.
- Pero es que ya no puedo. Estoy cansada de lavar los platos sucios - le grité una tarde de fina llovizna sobre los bulbos de los crisantemos.
El viernes 23, a la noche, cuando me levanté para ver si los cerrojos estaban corridos, no lo encontré. Hallé sobre la mesa sus papeles, medio barridos por un gesto desesperado.
Era su diario. No quería leerlo porque sabía que ésa era una de sus tantas estrategias para volver a la vida y empezar a discutir, a aflojar, a fingir indiferencia, a pedir perdón.
Y yo ya no estaba en condiciones de discutir con un muerto.


Delfina Acosta
delfina@abc.com.py

3 breves poemas de Jorge Isaías



UN OTOÑO

Primero era el Otoño,
el dulce Otoño y sus silencios oscuros,
sus hojas caídas
sobre el patio.
Después los árboles
limpios,
con muñones lejanos
clavando el cielo taciturno.
Los pájaros fueron
nada más que sucios claros
ennegreciendo el aire.
Alguna que otra flor ascendía
dando olor a la tarde.

Yo remontaba mi parco
barrilete por el cielo.


EL MAÍZ QUE NO SEMBRAMOS

El maíz que no sembramos
fermenta dentro nuestro
y su aborrecido alcohol
insiste
deplorando de cielos.

El maíz que no sembramos
germina sin verdecer
en su hojita leve y solitaria;
aduce otra indolencia
olvida otros perdones
y nos aquieta
pudriéndonos de a poco.



LA POESÍA

Todo incauto supone
que la poesía
es papel en blanco
y una máquina eléctrica.

Todo ingenuo
supone
que la llama hace el fósforo.

La poesía brilla
debajo del barro.


Jorge Isaías
De su libro UN VERSO RECORDADO
Ediciones LA CACHIMBA Rosario
Diciembre de 1988
jisaias46@yahoo.com.ar
Enviado por Rubén Vedovaldi

Werner Herzog y el peso de los sueños



Werner Herzog tardó casi veinticinco años en dar a imprenta Conquista de lo inútil, el diario de filmación de Fitzcarraldo, una película obsesiva acerca de una obsesión. Y en sus páginas –traducidas para Entropía por Ariel Magnus– el cineasta detalla, además de la locura de intentar pasar un barco por sobre una montaña de la selva amazónica, sus obsesiones con la naturaleza, los sueños y ellenguaje poético, que convierten este diario febril en una verdadera obra literaria. A continuación el traductor cuenta la trastienda de llevar las visiones de Herzog al castellano.


Por Ariel Magnus
"Quiero alentarlo a traducir con total libertad algunos tramos del texto”, me escribió Werner Herzog en su primer mail, “porque el tono poético es más importante que lo preciso de la descripción. Sobre todo bien al final, donde hablo del remolino de palabras, elegí en mi idioma palabras que siempre tuve en la cabeza por su sonoridad. Traducidas directamente, estas palabras pierden sin embargo su resonancia. En ese caso deberíamos buscar juntos palabras que a mí me parezcan maravillosas en castellano, como por ejemplo murciélago”. El mail es de fines de 2007. En los meses subsiguientes le fui mandando la traducción por partes, ya que Herzog domina el castellano y se había ofrecido a leerla y eventualmente corregirla. Casi un año más tarde, cuando ya le había mandado el libro entero, Herzog me mandó su segundo correo, disculpándose por no haber podido mirar la traducción (había estado filmando la secuela de Bad Lieutenant, en este caso con Nicolas Cage en lugar de Harvey Keitel, y de inmediato se había ido a Venecia para poner en escena el Parsifal, me contó culposo, como si yo le hubiera pedido explicaciones). En este segundo mail vuelve a insistir sobre el “remolino de palabras”: “Habría que buscar, en completa libertad respecto al original, palabras que en castellano tengan un sonido extraño y misterioso. Me ocuparé de esto en los próximos días y le mandaré propuestas”. Herzog empezó a filmar en Etiopía y luego de nuevo en San Diego y después en Kashgar, por lo que las propuestas nunca llegaron. Tal vez fuera mejor así, porque no sé si me hubiera animado a traducir las palabras originales por otras distintas, por ejemplo murciélago, aun cuando me lo pidiera el autor.
Estos y otros pocos mails, aunque no muy útiles para los aspectos más prácticos de la traducción, sí lo fueron para mí desde un punto de vista conceptual. En primer lugar, porque pintan a Herzog tal como lo imaginaba y admiraba, es decir como un tipo obsesionado con una idea, un detalle mínimo en donde se juega de alguna manera el espíritu de toda su obra. Fitzcarraldo es sin ir más lejos la historia de una obsesión, tanto la historia que se cuenta en la película como la realización de la película misma. Por eso cuando el proyecto se estanca y aún no se ha decidido la incorporación de Klaus Kinski, Herzog se pregunta por qué no actuar él mismo de “Fitz”. “Me atrevería a hacerlo –asienta en su libro–, porque mi tarea y la del personaje se hicieron idénticas.”
Esa obsesión, que en la película Fitzcarraldo es erigir una ópera en la selva amazónica y en la filmación se concentró en la necesidad de cruzar un barco por encima de una montaña, adquiere para Herzog la forma y el valor de una metáfora (metáfora de qué, nadie lo sabe, Herzog tampoco). Un cineasta que basa en la metáfora la fuerza narrativa de sus películas más que cine parece estar haciendo literatura. Tanto más literario se encargará de ser entonces al escribir un libro, y eso es lo que distingue este diario de filmación de cualquier otro: aunque llevado adelante durante el rodaje, fue concebido como un libro en sí, con sus propios objetivos, imágenes y metáforas. Que de la traducción de ese libro a Herzog le importara ante todo el tono poético de ciertos pasajes no hacía más que confirmar su ambición literaria, sin la cual Conquista de lo inútil sería un mero documento de época.
Cosa que naturalmente también es. Como su autor demoró casi un cuarto de siglo en darlo a la imprenta, los personajes que aparecen (desde Coppola hasta –para quien preste atención– Olmedo y Porcel) y las anécdotas que se cuentan (la muerte de John Lennon, una visita al set donde Kubrick está filmando El resplandor) pertenecen ya a la historia del mundo, además de la del cine. Crónica de lo accidentado que puede ser el rodaje de una película, estos “paisajes interiores”, como los llama Herzog, son efectivamente un viaje al interior de un realizador solitario y muchas veces al borde de un ataque de nervios (“Por un momento se apoderó de mí la sensación de que mi trabajo, mi visión, me destruirían –escribe en octubre de 1979, cuando aún le quedaban dos años por delante–, y por un segundo me permití una mirada sobre mí mismo que de otra forma no consentiría jamás: por instinto, por principio, por un impulso de supervivencia; una mirada nacida de una curiosidad más bien material: si mi visión no me había destruido ya. Me tranquilizó saber que aún respiraba.”)
Como documento, personal e histórico, Conquista de lo inútil es insoslayable. Sin embargo, creo que el tema principal del libro no es ese, sino la selva. Como Fitzcarraldo, con la ópera y el equipo de rodaje, con cruzar el barco por la montaña, el Herzog escritor está obsesionado con la descripción del mundo vegetal que tanto lo atrae como lo repugna. Más allá del principio y algunas saltos al mundo civilizado (donde básicamente Herzog no hace más que pasarla mal), el libro transcurre casi íntegro dentro de la jungla, tratando de subsumirla a palabras. Una y otra vez Herzog se detiene a describir el río, el ruido de los pájaros, la lluvia, el calor, las actividades de los insectos y los otros animales, los hábitos de los indios. Recién hacia la mitad nos explica (o al fin entiende él mismo) qué une el tema central del libro con el tema central de la película: “Aquello que ya no es concebible ni por el más exótico cálculo de probabilidades aparece en la ópera como lo más natural, en una poderosa transformación de todo un mundo en música. También los grandes sentimientos de la ópera, que con frecuencia son despreciados por hiperbólicos, a mí por el contrario me parecen reducidos al mínimo, condensados a lo arquetípico de los sentimientos, sin posibilidad de seguir siendo concentrados en su esencia. Son axiomas de sentimientos. Eso es lo que une a la ópera con la jungla”.
Otro tema central del libro, y otra apuesta fuertemente literaria, son los sueños. Herzog cuenta varios, sin señalizarlos como tales. Contar los sueños como si fueran parte de la realidad es una forma deliberada de poner la realidad al nivel onírico al que parece pertenecer por momentos, por ejemplo cuando Herzog se mete con su moto dentro de un cine o los actores locales le ofrecen, con toda seriedad, asesinar a Kinski. Bien mirado, todo ese grupo de personas tratando de pasar un barco por arriba de una montaña en el medio de la selva amazónica es una imagen contra la que no cualquier fantasía nocturna puede competir. Por eso cuando Herzog se refiere a su proyecto como a su sueño, la trillada palabra adquiere su verdadero peso. “Yo dije que sí –cuenta que contestó cuando, fracasado el primer tramo de la filmación, los productores le preguntaron si estaba con ánimos para empezar todo de nuevo–, de lo contrario sería alguien que ya no tiene sueños, y sin ellos no querría vivir.”
Podemos discutir si Conquista de lo inútil es literariamente un buen libro o no, pero al menos podemos discutirlo, cosa que no creo que se pueda hacer con muchos diarios de filmación. Tardé tres años en encontrar la editorial donde me creyeran esto, y no es casualidad que haya sido Entropía, que se dedica principalmente a publicar autores noveles, un meritorio suicidio editorial acaso equivalente a los suicidios fílmicos del joven Herzog. Con la invalorable ayuda de Juan Nadalini discurrimos el espinoso camino de conseguir que Herzog nos cediera los derechos (a pesar del entusiasmo con que la agencia española que se los maneja intentó impedirlo) y de aplicar a la beca del Instituto Goethe, poca cosa en realidad si se lo compara con la harto más espinosa tarea de descifrar ciertos pasajes de su libro.
Herzog dijo hace poco en una entrevista que Conquista de lo inútil es mejor que todas sus películas juntas. Sin atrevernos a tanto, en Entropía coincidimos, después de leerlo ya no sabemos cuántas veces, aunque siempre con el mismo placer, en que sin dudas compite con Fitzcarraldo. La idea fue trasladarlo del alemán al castellano por el lugar que pedía Herzog en sus mails, el más difícil: su espíritu literario. Tal vez la imagen del barco pasando de un río al otro por arriba de una montaña sea también una metáfora de la traducción.

Ariel Magnus
Fuente: http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/libros/10-3411-2009-04-09.html